Por dos décadas, Sebastián (39) fumó marihuana casi ininterrumpidamente. Solo o acompañado, solía decir que era como su tabaco. Deportista dedicado, se repartía entre el running y la liga de fútbol amateur. Hasta sus amigos lo catalogaban de sano porque no consumía ni una gota de alcohol. Jamás vio ni un atisbo de peligro en ese gusto que fue sofisticando con el paso del tiempo, los viajes y la aparición de cepas cada vez más poderosas. Fue sólo después de la muerte de su único hijo y un dramático quiebre matrimonial, cuando el consumo se volvió un problema. Sin trabajo y viviendo de allegado en la pieza de servicio de la casa de sus padres, pasó de ser un exitoso gerente de retail a un cesante más. Desde antes del desayuno hasta el final de cada día, consumía sin parar. Diagnosticado con depresión post traumática, rechazó uno a uno los tratamientos tradicionales mientras caía en un espiral en el que todo perdía sentido. Desganado y cabisbajo, dedicaba sus días al cuidado de las numerosas plantas con las que se autoabastecía. En eso estaba la mañana en que cuatro oficiales de Carabineros, alertados por una denuncia anónima, tocaron a su puerta. Tras la detención, él mismo decidió ir a terapia. “Me pidieron un examen cerebral y cuando el doctor lo estaba revisando puso sobre la mesa otro estudio de alguien que nunca había consumido. En la comparación, mi cabeza parecía un queso gruyere y tenía menos de la mitad de actividad. Cuando escuché que toda el área que aparecía de color rojo estaba sin funcionar, lloré como un niño. Lo más triste fue que algunos de los amigos a los que les conté no sólo le bajaron el perfil sino que además me cuestionaban. Más de uno se atrevió a decirme que cambiara de médico porque estaba comprobado que la hierba es medicinal”, recuerda.

Casos como este son cada vez más habituales en las consultas siquiátricas. Lo reflejan las cifras que maneja el Observatorio Chileno de Drogas. Sólo en Santiago, entre las personas que se declaran usuarias de marihuana, un 8.1 por ciento manifiesta haber sentido síntomas de privación mientras el 14.9 dice percibir problemas en su salud mental en relación al uso, y el 14.9 reconoce haber tenido problemas en sus relaciones interpersonales como consecuencia del consumo. Así y todo, criticar el uso de la marihuana se ha vuelto absolutamente impopular. Para la comunidad médica nacional, esto quedó claro el día en que llamaron a una conferencia de prensa para anunciar que la evidencia científica sobre los beneficios de la marihuana era insuficiente y que contrastaba con la basta información sobre los efectos perjudiciales. En los noticieros de la noche, la convocatoria salió menos de un minuto, mientras que la historia de la plantación de marihuana en La Florida se tomó la pantalla chica por casi siete minutos.
En una rápida encuesta on line entre familiares, amigos y conocidos; lo compruebo rápidamente. Rebatir la idea de que la planta es natural, inofensiva y hasta terapéutica, puede transformarse en una suerte de acto suicida en las redes sociales. No importa que los números hablen de una verdadera epidemia en la salud pública.

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Según el Estudio Nacional de Drogas en Población General de 2015, los 75.981 consumidores registrados en 2010 se cuatriplicaron en menos de cinco años alcanzando un total de 254.993. De esos nuevos consumidores, el 62.2% tiene entre 12 y 25 años. Para los expertos, eso es consecuencia directa del dramático descenso de la percepción del riesgo de fumar que entre 2001 y 2013 registró una baja de más de 25 puntos. Esto, explicaría por qué en el Informe de Uso de Drogas de la OEA presentado el año pasado, los adolescentes chilenos se quedaron con el primer lugar de consumo a nivel continental con un 30.6 por ciento, mientras que el país registró una prevalencia del 11.3 por ciento ubicándose en el cuarto puesto del ranking mundial. Estos récords que incluso fueron consignados por las revistas más prestigiosas del mundo de la medicina, como Lancet, British Medical Journal y New England, motivaron a los facultativos nacionales a iniciar una ofensiva mediática contra cualquier intento de liberalización. Para crear consciencia, la Sociedad de Siquiatría y Neurología de la Infancia y Adolescencia lanzó el libro Marihuana, consensos y evidencias sobre su impacto en la salud, en el invierno del 2015. Meses después, el Colegio Médico junto a la Asociación de Facultades de Medicina de Chile y las sociedades de Pediatría, Anestesiología, Neurología, Siquiatría y Neurocirugía; publicó un inserto dominical en los principales diarios, en el que llamaba a la Presidenta Michelle Bachelet a rechazar, en su calidad de doctora, el proyecto de ley que buscaba la despenalización.

