Hace muchos años, cuando a Roberto Bolaño se lo contaron en medio de una comida, reaccionó asombrado: ¿Pero qué hace la hija de Norman Mailer en Chile?

Susan Mailer Silverman (Los Angeles, California, 1949) es la primogénita de Norman Mailer, la mayor de los nueve hijos que el brillante y polémico escritor norteamericano tuvo con sus seis esposas. Radicada en Santiago desde el verano de 1980, durante casi 35 años ha optado por un tránsito discreto que tiene poco que ver con la personalidad excesiva y beligerante de su padre. Antes de cumplir los treinta se transformó en uno de los grandes innovadores del periodismo literario junto a otros inigualables como Truman Capote y Tom Wolfe. También en la conciencia atribulada de América: radical, rebelde, rojo, revolucionario, marginal, forajido, bolchevique, anarquista, nihilista, como se lo hizo saber en una carta privada a un editor de la revista Time que le provocó un disgusto tremendo cuando lo calificó de progresista. Incapaz de quedarse callado, amante de la agitación y el juicio, activista antisistema, fue un cronista genial de un siglo complejo: desde la marcha en 1967 sobre el Pentágono, que relató en Los ejércitos de la noche, con el que ganó su primer Pulitzer, hasta la histórica contienda entre los boxeadores Muhammad Ali y Joe Frazer esa noche de 1971, que Mailer estampó en la historia en ese clásico e indispensable suyo titulado En la cima del mundo.

“Ser hija de Norman Mailer fue interesante y difícil”, cuenta Susan, a siete años de la muerte de su padre, fallecido en 2007 a los 84 años en un hospital neoyorquino.

Al tenerla enfrente —tan delicada y fuerte, al mismo tiempo— resuena la pregunta de Bolaño: ¿Qué hace ella en Chile? Una extraña ecuación para una mujer que bien podría haber disfrutado de lo mejor de la vida intelectual y social de Nueva York, la ciudad que Mailer adoraba y donde, sin embargo, para su familia debe haber sido un personaje imposible de esquivar. Pocas personas dejarían de lado una fascinante rutina en la que participar de actividades laborales de su padre —la presentación de un libro en la década de los 70, en su caso– implicaba encontrarse entre los invitados a John Lennon y Yoko Ono, como realmente sucedió.

“¡Qué honor ser hija de Mailer! Yo lo admiro mucho. Es un hombre maravilloso y sencillo”, le dijo el líder de los Beatles a Susan, que se acercó a saludarlo.

Esta mujer de 65 años está en Chile porque se casó con el economista y empresario Marco Colodro, con quien tiene tres hijos y ocho nietos, y porque en Santiago se desempeña como sicoanalista especializada en la relación de la mente con el cuerpo. Combina la consulta privada con la coordinación de grupos de estudios para sicólogos y siquiatras donde dirige lecturas sobre autores como Winnicott y se discuten asuntos como las enfermedades sicosomáticas y el trauma. Escribe y publica artículos académicos, participa activamente en congresos y ha sido docente de la Asociación Psicoanalítica Chilena y en posgrados de universidades como la PUC, la Andrés Bello y la Alberto Hurtado.

wp-450-mailer4

Su centro de operaciones es un departamento en el barrio El Golf: en una sala que no llego a observar atiende a sus pacientes y, a pocos metros, una oficina preciosa y acogedora, donde me recibe. Un escritorio amplio con sus documentos y un Mac, varias bibliotecas con libros y fotografías familiares, mucha luz y la vista de Santiago desde un piso 19, pinturas de diferentes formatos, un living con sillones en tonos tierra con aguayos coloridos. La estética de este lugar hace recordar las tradicionales casonas de Coyoacán, en el DF mexicano, y la influencia no es ninguna casualidad: Susan pasó buena parte de su niñez y adolescencia en México. Su acento materno —el inglés— pasa prácticamente inadvertido cuando habla castellano, que aprendió cuando tenía tres años.

—Desde que usted se radicó en Chile en 1980, ¿alguna vez su padre la visitó?

