En un club de caballeros. Esas eran las coordenadas de la cita. Y, siguiendo las instrucciones, Sergio Lagos llega puntual a la Confitería Torres de Isidora Goyenechea, donde atrae las miradas de inmediato. Entre ejecutivos de traje y corbata de su misma generación, el animador de Canal 13 claramente es visita en el local de El Golf: chaqueta de cuero, camiseta negra adornada con estrellas plateadas, pantalones pitillos y un brillante brazalete.
Entra bromeando: “Soy como Benjamin Button” —el personaje que rejuvenecía con el paso de los años—. Pero el periodista se instala en la adultez con más que unas caprichosas canas. Su cumpleaños 40 (el 12 de este mes) llega en un 2012 particularmente intenso. Termina la temporada con una agenda televisiva copada (reality shows, Mi nombre es, Quién quiere ser millonario), el anuncio de que será padre por segunda vez con su mujer —la cantante Nicole—, nuevo disco solista, la muerte de su suegra y la pérdida de su amigo Gustavo Sánchez. “Hay veces que la vida te da encuentros que son fantásticos y conocerlo fue una alegría enorme”, dice apesadumbrado por el productor.

“A ESTA EDAD HAY QUE AGRADECER TODO. La vida, las bienvenidas y despedidas. Y éste ha sido un año de profundas despedidas”, resume con tono sombrío.
Muerte que no relega su celebración. Quizá no en los mismos códigos rocanroleros de hace unos años. Pero hay festejo por el cambio de década. Con niños, caramelos y rodeado de juguetes… Sí, fiesta de matiné.
“Toco el sábado 10 en la Feria Lastarria, en plena calle. Luego subimos a mi departamento a una celebración de muchas horas… Algo tranqui, porque ha sido un tiempo de mucha intensidad y estoy en una etapa en que quiero que las cosas lleguen un poco más suave”. En la noche espera que “aparezcan los más desordenados con sus novias jóvenes” (risas).
—¿Pensó que su cumpleaños 40 iba a ser en clave familia-niños?
—Si bien cumplir 40 es una suerte de pequeña crisis, me toma con un pie más puesto en la adolescencia que en el confort y seguridad de esta edad.
Lo dice por los viajes con la banda The Gaffers, a los que pronto espera sumar a su hijo León (4). “El otro día tocamos en una fiesta donde eran puros chicos de 23 años”.
—¿Cómo fue?
—¡Fantástico! Toco con amigos que están en el promedio de los 40. Somos tipos adultos metidos en los intereses de la gente —comillas— ‘más joven’, porque nuestro rollo es la música. Y, lamentablemente, parece que éste es un asunto de jóvenes para Chile. Por fortuna, mi mujer comparte el tema. Su nuevo disco es de energía súper juvenil.

SÍ LE PREOCUPA QUE LA MAQUINITA DEL TIEMPO LE PERMITA seguir haciendo música. Pero evita al doctor.
—¿Se mide el colesterol?
—¡No, ¡jamás! ¡Nunca! (ríe). El otro día bromeábamos con el grupo que ya no sólo necesitamos a un roadie y sonidista, ¡también a un médico!”.
—¿Termina la fiesta?
—No. Pero la fiesta no es el motor. Es la apuesta. Lograr hacerla. Creo que es lo más potente que le voy a dejar a mi hijo. Y allí está mi mujer, que es muy divertida porque me aprieta. No se le olvida ese rol. Pero también ella está en lo mismo. Entiende que esta es la pasión que nos mueve.
—¿Todavía espera el gran hit?
—No. A la música no le pido dinero, ni éxito, ni ventas. Nada. Le pido que me siga dando ganas de hacerla. Ese es mi desafío. No me siento ni virtuoso ni con la mejor voz. Quiero que cuando mi hijo tenga 15 años me vea como un tipo que creyó en su propia verdad. Que si me pedían que no hiciera algo porque no era conveniente para mi pega, lo hice igual. Lo mismo con aquellos que me decían: estás traicionando tus principios.
—¿Por qué?
—Muchas veces me cargan eso porque hacía el programa El futuro de Chile y después un estelar. ¡Oye, nunca dije que era el libertador de Chile, ni el más inteligente! No me puedo hacer cargo de las fantasías de todo el mundo.
Esa energía la dirige a León y su hija por nacer (todavía negocia con Nicole el nombre de la niña, la que contempla a cada rato en su iPhone en versión de ecografía 3D). Se sometió a la espartana evaluación de padres que buscan cupo en un colegio y fue aceptado en el tradicional Saint George. Ya está comprometido para madrugar y llevarlo todos los días a clases. También salió a la luz ‘la’ conversación: dejar o no Lastarria para vivir en ‘el suburbio’. Se resisten. Quieren dejar herencia citadina.
—Habla de un legado para su hijo en la música y no en la TV.
—Es más duro el trabajo musical. Efectivamente hay una historia en las comunicaciones: radio, prensa escrita y televisión. Pero si León quiere leerme como una foto del alma está mucho más nítida en los discos. Hay una sensación más profunda, poética. En la televisión todo se puede resumir absurdamente a Kramer. Como un lugar común.
—¿Algo caricaturezco?
—Las comunicaciones masivas, en general, caricaturizan a las personas. Y estamos en el año de la caricatura. Desde la aparición de Kramer, tal vez, todo se transformó en una megacaricatura. Yo me río y digo: En la profundidad están los discos. En el resumen, en la televisión, está Kramer.
—¿Le molesta la imitación de Kramer?
—Para nada.
—¿En qué acierta?
—En el tono de la voz. Pero es un chiste y lo entiendo como tal. Es fantástico no haber estado en la película (ríe). Me parece gracioso, pero es fome transformarse en una caricatura. Mi ejercicio en las comunicaciones ha sido más que eso. Pero me gusta el power. Es divertido, una palabra energética positiva. Creo que su rollo conmigo, dentro de la mofa, es buena onda.
La imagen que recoge el comediante es principalmente del Lagos asociado a la pantalla. “Entiendo que quienes trabajan en televisión viven en un imaginario de la gente muy potente. Afortunadamente, jamás me afectó. Nunca me he creído el cuento. Sé que si se acaba la TV vuelvo a escribir, a reportajes, documentales…”.

