Iván Zamorano podría haber gritado antes y haber hecho de su problema, las millonarias deudas de su proyecto deportivo, un negocio fácilmente rentable en los programas de farándula, que devoran con hambre las tragedias ajenas. Podría haber concedido entrevistas lastimosas, organizado operaciones comunicacionales efectivas y, si hubiese querido, seguramente hasta una colecta nacional a favor de alguien a quien Chile quiere mucho. Pero el Pichichi prefirió por muchos meses el silencio dignificante y llevar sobre sus propios hombros los conflictos financieros de la Ciudad Deportiva, el proyecto que llevó a cabo cuando llegó de Europa transformado en el primer futbolista realmente millonario de la escena local. Fue una especie de padre de varias generaciones que vivieron después, desde Marcelo Salas hasta Alexis Sánchez, y que demostró que era posible. Como el lema de campaña de Barack Obama: Yes, we can.

Cuando habló por primera vez para un portal web, lo hizo con la pasividad de alguien que sabe que su problema económico es complejo, pero que no difiere en lo sustancial de lo que viven millones de chilenos: el sobreendeudamiento. Lo suyo sobrepasa los montos a los que el resto de los mortales estamos acostumbrados —juicios con tres bancos por dos mil millones de pesos—, pero la decencia de su puesta en escena parece ser el reflejo de un estado que Zamorano ha alcanzado después de varias zancadillas y tropezones. Y pese a que utiliza un lenguaje cercano al de Pilar Sordo —“frente a una adversidad se encuentra una oportunidad”— no cuesta creerle que esencialmente sigue siendo el muchacho que valoraba la familia y la cazuela de su madre con una honestidad brutal.

La lista de los deportistas que han tenido problemas financieros después de su retiro es extensa. El alemán Andreas Brehme, que en 1990 convirtió el penal contra Argentina, que le dio a su país la copa del mundo, lo perdió todo y ya le hipotecaron su casa. Debe ser difícil haber llegado a ser un ídolo aplaudido por las masas y transformarse en un personaje corriente que, como la mayoría de los personajes corrientes, arrastran problemas de dinero. Pero aunque no son claras las razones, el Pichichi parece sereno e instalado en la honorabilidad de haber cumplido el sueño de tener a su rubia señora, que quiere y lo quiere, y haberse gastado su dinero en un proyecto que tenía más relación con el desarrollo del deporte en Chile que con llenarse los bolsillos de plata en negocios de moteles. Zamorano sigue pareciendo noble, pese a sus deudas gigantes y aunque los bancos piensen lo contrario. Y —quien sabe por qué razón— se lo creemos.