—Vino dos veces a Chile y nunca quiso que se supiera. Llegó en 1986 para visitarnos durante una semana. Lo llevamos a Zapallar, Viña del Mar, Valparaíso y Santiago, que no le gustó nada porque encontró que se parecía a Los Angeles.

—¿Le gustó algo de Chile?

—Cuando fuimos a Zapallar, me dijo: “Obviamente la aristocracia sabe exactamente dónde irse a vivir”. Le gustó Zapallar y le pareció interesante Valparaíso. En Santiago le hicimos una fiesta donde invitamos a la familia y a las amistades, lo pasó muy bien. Luego vino en 1988. Estaba escribiendo un libro sobre la CIA  —El fantasma de Harlot— y quería ir a Montevideo porque había una parte del libro que tenía que ver con esa ciudad. Como estaba al lado, pasó a Santiago dos días. Lo llevamos al hotel Carrera, porque sabía que muchas actividades de la CIA antes de la dictadura de Pinochet habían ocurrido en ese lugar.

Susan relata que subieron al bar del último piso, que estaba prácticamente vacío. Sólo había un grupo de hombres que resultaron ser cuatro marines norteamericanos. Estaban tomando un trago cuando, de repente, uno de los jóvenes se les acercó:

—Perdone, señor, pero tengo una apuesta con mis amigos.

—¿Ah, si?, ¿y cuál es la apuesta? —preguntó el escritor.

—La apuesta es que usted es Norman Mailer.

—¿Y cuál de ustedes cree eso?

—Yo, señor. Yo creo que usted es Norman Mailer —le dijo el marine.

—Ah bueno —contestó—. Acabas de ganar la apuesta.

El muchacho no lo podía creer: “No es posible, muéstreme por favor su documentación”. Mailer se rió y le mostró su licencia de conducir.

Los padres de Susan se conocieron antes de cumplir los 20 años, en la década de los 40, cuando él era estudiante en Harvard y ella en la Universidad de Boston. La madre —que actualmente vive en Florida y tiene 93— es Beatrice Silverman, “una mujer nacida en Boston, feminista antes del movimiento feminista, defensora del amor libre y del uso de los anticonceptivos, contraria absoluta a la discriminación racial, que estudió en la universidad trabajando como mesera para ayudar a sus padres a pagar la matrícula”, según relata su hija. Era pianista y cursaba la carrera de sicología cuando conoció a Norman, que entonces combinaba los estudios de ingeniería aeronáutica con la literatura. En 1943 se casaron y seis años después, en 1949, tuvieron a su primera y única hija juntos. Hace algunos años, cuando se revelaron 52.000 cartas privadas de Mailer con diferentes personalidades mundiales —entre ellas la correspondencia con su amiga íntima, Jackie Kennedy—, sus recopiladores señalaban que Beatrice en esa época guardaba todas las cartas que su esposo le mandó de Filipinas. Los dos sabían que algún día Norman escribiría una novela sobre la guerra.

wp-450-mailer

—Sus padres eran de tradición judía, igual que su esposo, Marco Colodro. ¿Qué relación tiene usted con la religión?

—Me siento conectada con el judaísmo. No seguimos las fiestas ni las tradiciones —salvo ir a la casa de mis cuñados para el Pesaj y el Iom Kipur— y mis hijos no fueron criados como judíos ni estudiaron en el Instituto Hebreo. Sin embargo, hay un sentido, algo que está inscrito en tu ser, que tanto yo como Marco sentimos. Eso no quiere decir que estemos a favor de todo lo que hace el Estado de Israel ni insertos en la comunidad local.

El matrimonio de los padres de Susan se quebró en 1951, cuando ella tenía dos años. Le pregunto si algo habrán tenido que ver los pensamientos que expresaba Mailer respecto de las mujeres y que le valieron críticas contundentes de las feministas, como las que explotaron luego de la publicación de Un sueño americano donde escribió sobre una esposa asesinada. Pero Susan explica: “Cuando mi padre y mi madre se conocieron, era un chiquillo judío de 19 años bastante tímido. No tenía el aplomo ni nada de lo que tuvo después. El fue creando su personaje. Además, aunque parezca inverosímil, mi papá no era tan machista como piensa la gente”.

