Tomar el sol en Ibiza, viajar a Nueva York el próximo año, bailar sevillanas en la feria de abril, pintar un lienzo, montar a caballo, ver pasar al Cristo de los gitanos en Semana Santa, pasearse por los mercadillos hippies, tomarse una cervecita, esquiar en St. Moritz, conocer el último restorán de moda, acudir a una corrida de toros, visitar un museo, oír música, almorzar con las amigas, pasar la tarde con los nietos, compartir cada segundo con Alfonso. 

Estos son algunos de los muchos planes que Cayetana Fitz-James Stuart (1926-2014) añoraba o tenía pendiente antes de que la muerte llamara a su puerta el pasado 20 de noviembre. La duquesa de Alba era juerguista, vital, amaba la vida. Pero la visita no fue inesperada. A sus 88 años era consciente de que sus problemas de salud iban in crescendo. Y aunque proclamaba huir de la muerte, en realidad, convivió con ella desde la infancia.

Encuentro temprano. Cayetana, Tana o Tanuca, perdió a su madre a los siete años. María del Rosario Silva y Gurtubay era joven y vital pero contrajo tuberculosis a poco de nacer su hija y la apartaron para no contagiarla. Sonreía al verla de lejos pero la vez que la niña se coló en su habitación, debió arrojarle lo primero que tuvo a mano para detenerla. En los dos últimos años a duras penas vio a su madre pues tras proclamarse la República su padre la mandó a París para protegerla. Tanuca, que no era consciente de la enfermedad, no fue una niña triste pero aquello la marcó. “No recuerdo nada del entierro, ni lágrimas en casa. Supongo que los niños se defienden ante esas situaciones”, contó en su biografía —Yo, Cayetana— hace tres años. 

MÁS PÉRDIDAS. El otro gran recuerdo de su infancia fue su poni. La duquesa aprendió a montar a caballo casi al mismo tiempo que a andar y en el palacio de Liria —la casa oficial de los Alba— paseaba por los jardines a lomos de Tommy. “Mi mejor compañía desde que yo tenía cuatro o cinco años, lo que yo más quería”, escribió en el libro. “Lo veo tan nítidamente como si aún hoy lo tuviera a mi lado”. Al inicio de la Guerra Civil Española volvió a mudarse, esta vez a Londres. Allí recibió la noticia de que el palacio de Liria había sido bombardeado. “Se me encogió el corazón”. Pero aún lo pasó peor cuando supo que habían disparado a Tommy. “Aún recuerdo lo que sentí cuando me dijeron que el pobre animal había muerto”.

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SIN LA FIGURA DEL PADRE. Cayetana se convirtió en la duquesa de Alba a los 27 años. Su padre le ocultó sus problemas de salud de modo que para ella fue un mazazo cuando lo ingresaron a causa de una pulmonía y ya no salió del hospital. Les pilló en Lausana. “Todavía me conmuevo al recodar aquellos terribles días (…) Sin mi padre, me sentí partida en dos. Era el gran sostén de mi vida, mi modelo, mi ídolo”. A esa edad ya estaba casada y tenía tres hijos. “La desaparición de mi padre me hizo concienciarme de la brevedad de la vida”.

LOS HIJOS QUE NO FUERON. La duquesa se casó por primera vez en 1947 con el noble Luis Martínez de Irujo. Tuvieron seis hijos pero sufrió cinco abortos. Pocas veces ha hablado de este capítulo. Parece ser que tenía problemas médicos pero no se rindió hasta conseguir una niña, Eugenia, la benjamina de la familia. 

TOTALMENTE HUÉRFANA. Su abuela materna y su tía paterna le hicieron de madre. Tía Sol fue además quien inculcó su amor por Sevilla y fue su mejor compañera en las corridas de toros, la Feria de Abril y Semana Santa. Su muerte también la pilló de improviso y la sensación, a los 35 años, fue de “se acabó, ya no quedaba ninguna de las personas que habían sido los puntales de mi infancia”. Tuvo que acostumbrarse porque “yo no estoy educada para el llanto, sino todo lo contrario”.

VIUDA A LOS 46. Luis murió de leucemia en 1972. La pareja llevaba un cuarto de siglo casada. Su desaparición llevó a Cayetana a la desesperación primero y a la depresión después. “¿Adónde iba a ir yo, sola, con seis niños, desamparada, habiendo perdido a los hombres que más había querido?”, escribió en su autobiografía en referencia también a su padre.

