Bernardita Ruffinelli (periodista y comediante)

“Lamentablemente el concepto de hombría ha cambiado. Los hombres chilenos están cada día más maricones. Necesito que me devuelvan a los hombres de antes. Los de ahora están cada día más “enchulados”, más depilados, se demoran más que una para salir, van a la peluquería más que las mujeres, andan llenos de visos. La metrosexualidad y los futbolistas italianos han sido el peor flagelo para la hombría en el mundo. Y los chilenos han copiado todo eso, el zapato con punta, el pantalón pitillo. Un huevón con las manos suaves no vale la pena. Me gusta el macho alfa peludo, el leñador. Ese hombre que se mira al espejo y se saca selfies mostrando las calugas me da un asco espantoso. Prefiero el vikingo con poca motricidad fina. El problema es que ese modelo de hombre no necesariamente cumple con el requisito básico de seis libros al año. Ahí es donde se produce la dicotomía. Me gusta el hombre culto, entonces se complica la cosa en ese plano. Además, se confunde la hombría con el machismo, en términos de poner al hombre como un ser superior, que merece ciertas regalías que están naturalizadas: el bistec más grande de la casa, el no hacer ruido porque “el papá viene cansado de trabajar”, como si la mamá no hubiese estado sacándose la cresta todo el día.

No hay duda de que el macho post moderno está en problemas, está conflictuado, desorientado, porque todo aquello que les enseñaron sus papás, que era ser el hombre de la casa, ya no es así. Antes bastaba que fueran buenos proveedores para que resultaran partidos atractivos. Eso ya no sirve, al menos en las clases más acomodadas, porque las mujeres estamos súper capacitadas para proveernos, a nosotras y a nuestros hijos. Ahí entró a la carrera por la estética y por la moda, una carrera que pertenecía sólo a las mujeres. Se dio vuelta la tortilla y ahora son los hombres los que se preguntan: ¿cómo me hago atractivo para que ellas inviertan su tiempo, su espacio y su sexualidad en mí? No hay hombre capaz de resistir a una mujer que lo mira a los ojos y le habla de igual a igual. Tiene que estar demasiado seguro de su hombría para no sentirse amenazado por una mujer que tiene los mismos cojones que él, que está dispuesta a comerse el mundo. Ninguna mujer necesita a un hombre y eso es espantoso para ellos”.

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Andrea Jeftanovic (escritora)

“El problema no es la hombría sino el machismo con el que la mayoría de los hombres chilenos están muy cómodos. El machismo no es biología sino una construcción cultural. El machismo es bipolar, o el hombre es hijo o es el que domina por la fuerza. Me llama la atención lo “infantilizado” que es el hombre chileno, yo diría que tienen bastante de “niños mal criados”: afectados en el modo de hablar, en sus temas básicos (fútbol, autos, modelos y plata), su autorreferencia, lo mal genios que son (es casi bien visto ser cascarrabias), su poca autocritica, su poca capacidad para conversar y su torpeza para enfrentar temas domésticos (cocina, aseo, crianza), o la poca asertividad emocional. 

El machismo es demostrar no mostrar, es demostrar poder, dominio, dinero, fuerza física; no es mostrar sentimientos, vulnerabilidad, compasión, alegría. El machismo fomenta el uso de las máscaras para ocultar el genuino rostro.

Intuyo que al hombre le faltan horas en el pediatra esperando número, le faltan historia de acoso callejero o de familiares, le faltan dolores menstruales y un cuerpo post parto, le faltan comunicaciones escolares, le falta la medida del arroz graneado, le faltan malas noches por la gripe del crío, le falta el tirón doloroso de la depilación, le falta la bolsa del maquillaje, las sanciones del tipo “es así por culpa de la mamá”, le faltan veces que tras la cena familiar hay que pararse a levantar todo y fregar los platos. Si nos ponemos en el zapato del otro, solo en ese momento se acabarán las malas representaciones de la hombría y la feminidad.