—En medio del auge del movimiento feminista, ¿usted no se rebeló contra él?

—Me chocaban y enfurecían ciertas cosas que decía. Trataba de no escucharlas y no meterme en ese aspecto de su vida. En ocasiones había bromas de bastante mal gusto. Tuve discusiones profundas con él acerca de la liberación femenina y siempre me decía que estaba absolutamente a favor de los derechos de las mujeres. Pero lo sacaba de sus casillas que el movimiento feminista quisiera borrar las diferencias entre los hombres y las mujeres, porque pensaba que no somos iguales. También siempre les insistió a las feministas que lo que escribía en sus novelas no era necesariamente el pensamiento de Norman Mailer, sino el de sus personajes. Defendía el derecho y su libertad de escribir lo que quisiera.

De cualquier forma, sus padres se separaron y Beatrice Silverman volvió a casarse pronto con un empresario bohemio mexicano, que junto a la pequeña Susan se trasladaron a vivir a la Ciudad de México. Durante mucho tiempo, al menos hasta 1958, Norman Mailer pasó temporadas anuales de hasta tres meses visitando a su hija. “Tenía cuatro o cinco años cuando lo acompañaba a las corridas de toros y recuerdo perfectamente la música, lo que sentía, lo que vestían los toreros. Luego me llevaba a Nueva York y me quedaba otros tres meses. Nos íbamos en auto y el viaje duraba ocho días. Una daddy total immersion, como lo llamo en inglés. Pasé la mitad de la infancia con mi madre y la otra con él. A su manera, fue un padre muy preocupado”, recuerda la primogénita del escritor.

Entre 1963 y 1964, cuando su madre cursaba una residencia de siquiatría en Iowa, Susan se radicó nuevamente en Estados Unidos para vivir con su padre en su departamento del barrio Brooklyn Heights en Nueva York. Tenía entre 14 y 15 años y, para ese entonces, cuatro nuevos hermanos: Norman Mailer iba por su cuarto matrimonio. Pero aunque Susan regresó luego al DF a terminar la secundaria, todos los años hasta 1967 el escritor la llevaba consigo para pasar las vacaciones: “No era un padre que fuera a las reuniones de curso, porque estaba en su mundo de escritor. ‘No me molesten, por favor’. Pero se daba el tiempo todos los veranos de estar un mes entero con sus hijos. Nos llevaba a escalar cerros, a hacer picnic, a andar en lancha. No podíamos llevar a amigos, porque se trataba de estar absolutamente en familia”, relata Susan, que luego hizo el college en Columbia y un postgrado en Antropología en la Universidad de Colorado.

wp-450-mailer7

Le pregunto qué heredó de su padre y me dice que “el amor que le tenía a la verdad”. “Aunque en menor grado, también la valentía de estar dispuesto a expresar sus puntos de vista pese a las dificultades de ir a contracorriente”. Físicamente, reflexiona, el color de sus ojos: azules. A Susan siempre le han dicho que se parece a Barbra Streisand e incluso una vez, cuenta, Mailer se empeñó en presentarle a la artista: “Las dos estuvimos de acuerdo en que no era cierto. Coincidimos en que ambas teníamos el look judío-neoyorkino, pero que no nos parecíamos tanto”, dice Susan.

Conserva cada uno de los libros de su padre con alguna dedicatoria suya en las primeras páginas. Hubo uno especial, sin embargo, que le dedicó formalmente a su hija: Existencial errands. Como Susan dominaba perfectamente el castellano, ella le ayudó a traducir los versos de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, que Federico García Lorca escribió luego de la muerte del célebre torero. En cualquier caso, relata, sus libros favoritos siguen siendo La canción del verdugo y Los ejércitos de la noche, que relee cada cierto tiempo.

Habla de Mailer con cariño y señala que le habría gustado mucho que le hubiesen dado el Premio Nobel, “pero lamentablemente tenía muchos enemigos”.