LLEVA DIEZ AÑOS EN CANAL 13, pero tiende a mencionar sus cosechas en CHV: El futuro de Chile y Panoramix. Lo llenan de nostalgia en el plano de gestor. De su actual estación destaca su paso como entrevistador en TV o no TV.
—Y no nombra el Festival de Viña…
—Era otra situación. Un desafío. Nunca me lo imaginé, nunca lo desee. Pero lo observaba porque estaba en el terreno de la música. Y en esa área me sentía súper preparado. Cuando me propusieron Viña ¡dije al tiro que sí! Al ver mi confianza absoluta se echaron para atrás y pusieron a Montaner —después que el Lucho Jara dijo que no—. Y yo pensaba: “Para qué ponen a ese si yo estoy listo”. Bueno, lo hicimos el siguiente año y me sabía todo de la A a la Z. Nunca tuve susto.
—¿Cómo ve su evolución: de figura juvenil a niño símbolo reality; animador estelar a un presente de más bajo perfil?
—Me da mucha risa. La gente te va instalando, pero no tengo un guión armado ni un personaje construido. No me interesa ser algo en particular: el niño querido por la dueña de casa, el reemplazante de Don Francisco, el conductor de estelares. A mí me ha ido pasando esto (la TV). ¿Sabes cómo me siento? Como The Wolf (Harvey Keitel) en Pulp fiction. ‘El limpiador’. El tipo al que llaman en una situación complicada y la resuelve. Si observas con delicadeza mi recorrido ha sido así: grabar mucho en poco tiempo, el traspaso de Vodanovic, conducir el reality —formato que varios rechazaron—, reemplazar a Diana, animar una final, el Acoso textual. Puros proyectos nuevos, en general”.
—Y, a los 40, ¿tiene límites?
—He dejado ir muchas cosas. Me han ofrecido hacer el matinal varias veces y he dicho que no. Tampoco reality shows.
—¿Por temas valóricos?
—No, por asuntos personales. Al 99 por ciento de las cosas digo que sí. Afortunadamente, me han aceptado. Y estoy súper agradecido.
—¿Le ofrecieron Vértigo?
—No, no, no. Y me parece muy bien. Porque creo que Martín (Cárcamo) es el conductor que el canal está potenciando.
—¿Se siente en una vía paralela?
—Sí, porque mi mundo no es sólo la televisión. Por el contrario, para mantenerme allí y aportar tengo necesariamente que entrar y salir. Uno observa en estos días que la tele se habla a sí misma: “que esta persona, que este programa”. ¡Hay un mundo afuera importante! La televisión no es el centro del universo, y menos la chilena y sus personajes. La TV abierta está enfrascada en sí misma y sumamente egótica. Es bueno no olvidarse que uno es un periodista y no un conductor de televisión.
—En ese sentido, ¿piensa en el futuro?
—No, la vida me ha dado mucho más de lo que nunca esperé. Y no tengo ambiciones desmedidas.
—¿Pero la vejez es un tema?
—No, porque soy trabajólico. Es cierto que pasada la curva de los 40 hay una depresión en posibilidades laborales. Por fortuna nunca he sido como la canción Valparaíso… porque no nací pobre y siempre tuve un miedo inconcebible a la pobreza. Cuando había que tener miedo aposté por la pasión.

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