A la hombría chilena le falta sutileza, matices, instinto democrático, sentido del humor, ironía, risa, sensualidad, le falta gracia, conversación. Le falta complicidad, picardía, sobre todo empatía. Le falta seducción y no acoso. Le falta colaboración, espíritu de tribu, sentido colectivo. Le falta tomarse todo menos en serio y en especial a sí mismos (se han fijado que la mayoría de las estatuas son de hombres). Para aspirar a una nueva hombría, a los hombres chilenos les falta traicionar al estereotipo, a la caricatura, a la imagen autoritaria del abuelo, al padre ausente, al vecino maltratador, al tío que se va al burdel. Al hombre chileno le falta traicionar al machismo. Algunos ya lo están haciendo”.

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Carolina Dell’Oro (licenciada en Filosofía)

“Cuando hablamos de hombría, de masculinidad, nos referimos a la esencia del hombre, a la capacidad que este tiene de desarrollar a plenitud su condición de tal, sin restringirlo al estereotipo de lo erótico o del “macho recio”. De hecho, el machismo es un reduccionismo de lo masculino, el hombre machista no desarrolla su masculinidad ni su virilidad. El problema de hoy es que la mujer ha vivido un cambio tan radical, tan fuerte, que el hombre está viviendo un proceso de readecuación. Estamos en un momento histórico en que la sociedad tiene que repensar lo masculino, lo que no significa relativizarlo. Hoy en día, la mujer y el hombre salen a trabajar, y la pregunta es: ¿quién se hace cargo de las funciones básicas del hogar? Eso implica una redefinición de los roles, pero no un replanteo de la naturaleza masculina. Esta se mantiene a través del tiempo, el cómo se manifiesta cambia según las circunstancias históricas. Cuando en una relación complementaria la mujer, en este caso, hace un avance tan sustancial, el otro polo queda totalmente desajustado. Me preocupa que el hombre se sienta amenazado. Para ser felices necesitamos complementarnos. No sacamos nada con una mujer que avanza a costa de empequeñecer al hombre, porque al final la feminidad necesita a la masculinidad. En este proceso no hay culpas, el cambio es de tal envergadura que no tenemos paradigmas. Cuando no hay referentes, ni experiencias para este nuevo escenario, el ajuste es muy complejo. Pero se va a ir dando, en la medida que entendamos que nos necesitamos mutuamente. El drama es esta nueva mujer empoderada, que se siente autosuficiente. Esta mirada de que la mujer puede todo sola me parece muy peligrosa, porque es muy difícil ser feliz en esta oposición. Yo no creo en la autosuficiencia, el ser humano es relacional y no podemos borrar la maravillosa diversidad que significa ser hombre y ser mujer, sino complementarla, lo que no quiere decir que debemos mantener los mismos roles que antes. El gran desafío es mantener la identidad masculina, y la gracia es que en la familia o en el trabajo cada uno aporte desde su diversidad. Aprovechemos el valor agregado que esto tiene”.

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Marisol Alarcón (ingeniera comercial, fundadora de Laboratoria)

“La hombría se asocia a la valentía, responsabilidad, fuerza y hasta el heroísmo, pero también a nociones negativas, cargadas de machismo, como el ego, la rudeza y la agresividad, normalmente en desmedro de la mujer. Es un concepto cultural y ha evolucionado como tal. Hay que tener cuidado al usar estos términos, ya que el lenguaje crea realidades y el machismo posiciona al hombre por sobre la mujer y ambos lo ejercen. Cuando decimos “debemos ponernos los pantalones” o “hay que ser bien hombrecito”, estamos sosteniendo que hay que ser hombre para resolver situaciones o enfrentar problemas que la mujer no puede solucionar. Pero yo trabajo y afronto problemas, y tanto los pantalones como las faldas me quedan bien. El hombre del siglo XX era conservador, con una fuerte carga social por su rol como proveedor y protector. El chileno 2016 está acostumbrado a estos conceptos, aún se identifica con el papel de proveedor y protector, pero empieza a abrirse a una mentalidad más moderna, que implica compartir esos roles con las mujeres. El desempeño de ambos puede llevar al éxito familiar y laboral, y esto se da sin excluir al otro. El PIB de Chile aumentaría en muchos ceros si todas las mujeres que quieren trabajar lo hicieran. Por lo mismo, no estoy de acuerdo con quienes relacionan la crisis de la masculinidad o de la hombría con el hecho de que las mujeres trabajemos más. En lugar de pensar que eso genera un problema, deberíamos valorarlo porque todos ganamos. Y créanme, aportamos bastante”.