Ciudad de México está dividida como el resto del país. Desde la avenida Reforma hacia arriba, pasando por el Angel de la Independencia, los cafés invitan a conversaciones largas, a pasear perros y a tomar un ‘caballito’ de tequila. Las calles poco iluminadas y en desorden poco importan porque la presencia de policías armados —algo esperable en una nación con más de 14 mil asesinados por año— dan cierta seguridad. Al otro lado de la urbe, hacia el centro, el escenario es muy distinto: las calles están repletas, la policía ausente y los quioscos, que entre nachos, dulces, enchilados y otras comidas, exhiben diarios que parecen competir por quienes chorrean más sangre con titulares como: ‘A puro plomazo’. ‘Le sacaron los ojos’, revelan lo que para algunos son dudosas conclusiones de lo ocurrido con los 43 estudiantes asesinados y desaparecidos en la escuela rural Isidro Burgos Ayotzinapa, en septiembre pasado.

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Ahí donde las taxis no se pueden tomar de manera segura, y las advertencias para los turistas pueden ser demasiado severas, frente al Zócalo Nacional —una plaza de más de 40 mil metros cuadrados—, ha ocurrido un milagro: México, el de los dos lados se ha vuelto a encontrar. 

Fue el 20 de noviembre pasado, a pocos días de cumplirse 130 años desde que Zapata entrara con sus tropas a ese mismo lugar, madres con niños en brazos, obreros, oficinistas, estudiantes, profesionales e intelectuales, en total unas 300 mil personas se reunieron para pedir justicia, cambios ahora ya, pero por sobre todo para gritar su furia, su indignación ante los hechos de violencia y sangre que tienen como símbolo la desaparición de los 43 estudiantes. La convocatoria es del movimento de Acción Global por Ayotzinapa, dirigido por Omar García, un estudiante de la misma escuela normal de los desaparecidos. Este se articuló desde los primeros días de la tragedia y se le han unido cada vez más personas, entre ellos  intelectuales de diversas disciplinas y de diferentes universidades e instituciones mexicanas.

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“1, 2, 3… miles de voces cuentan hasta 43 a todo pulmón”, la marcha gana adeptos a medida que cae la tarde. De pronto, sobre la avenida Tacuba —la misma que alguna vez fue la única calle de esta ciudad— un grupo de hombres a caballo, con machetes en la mano hacen su entrada gritando: ‘¡A mostrar el machete, carajo!’. Todos enmudecen por unos segundos… “Son campesinos de San Salvador Atenco, una región muy reprimida en 2006, desde entonces que nos los veíamos marchando por acá”, explica Luisa Benítez que llegó desde la delegación Gustavo Madero. 

Entre los manifestantes también está Rosa Henríquez, madre de una normalista de Naucalpán en el Estado de México: “La gente está cansada, tenemos un gobierno corrupto que lo único que hace es enriquecerse. Ustedes los periodistas tienen que venir a echarnos una mano para decir lo que de verdad pasa acá. De las entrañas te digo que a mi no me importa si me matan o si me quieren callar. Lo que necesitamos es un estructura nueva”.

Todo termina con once detenidos, entre ellos el chileno Laurence Maxwell, que fue liberado, sin cargos, hace unos días.

Al día siguiente, las calles están llenas de basura y papeles quemados. Los signos de una posible nueva revolución son recogidos y apilados en los basureros.

Los medios reflejan de manera dispar lo que pasó la noche anterior. Pero los ojos del mundo ya están sobre México.

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El presidente Enrique Peña Nieto ha sentido la presión, por eso convocó a una cadena nacional el pasado jueves 27: dos meses después de la desaparición y tras una semana de la marcha. “México ya no puede seguir así”, declaró frente a millones de televidentes. De alguna manera, reconoció algunos terrenos cedidos al narcotráfico por el país, y como plan presentó una serie de medidas para mejorar la seguridad, entre las que se encuentran la eliminación de las policías municipales, organismos vinculados al narco en algunas regiones, y quienes hicieron desaparecer a los jóvenes de Ayotzinapa, según las investigaciones.

Desde las pantallas de Milenio le respondió el escritor, periodista e historiador Héctor Aguilar Camín. Calificó el anuncio de Peña Nieto como un plan lento y pensado a corto plazo. “Un aviso no es una acción”, agregó.

Pero más allá de las reacciones, el intelectual es pesimista sobre los cambios de fondo.

“Es una fantasía que pase algo que vaya a romper el régimen actual. Nada de eso va a ocurrir. La verdad acá es otra y se quiere esconder”, explica.

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Y agrega: “El jefe municipal de Iguala llegó al poder a través del crimen y la corrupción, y ésta es una situación que no sólo pasa en Guerrero, sino que en toda la región. Le dieron vuelta al asunto, porque los que se llevaron a los muchachos son criminales, que llegaron a gobernar por una democracia que está podrida. El país tiene muchas zonas pujantes y pacíficas en medio del crimen y la droga. Es un país muy grande. Lo que es inevitable es vencer los resagos y encaminarse hacia un momento más próspero, pero las inercias y los hábitos de México son enormes y se desbordan por todos lados las malas prácticas. Tienes una democracia efectiva, pero que no funciona, porque está transformada en una subasta, que hace que quienes tienen más dinero participen de las campañas políticas”, comenta.

