Sí eso fue, una burla lo que hizo Volkswagen, el mayor productor de autos en Alemania al reconocer públicamente que instaló un software para mejorar los resultados de los controles de emisiones de gases en 11 millones de vehículos diésel de todo el mundo.

Si no hubiera sido porque un astuto ecologista –Peter Mock, quien lidera una agrupación que se ocupa del transporte público limpio y que quiso probar que las normativas en Estados Unidos son más exigentes que las europeas– descubrió la trampa, es probable que todavía la marca gozaría de prestigio internacional, su presidente estaría en las alturas del Olimpo feliz de los ingresos de la compañía y sus autos contaminando.

Pero ¿cómo? ¿por qué? Europa cuenta con una de las normativas medioambientales más exigentes del mundo, también con una reglamentación en materia de seguridad automotriz que es bastante más dura que la que usamos por estos lados. Ahí que esta industria se haya sentido tentada, al más puro estilo chilensis, de buscar alguna forma de conseguir que sus autos pasaran la prueba a pesar de sus emisiones.

Esto nos demuestra varias cosas. Primero, que cuando hay plata de por medio los intereses medioambientales no importan a las grandes empresas, que harán hasta lo imposible por falsear sus datos y cumplir las pruebas, a pesar de los riesgos, lo que me dice que el interés, la preocupación y dedicación de una persona puede lograr que las cosas comiencen a cambiar.

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