Habla de su padre con cariño y cierta nostalgia y cuenta que gracias a que fue su hija tuvo acceso privilegiado a la cultura mundial.

Habla de él con cariño, nostalgia, pero tampoco desconoce los pasajes oscuros que le ha tocado enfrentar por el hecho de haber sido su hija. Casi cuando termina esta conversación le consulto por lo que significó en su vida el escabroso episodio ocurrido en aquella fiesta de 1960 en la que su padre apuñaló a su segunda mujer, Adele Morales, con quien tuvo dos hijas. Susan expresa con alivio y agradecimiento que no haya sido el primer tema que tratamos en este diálogo, como temía.

—Yo tenía diez años cuando sucedió. Estaba en México y me enteré por mi mamá. Fue un evento que tuvo repercusiones para mi padre y para toda la familia por el resto de la vida. Por ejemplo, cuando yo era adolescente y vivía en Nueva York, la gente me decía: ‘¿Tu eres la hija de Norman Mailer, el que acuchilló a su señora?’. Adele no quedó con secuelas físicas —vive y tiene 90 años—, pero fue un acto tan violento que nos marcó a todos, aun a los que nacieron posteriormente —declara Susan.

—Y para su padre, ¿qué significó?

—El tuvo que vivir con ese karma el resto de su vida y es justo que haya sido así. El fue responsable de lo que hizo y vivió con esa culpa. En su biografía —A double life— el escritor J. Michael Lennon relata que cada vez que alguien de su círculo se refería a ese episodio, lo llamaba the trouble, el problema. Ese problemita —más bien problemón— lo persiguió hasta la muerte.

—Cuando usted eligió ser sicoanalista, imagino, pesó su propia historia de vida.

—Donald Winnicott señalaba que nos hacíamos sicoanalistas para curarnos a nosotros mismos y yo creo que hay mucho de verdad en eso. Es evidente que dada la historia personal de mi padre tuve que hacer malabarismos durante mi infancia y adolescencia.

Septiembre de 1978. Susan llegaba por primera vez al aeropuerto internacional de Santiago. La esperaba el hombre que después se convirtió en su marido, Marco Colodro. “Nos conocimos en México. El estaba exiliado y los dos trabajábamos en el Fondo de Cultura Económica (FCE), aunque en diferentes áreas. Cuando el régimen de Pinochet levantó su prohibición de ingreso a Chile —Colodro había sido militante comunista—, me preguntó si quería acompañarlo y vinimos primero de visita”. Antes de conocerlo, relata Susan Mailer, sabía poco de Chile: “Creo que la primera vez que Chile se instaló en mi mapa, pese a haber vivido desde pequeña en México, fue en 1970 cuando ganó Salvador Allende, lo que viví con inmensa emoción”.

wp-450-mailer5

De esa llegada a Santiago conserva nítidos los recuerdos, aunque han transcurrido 36 años: “Pasó algo curioso. Pensé que iba a encontrarme con un Estado militar al estilo de la Alemania nazi, pero a la bajada del avión nos recibieron unas mujeres vestidas de huasa elegante, que ofrecían pisco y empanadas. Había gente bailando cueca, porque era una fecha cercana al 18 de septiembre, y nada me cuadraba. Los funcionarios tan amables, la Alameda con banderitas, un día de primavera con todos los árboles florecidos. No se advertía el verdadero Chile de la dictadura”. Cuenta que fue entonces cuando conoció a los tres hijos que Marco había tenido en su primer matrimonio, entre ellos Max Colodro, el filósofo y analista político.

La pareja vino a Santiago de visita nuevamente en 1979 hasta que decidieron instalarse, para casarse y fundar su familia. Antes, sin embargo, el padre de la novia, Norman Mailer, realizó una recepción en Nueva York para festejar el casamiento de su hija mayor: “Nos hizo una fiesta y convocó a todas las celebridades que conocía. Desde Woody Allen a Tom Wolfe”, rememora Susan, que aterrizó en la capital chilena en ese verano de 1980 para echar raíces. Junto a Marco se instaló en una casa de Lo Curro, “cuando La Dehesa era todo campo”. Después se casaron por el civil en la Municipalidad de Las Condes, en una ceremonia sencilla. Un año después, en 1981, nació Valentina Colodro Mailer.