ADIÓS AL AMOR DE SU VIDA. Sus hijos, la fe y Jesús la sacaron del pozo. Pero no el de la Biblia sino Jesús Aguirre, un ex sacerdote jesuita. La relación empezó mal. “Me pareció un papel secante”, contó ella sobre su primer encuentro. “Es muy guapa pero insoportable”, dijo él. Amén de que su unión fue un escándalo. En los albores de la democracia española y cuando el término cougar todavía no se había inventado, que una viuda con 47 títulos nobiliarios se casara con un cura once años más joven y cercano al marxismo fue, como estos días ha recordado el cronista Jaime Peñafiel, “muy fuerte”. 

Con él empezó la leyenda de la duquesa rebelde, la que decía lo que le daba la gana. La del “Jesús y yo jodemos todas las noches”. A su muerte, en 2001 y también por cáncer, Cayetana entró en una época “negra, muy negra”. “Quedé rendida, inválida, sin ganas de seguir”. Esta vez fueron sus nietos, sus amigas y Alfonso quienes la salvaron. 

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FANTASMAS EN PALACIO. Fue en su libro donde la duquesa contó por primera vez la existencia de fenómenos paranormales en sus casas. Por ejemplo, en Liria, Jesús Aguirre y algunos empleados afirmaban haber visto los fantasmas de la emperatriz Eugenia de Montijo y su hijo, ambos fallecidos allí dentro. En el palacio de Monterrey (Salamanca) los cuidadores se acostumbraron a vivir con pasos, llamadas en las puertas y apertura de pestillos en mitad de la noche. Y en el de Dueñas, en Sevilla, están convencidos de que la anterior ama de llaves mantiene su puesto de noche y fastidia a la actual llamándola por su nombre. “Nadie nos tiene que decir lo que hemos visto u oído”, se justificaba la duquesa ante las posibles burlas. En cuanto a sus antepasados decía: “Me miran desde sus cuadros y sé que están ahí”.

CONVIVIENDO CON LA MUERTE. El padre de Cayetana fue nombrado embajador en Gran Bretaña tras el final de la guerra española, pero entonces llegó la Segunda Guerra Mundial, lo cual les pilló todavía en Londres. “Después de un bombardeo el humo y el lío en las calles eran terribles (…) Por no hablar de otras cosas, como las muertes que todos los que estaban a mi alrededor intentaban ocultarme”.

PODRÍA HABER OCURRIDO. Cayetana adoraba viajar pero no volar en avión. A lo largo de su vida esquivó hasta tres accidentes aéreos. En los años ochenta su nombre estuvo en la lista de la banda terrorista ETA. “Tenían pensado secuestrarme (…) y si mi familia no pagaba, me asesinarían”. No cedió ante el miedo; nunca llevó escolta.

LA VEJEZ NO DA TREGUA. La duquesa murió a causa de una arritmia cardíaca, provocada por una neumonía, originada a su vez por una gastroenteritis. En fin, con 88 años, podemos decir que murió de vejez. Pero antes estuvo cerca: la hidrocefalia e isquemia cerebral que sufrió hace unos años. Alfonso la animó a que le implantaran una válvula para mejorar su calidad de vida; un acierto.

CAYETANA FRENTE A SU MUERTE. Le encantaba decir a los suyos: ‘Os pienso enterrar a todos’, pero sabía que no iba a ser así. De hecho, tenía preparado su entierro pues detestaba el futuro que les depara a los Alba post mortem: el panteón familiar de Loeches, en Madrid. “Un monstruo que se tragaba a los seres que más había querido en mi vida”. Un sitio “solemne y oscuro, tan alejado de la luz que yo necesito”. No quería que sus hijos sintieran lo mismo así que dispuso que la incineraran, que depositaran las cenizas a los pies de su querido Cristo de los Gitanos y que escribieran como epitafio: ‘Aquí yace Cayetana, que vivió como sintió’. 

La Pelá fue a buscarla a Las Dueñas. Días antes fue ingresada en un hospital sevillano pero viendo que el final ya había llegado pidió volver a su querida casa. Fue apagándose poco a poco y el jueves 20 de noviembre, después de amanecer acompañada de todos sus hijos y su Alfonso, dejó este mundo. 

Al final su deseo no se ha cumplido. En Sevilla han dejado sólo la mitad de las cenizas, bajo un cuadro de La Resurrección y con una lápida en la que el templo le agradece la ayuda económica prestada para reconstruirlo. La otra mitad de las cenizas irán a Loeches. Quizá porque sus hijos no sienten tanta aversión hacia el panteón. Quizá porque, como buenos aristócratas, han puesto la tradición por encima del deseo. O quizá porque no son ni la mitad de transgresores que su madre. Cayetana Fitz-James Stuart fue leyenda antes de muerta.