Cinco meses más tarde, la comunidad médica sigue a la espera de una respuesta de La Moneda o del Ministerio de Salud. “Nos sentimos como quijotes luchando contra molinos de viento. Aquí hay mucha plata detrás. No nos hagamos los lesos. Todos saben que las tabacaleras son parte interesada en que el consumo se dispare. Ahí está su negocio”, dice la directora del Departamento de Siquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, Anneliese Dörr, mientras muestra las imágenes de la publicidad que promocionaba la industria de los cigarrillos en los albores del siglo pasado. En una de las láminas, aparece una mujer curvilínea de dientes impecables con un mensaje en letras rojas que dice: ‘el cigarrillo hace bien para el asma, cura problemas respiratorios y blanquea los dientes’. La comparación no es gratuíta, la manufacturera de tabaco más grande del mundo Philip Morris ya confirmó que en los próximos meses lanzará Malboro M, la línea de cigarrillos de marihuana fabricada comercialmente. “Así es como se fabrica la industria y se crean los adictos. Lo mismo está pasando con los negocios en torno a la cannabis. Si hubiéramos sabido en su momento lo que hoy sabemos del tabaco cuántas muertes habríamos evitado. A nivel científico hace rato que no existen dudas del daño que ocasiona la hierba, el problema es que el marketing del lobby pro legalización es demasiado fuerte”.

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La profesional que lleva más de una década estudiando los efectos en la población menor de 18 años, es invitada frecuente a seminarios sobre cannabis en todo el mundo. Entre las investigaciones que expone, destaca una que realizó junto a Sandra Vianni y María Elena Gorostegui, en la que lograron determinar cómo el uso de la planta genera un deterioro en las capacidades de aprendizaje, la neurotoxicidad y la vivencia de la temporalidad en adolescentes de entre 15 y 18 años. “Esto no es como decía Freud que sólo el pasado te determina. Lo que pasa con el usuario joven es que se queda presentizado y en una dispersión máxima, viendo anulada la posibilidad de anticipar y organizar. Esto no ocurre sólo a nivel intelectual sino también en un plano operativo tan simple como este”, dice, al tiempo que exhibe una secuencia de imágenes que recrean cómo se gesta un gol, desde que el jugador recibe el primer pase hasta que entra la pelota al arco.“Aquí vemos todos los pasos que hay que coordinar para anotar y cómo la falta de capacidad de anticiparse interfiere con la posibilidad de trascender la actualidad y proyectar”.

Otro de sus estudios que consideró a 565 escolares adolescentes de cuatro colegios de Santiago, divididos en dos grupos: 40 consumidores exclusivos de marihuana y 40 no consumidores, es aún más preocupante. Al comparar los resultados de ambos grupos en los test neurosicológicos y del NeuroSPECT, los usuarios evidenciaban tasas ostensiblemente menores en lo competente a las habilidades cognitivas asociadas al proceso de aprendizaje, tales como atención, concentración, jerarquización, integración viso-espacial, retención inmediata y memoria visual. Los resultados confirmaban lo que en 2012 anunció la Academia de Ciencias de Illinois (EE.UU.), cuando publicó el estudio más concluyente sobre las secuelas que la cannabis tiene en la población. En el trabajo comandado por la especialista Madeleine Meir, se hizo un seguimiento a 1.300 personas sanas entre 13 y 38 años. Quienes adquirieron el hábito de consumir con regularidad registraban bajas del coeficiente intelectual de 10 puntos promedio. Entre las conclusiones, se afirmaba que en las personas muy inteligentes el deterioro no tenía un impacto significativo, a diferencia de quienes tenían un C.I. bajo, los que quedaban al borde de la discapacidad intelectual.

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A juicio de Dorr, lo que hace más difícil combatir contra la marihuana es el hecho de que “se trata de una droga que pasó a tener una connotación ideológica muy fuerte. Por un lado se ve a la planta como sana, natural y beneficiosa, lo que reflejaría una sociedad moderna. Mientras que aquel que dice que hace mal y expone sus efectos nocivos termina identificado como representante de una comunidad rígida o conservadora. Hay una falsa concepción del progresismo y la libertad”.

Nicolás aún recuerda esa tarde de enero cuando había cumplido 13 años y su papá le preguntó qué quería de regalo, él junto con enumerar artículos tecnológicos, también confesó que le gustaría probar la marihuana junto a él. Desde niño, había aprendido a identificar esas plantas que su padre cuidaba con tanto esmero al final del patio. Su progenitor esperó el momento y cuando estuvieron solos fabricó un cigarrillo. Era una especie de ritual en el que nada debía salir mal, pero tras varias piteadas Nicolás comenzó a sentir que el corazón le palpitaba con furia y la cabeza le bombeaba. Se encogió en posición fetal y a los 15 minutos iba camino al servicio de urgencia más cercano. El diagnóstico fue crisis de pánico.

En los últimos años, la costumbre de acompañar a los hijos en la ingesta de su primer trago se trasladó a la marihuana. Los servicios de urgencia han sido testigos de estos padres consumidores que prefieren estar ahí cuando sus descendientes tienen la primera experiencia de consumo. Muchos piensan que la intoxicación por marihuana que es lo que se conoce como estar ‘volado’, dura entre dos y tres horas dependiendo del tipo de cepa consumida. Pero desconocen que parte de los residuos de la sustancia se quedan en la sangre por 15 días y el resto se aloja en los lípidos y las grasas del cerebro, mientras el higado batalla por metabolizarlo.