La instalación no le resultó fácil a la primogénita de Mailer, sobre todo el primer año. Consideraba que “era un país oscuro, paranoico, dividido en dos bandos”. “En los restoranes, todo el mundo hablaba en voz baja, menos la gente que apoyaba a Pinochet que se reía y vociferaba. Ese fue el Chile al que me enfrenté y fue bastante deprimente”. Cuenta que no pudo mirar la serie Los 80 de Canal 13, por ejemplo, porque “efectivamente muestra al Chile de esa época, con una atmósfera triste, tenebrosa y desconfiada”.

—¿Ha cambiado Chile en estos años?

—Este ahora es otro país y el cambio lo comencé a notar con el Plebiscito de 1988 y con el regreso de la democracia. La sociedad se iluminó.

—Usted, que es sicoanalista, ¿cómo describiría a la sociedad chilena actual?

—Sin hablar de mis pacientes, sino en términos generales, el chileno tiene una combinación interesante: entre lo conservador y la apertura. Por ejemplo, es el penúltimo país del mundo en que se legaliza el divorcio y no existe ley para el aborto terapéutico. Por otro lado, sin embargo, elige dos veces a Michelle Bachelet, una mujer agnóstica, separada, que ha tenido hijos de más de una pareja, lo que no sería imaginable en Estados Unidos. El chileno es privado, a muchos les cuesta hablar de lo que sienten y pueden ser analfabetos en lo que se refiere a sus emociones. También se observa la tendencia a echarle la culpa al otro. Les resulta difícil reconocer que es uno el que se ha equivocado, lo que en sicoanálisis se llama angustia persecutoria. Últimamente también me he dado cuenta de que los chilenos cada vez tienen más mal humor y están más irritables.

wp-450-mailer3

—A veces resulta inquietante la cantidad de personas ligadas al poder que tienen depresión y que incluso llegan al suicidio. Hace un año un candidato presidencial se tuvo que retirar por un cuadro depresivo y hace apenas unas semanas un importante empresario se quitó la vida. 

—Puede explicarse en parte porque Chile es absolutamente exitista. Siempre ha habido una ética del trabajo bastante fuerte, pero se ha ido acrecentando. La gente está estresada, concentrada en triunfar. Sin un espacio para combinar ese ritmo laboral con la vida familiar, la diversión y la posibilidad sencilla de no hacer nada, las sociedades se comienzan a enfermar.

En los años ochenta, Susan trabajó ad honorem en el Hospital Psiquiátrico y tuvo que ingresar a la Universidad Católica para revalidar su título de sicóloga clínica que había sacado en la UNAM. Luego estudió en el Instituto de Psicoanálisis para finalmente en 1992 integrarse a la Asociación Psicoanalítica Chilena. Paralelamente, tuvo a sus otros dos hijos: Alejandro nació en 1985 y Antonia, en 1988. A diferencia de su padre, le comento, ha tenido una vida personal estable: 34 años de matrimonio con Colodro (ex PPD, amigo íntimo del ex mandatario Ricardo Lagos, presidente del directorio de TVN durante su gobierno). La sicoanalista acepta que, efectivamente, ha logrado consolidar un hogar perdurable. “Pero no fue algo planificado. Se fue dando con el tiempo”. “Hoy —dice— no podría concebir otro tipo de vida”.

Poco antes de su muerte en noviembre de 2007, hace justamente siete años, Susan visitó por última vez al escritor. Acostumbraba ir a verlo todos los años junto a Marco y sus hijos a Provincetown, un pueblito de Massachusetts donde Mailer iba de vacaciones y vivió su última etapa. Pero a esas alturas el cofundador del emblemático periódico The Village Voice estaba bastante enfermo: sufría de problemas del corazón y artritis. Su hija mayor supo que, probablemente, iba a ser la última vez que lo vería con vida. Como Mailer también lo intuía, le encomendó una misión compleja que la sorprendió:

“Sue”, le dijo a su hija a la que llamaba Sue o Susie. “Esta es una familia que tiene un tejido maravilloso. Cuida que no se eche a perder y se deshaga”.

