Muchos la relacionan con los mundos inalcanzables de la realeza, porque el mito de su amistad con el príncipe Carlos de Inglaterra impactó tanto en el Chile de los ’60, que la memoria colectiva no ha querido olvidarlo. Lo divertido es que Lucía Santa Cruz —quien efectivamente vivió 15 años en Londres porque era hija del embajador chileno allá y porque se quedó para terminar su postgrado en Oxford—, cuando volvió a Chile nunca, nunca, ha dicho ni una palabra de su relación con la realeza británica.  Pero a los periodistas nos encanta preguntarle. Y a ella le carga tan solo escuchar la pregunta.

Lo curioso es que esta historiadora fue agarrando vuelo por otros caminos y terminó igual siendo acosada por la prensa política, en su calidad de colaboradora de las entidades que ‘piensan’ a la derecha en Chile. Y, muy importantemente, por la prensa gastronómica, donde se la considera un referente sobre todo después de su libro La buena mano.


—¿Por qué se vino a Chile en lugar de convertirse en princesa?

—(Pone cara de espanto. En ese momento debe haberse arrepentido de dejarme entrar a su casa.) Primero que todo, el cuadro de la princesa es un estereotipo creado por los periodistas; soy una mujer de esfuerzo, matea en Las Monjas Francesas, llegué a Inglaterra sin hablar inglés, logré tener éxito en la universidad para poder hacer un postgrado en Oxford. Nada regalado. Luego, durante la Unidad Popular, me quedé sola en Londres en un departamentito que debía pagar; trabajé y estudié. Después seguí allá haciendo investigaciones históricas. No tenía ninguna razón para volver a Chile hasta que en un viaje para ver a mis padres conocí a Juan Luis. (JL Ossa, su marido por más de 40 años).


—El hecho de que seas esforzada no me contesta bien la pregunta. Estabas en un departamentito, pero salías con amigos de alta alcurnia, entre ellos Camila y el príncipe Carlos, cuando todavía no se conocían.

—Yo no era una princesita. Claro, tenía una vida esplendorosa, pero después volvía y me  comía sola un tarro de consomé Campbell. A veces convidaba y cocinaba, pero no cabían más de 4 o 6 personas.


—Pretendía hacer su vida allá, seguramente casarse y tener familia.
—Sí, ya estaba instalada. Pretendía quedarme. Pero igual tenía a Chile en el centro de mi preocupación, siempre. Por eso, no me costó mucho venirme cuando me enamoré de Juan Luis.

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—Y qué la llevó a interesarse por la política y la empresa como para estar en todos los escenarios y escritos importantes de los análisis políticos.
—No estoy en política exactamente. Lo que pasa es que no me resulta indiferente el Chile en que vivo. No me gustaba tanto el país de mi generación. Era muy agradable, pero profundamente injusto. Los privilegios no eran ganados, sino adquiridos. El poder estaba realmente concentrado.


—De eso hablaremos después, a propósito de la meritocracia. Usted trabajó como profesora en Historia de la UC y su pasión era el siglo 18. ¿Qué la llevó a la contingencia?

—Lo que pasa es que la vida a uno la va llevando por otros caminos, no por los que había imaginado. Cuando don Arturo Fontaine me pidió que escribiera editoriales para El Mercurio, me fui metiendo en la contingencia. Y en las políticas públicas. Me sentí honrada de ser la primera mujer ahí. Después Hernán Büchi me habló de participar en Libertad y Desarrollo y sin saber lo que era, acepté. Así fui entrando en el mundo de las empresas; primero me llamaron para ser directora de Nestlé, luego para el banco Santander… Y así, nunca he buscado, siempre me llegan las cosas, buenas y malas.

HACE 25 AÑOS

Lucía vive en una casa majestuosa, con muebles antiguos y tapices nuevos, con óleos buenos y patios frondosos. Pero hay un solo objeto moderno que distrae en el living: una foto del príncipe Carlos y Camila, Lucía y Juan Luis, con sus tres hijos, sus mujeres y guaguas. Está tomada ahí mismo, en las escaleras del jardín de esta casa de La Dehesa, cuando vinieron hace pocos años. Se nota la vieja amistad y la confianza entre ellos.
Sin embargo, es cierto que ella no podría haber sido princesa. Por otras razones: porque es apasionada, porque no ahorra una gota de energía para enfurecerse ni para alegrarse. Porque es inteligente y libre, nada la puede encasillar. Habría sido una pésima princesa.


—Hace 25 años, nosotras éramos tan distintas y el país también. Fue el año del Plebiscito del Sí y del No. ¿Cómo eras tú y tu Chile de entonces?

—Vivíamos todavía en el régimen militar, por lo tanto estaba en ciernes la democracia que quería Chile después de 17 años de dictadura. Por eso es que hoy podemos hacer comparaciones radicales entre el Chile 1988 y el Chile 2013.


—Si pudiera escoger un símbolo de estos años, en dos palabras, ¿cuál sería?

—El día del Bicentenario, los presidentes Aylwin, Frei, Lagos, Bachelet y Piñera, frente a la bandera gigante, mirando La Moneda: la consolidación de la democracia. Me quedo con ese símbolo.


—Eres liberal o libertaria, te interesa que todos quepan en una sociedad y que sean respetados por lo que son. Has estudiado especialmente lo que ocurre en sociedades con economías cerradas que se  han abierto y han dado lugar a sectores que no estaban contemplados. ¿Es más libre una sociedad que aprecie el mérito más que el apellido?

—En este tránsito desde una sociedad tradicional a una moderna, hemos experimentado dos fenómenos importantes: la introducción de una economía de mercado y un crecimiento económico sostenido sin precedentes. Cambiaron los criterios de jerarquización social, se introdujo en forma creciente el mérito como criterio de éxito, cambiaron las estructuras productivas creando nuevas e insospechadas formas de trabajo, cada vez más especializado, con más cargos gerenciales y de mano de obra calificada; disminuyeron notablemente los niveles de pobreza, hay una movilidad social mucho mayor de lo que se reconoce, las fronteras en los grupos sociales se difuminan y se produce una mayor igualdad cultural de gustos, pasatiempos, patrones de consumo. Esto ha llevado a la creación de una nueva elite de clases emergentes vinculadas a la creación de riqueza y a las empresas productivas.

Lea la entrevista completa en la edición del 10 de mayo.