Asegura que lo primero es hacerse cargo de legislar la corrupción como se hizo en Estados Unidos. “Nos tenemos que hacer cargo. Si no podemos hacer las cosas de otra manera que no sea con corrupción, entonces legislemos y volvámosla parte de la campaña de lobby, como lo hicieron los gringos, quienes hoy pueden contratar una empresa para que les haga trámites que antes eran ilegales. Hay que ver y decir qué es lo que no es aceptable aquí. Si les das un poder a los criminales, ellos se van a dedicar a hacer eso. Es terrible lo de Iguala. Habíamos tenido cientos de miles de alcaldes amparados por el crimen o que tuvieran nexos con la delincuencia, pero que una banda criminal fuese la autoridad, no habíamos tenido un caso de esos. Y la culpa la tienen todos los políticos, los de izquierda, los aliados, todos instalaron a esos criminales ahí. ¡Maricones, véanle la cara a los padres y digan ‘nosotros los llevamos’! Así pasó. Esa es la verdad”, dice con furia.

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Más calmada vive su rabia de la escritora Elena Poniatowska, premio Cervantes y nacional de periodismo en México. Básicamente está cansada. Viene llegando de una serie de viajes que incluyeron Nueva York, Miami y Madrid para la entrega del premio Cervantes de este año. La situación de su país la tiene mal. Dice que le cuesta dormir. Si bien ha acompañado a los hijos y padres de Ayotzinapa en su andar, cree que nada de eso le ha hecho bien. Reconoce que incluso después de la primera marcha se desmayó. “Tenía tantas ganas de nombrarlos a todos, a los 43, no sólo de decir sus nombres, sino que la gente entendiera quiénes son ellos en lo más mínimo: la ropa que les gusta usar, la música que escuchan, los equipos de fútbol que siguen. Quise que las personas supieran quiénes son esos niños”.

Para Elena el dolor de los padres de Ayotzinapa ha sido algo muy demostrativo. Le ha traído recuerdos de ese octubre de 1968 cuando ocurrió la matanza en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, donde murieron más de 300 estudiantes en manos del ejército y grupos paramilitares. Ahí a Poniatowska le tocó entrevistar a la periodista italiana Oriana Fallaci, quién también salió herida mientras reporteaba. “Esa fue una salvajada porque hasta en Vietnam había refugios, luces de bengala que mostraban las trincheras, pero en Tlatelolco no había dónde esconderse”.

Elena no quiere seguir repasando el pasado. Y vuelve a los hechos ocurridos en Guerrero.

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“Es como lo de Tlatelolco no más que esto pasó en una noche lluviosa y donde nadie se dio cuenta, donde los quemaron con neumáticos. ¿Te dije que a uno de los muchachos lo desollaron? Se me pone la piel de gallina con todo esto”, dice.

Reconoce que le da vergüenza hablar de México en los eventos en que ha participado. De hecho, en la última reunión del Instituto Cervantes en Nueva York todos querían saber lo que estaba pasando. Afuera del organismo se agruparon más de 100 personas con pancartas exigiéndole que se pronunciara. “El director del Instituto Cervantes, Ignacio Olmos, me pidió que no bajara, que me quedara tranquila, entonces preferí no dar declaraciones”.

Y agrega:

“Lo bueno es que las marchas de ahora han sido nobles y organizadas. Es algo nuevo para el país. Espero que no sea un México de sangre el que veamos de aquí en adelante”.

El editor de editorial Planeta para América Latina, Gabriel Sandoval sabe bien de amenazas y de las presiones del narcotráfico. Lleva diez años viviendo en México y el 2011 tuvo una experiencia que todavía tiembla al recordar. “Ocurrió mientras editaba el libro sobre los nexos del capo del cartel de Sinaloa, Chapo Guzmán con Genaro García Luna, director de Seguridad del Estado de México. Un día al revisar el correo, vi uno que tenía como remitente: La justicia de México. Lo abrí y me encontré un titular que decía: ‘Hijo de la chingada si publicas esto te vamos a matar’. No te imaginas lo mal que lo pasé. Me seguían a todas partes, sabían hasta qué y dónde iba a comer”, cuenta.

Gabriel también marchó el 20 de noviembre. Se unió —junto a toda la editorial— al grupo de la Comisión de Derechos Humanos de México. “Había una energía, una vibra potente que se sintió por varias partes. Estamos todos, extranjeros y mexicanos indignados, democratizar este sentimiento es el primer paso para producir cambios en este país”, asegura.

Aunque no volvió a marchar en la segunda gran manifestación convocada por el movimiento de Acción Global por Ayotzinapa, el pasado 1º de diciembre, Gabriel al igual que Elena Poniatowska y Héctor Aguliar Camín entregaron su apoyo desde la Feria internacional del libro de Guadalajara que se desarrolla por estos días y desde donde los intelectuales mexicanos y del mundo están pensando qué hacer con la furia que hoy recorre México.