Desde entonces, Susan se encarga de reunir a todos sus hermanos y sus descendientes en Provincetown al menos una semana en el mes de agosto, como le pidió su padre antes de morir. Actualmente es una especie de matriarca de la familia, luego del fallecimiento en 2010 de la última esposa de Mailer, la ex modelo Norris Church.

 “Ser hija de Normal Mailer fue interesante y difícil”, repite la sicoanalista.

—¿A qué se refiere exactamente?

—Tenía una personalidad demasiado fuerte. Lo sentí yo y todos mis hermanos: ahora tenemos dolor, porque mi padre no está, pero al mismo tiempo ha sido una liberación porque no nos hallamos bajo su sombra. Es difícil destacar junto a una persona que brilla tanto. Eres una estrella satélite siempre. Sus esposas, sus hijos, sus amigos. Desde que murió, todos de alguna forma sentimos que podemos brillar con nuestra propia luz.

—Es cierto que usted se casó con un chileno, ¿pero tiene algo que ver su llegada a Chile, un país tan lejano, con algún interés por alejarse un poco de la fama mundial de su padre?

—Efectivamente, en Chile nadie conocía a mi papá. En cualquier caso, no fue una motivación consciente.

Susan confiesa que quizá hace algunos años no hubiera accedido a tener esta conversación: “Me siento mucho más empoderada que hace una década respecto a mi historia y a la de mi padre. Una vez le dije: ‘¿Nunca te preguntas si la gente se te acerca porque eres Norman Mailer o por ti?’. Y él me dijo: ‘¡Yo soy Norman Mailer!’ He logrado integrar que soy la hija de Norman Mailer y me gusta. Mi mundo en Nueva York, México y Chile y mis diferentes identidades”. Con el pudor de analizar asuntos familiares con una sicoanalista, le comento que probablemente pudo llevar a cabo ese proceso justamente por la muerte de su padre en 2007: “Obviamente”, responde.

Con el fallecimiento de Mailer y la calma que proporciona el paso del tiempo, en febrero de 2013 decidió escribir por primera vez un texto no académico relacionado con su historia. Primero pensó entrevistar a hijas de celebridades, luego lo circunscribió a hijas de escritores norteamericanos del siglo XX y después se dio cuenta de que algunas hijas de padres que habían sido genios de las letras ya habían publicado: “Alexandra Styron, Kaylie Jones, Susan Cheever escribieron memoirs sobre sus respectivos papás, un género literario que da cuenta de la historia personal, que une biografía y ficción, y que es bastante común en Estados Unidos”. Además comprendió que para poder entrevistar a las hijas de otros escritores famosos tenía que primero entrevistarse a sí misma  y comenzó entonces su propio libro: “Es una mirada sobre Norman Mailer desde mi vértice personal. Desde el vértice de ser su hija, de sus características únicas como padre y cómo esto, por supuesto, afectó mi vida. Tengo listo el primer borrador —lo escribí en inglés— y quiero terminarlo, espero, a fines de 2015”.

Dice que ha sido un viaje interesante, profundo y enriquecedor. Horas y horas frente al computador, sola con los recuerdos y la figura de su padre, que sigue estando tan presente. El texto, cuenta Susan, comenzará así: “Bolsas de hielo, botellas de ron y tequila, y también chelas heladas. Era viernes en la noche y la ciudad de México se preparaba para la diversión. Mi mamá y Salvador no eran la excepción. En ocasiones la fiesta era en su casa, en otras salían a bailar o a un bar en el centro de la ciudad. Esta vez sería en nuestro domicilio. Mi papá y Adele estaban en el D.F. y llegarían a la fiesta en unos momentos. Desde mi pieza escuchaba la música, las botellas abriéndose, el sonido de los cubos de hielo cayendo en los vasos, la risa de los invitados. Para mí era un mundo fascinante y me encantaba cada vez que era invitada a la sala a compartirlo…”.