Existe una idea generalizada de que algo no anda bien en la psiquis de los chilenos. Ciertamente, basta con ver las noticias para formarse la convicción de que es un problema que afecta a toda la especie humana. Sin embargo, a pesar de cierto rasgo auto flagelante egocéntrico (nos encanta creer que somos los más algo del mundo) de vez en cuando aparece algún estudio serio que confirma este triste liderazgo: en nuestro país las patologías mentales son epidemia.

Lamentablemente otro de los problemas graves que padecemos es el analfabetismo funcional, que impide que la enorme mayoría –sin diferencias socioeconómicas o culturales- sea capaz de entender lo que lee. Por eso datos como que uno de cada tres chilenos sufre de alguna patología siquiátrica diagnosticable en algún momento de su vida, o que el 20% de la población padece de trastornos del ánimo, principalmente depresión, no son  ponderados en su justa medida. Llevamos años viendo marchas, protestas, debates sobre la necesidad apremiante de modernizar profundamente la educación, de mejorar el acceso a la salud, pero nunca pasamos del tema del dinero y las “oportunidades” a lo que importa. Solo un par de datos. Según la Unesco, en Chile el 15% de los niños de enseñanza básica requiere atención sicológica especializada y el 42% de los profesores sufre depresión. Así las cosas, solo se puede espera que el problema se herede continuamente.

Sin embargo, lo más preocupante de esto es que la salud mental se aborda solo desde el punto de vista sanitario -del todo insuficiente por lo demás, ya que el presupuesto que se destina a este ítem es ridículo, menos del 6%- sin que exista una noción básica de lo que estamos hablando. En el complejo entramado de la psiquis los trastornos son tan diversos como ambiguos, tienen la capacidad de disfrazarse de normalidad en tanto la conducta no resulte exagerada o demasiado incoherente y muchos problemas graves son considerados apenas rasgos de carácter: el envidioso, el egocéntrico extremo, el inseguro-agresivo, el prepotente, el resentido, incluso el sicópata pueden ocupar un cargo público, ser alcaldes, jueces o policías sin que nadie cuestione su idoneidad, más allá de considerarlo tal vez un sujeto difícil de tratar. En el país de los ciegos el tuerto es rey y el que tiene ambos ojos, el anormal. En una sociedad dónde el consumo de antidepresivos ha crecido en un 400% en cinco años, ciertamente algo no anda bien, pero ¿quién lo advierte, si ésta es ya la “normalidad”?

Lo digo constantemente, pero siempre creen que es una broma: superar un examen de salud mental y un detector de mentiras debería ser requisito básico para postular a cualquier cargo público. ¡Por favor, si es algo mucho más serio que portar un arma!
El triste espectáculo de los escándalos de corrupción, las grandes y pequeñas rencillas de cada día que a todos nos toca, la triste imagen de autómatas con teléfonos “inteligentes” (los vemos cruzando la calle, bajando y subiendo del metro, sentados a la mesa con la nariz metida en el celular, ¿es normal eso?) las patéticas condiciones del tránsito, el contenido basura que tragamos sin querer desde la prensa, la televisión, la publicidad, toda la larga lista de penosos etcétera que hacen de la vida moderna un infierno, detrás subyace una falta penosa de conciencia sobre quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos…

Mientras se discute sobre el mecanismo para elaborar una nueva constitución política –tironeado de un lado y otro por quienes buscan quedarse con el pedazo mayor de la torta de los privilegios- nadie se plantea qué tipo de persona será el objeto central de esta legislación. Ya es hora de exijamos que el primer y más básico de los derechos humanos sea el respeto absoluto al ser esencial. Sea cual sea el mecanismo, se necesitan menos dirigentes y, definitivamente, más filósofos y siquiatras.

Comentarios

comentarios