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En el caso de Nicolás, no pasó de ser un mal momento. Sin embargo, si él hubiese cargado genéticamente con una tendencia a desarrollar esquizofrenia, esa breve experiencia podría haber gatillado cuadros sicóticos que no se le habrían manifestado sin el consumo. Esta relación ha sido motivo de diversos estudios. El último del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España estableció cómo los cannabinoides controlan la activación de algunas áreas nerviosas del cerebro y desactivan un mecanismo con más intensidad de la necesaria, dando lugar a trastornos como la esquizofrenia o la sicosis.

Para Elías Arab, siquiatra infantil de Clínica Las Condes, esta suerte de ritual que cada vez es más habitual reviste el máximo de gravedad. “Son papás más liberales que fuman y tienen plantas, lo que es un desastre porque los hijos de ese señor van a empezar a consumir a edad más baja, la posibilidad de tratamiento cuando comiencen a tener problemas será menor mientras que las secuelas aumentarán. Los pacientes más graves que me ha tocado atender son hijos de padres consumidores y ahí es cuando uno piensa: ¡qué tontera!, cómo los padres —gente que supuestamente es inteligente— les enseñan a sus niños a hacerse pebre el cerebro”, sentencia. “Es urgente que alcemos la voz y digamos lo que sabemos. Y eso va en contra de lo que sale en la televisión. Cuando se habla de valores en Chile se refieren al sexo, pero lo valórico tiene que ver con la honestidad y los activistas mienten. Dicen que no hace mal cuando está archicomprobado que genera cerebros de mala calidad y ocasiona problemas cardiovasculares, entre otras enfermedades. Aquí la paradoja es completa. Hay algo que hace muy mal, pero la gente piensa que es beneficioso. Y si se llega a legalizar va a ser peor porque más encima existirá una publicidad aún mayor a la de hoy para generar más y más consumidores. Lo que significa que en el futuro nos esperan generaciones menos inteligentes”.

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Pese a todo, Arab es optimisma. “Esta guerra la vamos a ganar, ¿cuánto nos demoraremos o cuántas muertes tendremos que lamentar? Eso es otra cosa, pero la ciencia se impondrá al final. Lo que me da temor es la clase política porque esta sustancia es tan popular que los que se atrevan a luchar contra la liberalización obviamente pueden ver mermadas sus posibilidades de salir electos”. Idea que comparte la neuróloga del Hospital Clínico de la Universidad Católica, Keryma Acevedo. Hace varios meses le tocó enfrentar una situación que le hizo darse cuenta de que aún no existe consciencia del problema. Ocurrió en el Congreso cuando junto a otros médicos sostuvo una serie de reuniones que buscaban informar a los legisladores sobre los daños que podría generar un proyecto de ley que proponía la tenencia de hasta seis plantas por persona. Aunque opta por obviar el nombre del parlamentario aludido, dice que fue impresionante su reacción cuando le expusieron lo negativo de la iniciativa. “Salió espantado y no sólo comprometió su apoyo a la comunidad médica sino que además confesó el temor de que uno de sus hijos estuviera desarrollando una adicción. Así y todo al momento de votar en el hemiciclo fue el más entusiasta defensor de la causa pro cannábica”.

Acevedo reconoce que no hay nada más frustrante que ver cómo los jóvenes no logran dimensionar el daño al que se exponen. “En Holanda vienen de vuelta y cada vez están poniendo más restricciones. Ni hablar de los estudios realizados en Colorado, el primer lugar donde se legalizó el consumo recreativo en Estados Unidos. Ahí, no sólo aumentaron las tasas de accidentes de tránsito, también lo hicieron las expulsiones en los colegios. Hoy por hoy, es la zona con los índices más elevados de consumo entre los escolares en comparación a otros estados que tienen políticas restrictivas. Ni hablar del número de las intoxicaciones en menores de edad que también se dispararon. Esto, porque la industria vio el negocio y empezó a producir queques, calugas y golosinas con cannabis en los mismos envoltorios de los dulces tradicionales, lo que se ha prestado para todo tipo de confusiones”.

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Por la consulta de la doctora Acevedo pasan periódicamente madres que desesperadas por la falta de mejoría de sus hijos, buscan solución en el revolucionario tratamiento. “Es entendible la esperanza que despertó la historia de la niña estadounidense Charlotte Figi que sufría hasta 300 crisis epilépticas por día hasta que empezó a consumir aceite de cannabis, pero hay que tener mucho cuidado. Hasta aquí han llegado niños con crisis convulsivas severas producto del aceite. El problema está en que las preparaciones son artesanales, entonces no tenemos certeza de lo que se le está entregando al paciente. La marihuana es como el terroir del vino que cambia con la tierra y la temperatura. Su potencialidad depende de un montón de factores. La ciencia no se construye con un solo caso, así que hay que esperar por los estudios y una muestra representativa acorde. Aquí, nadie se está oponiendo a la investigación, pero esta tiene que seguir protocolos y cumplir las exigencias debidas”.