Por Daniel Zamorano Benitt       Imágenes Getty Images

¿Qué ocurre en los momentos finales de nuestra vida? Poco a poco la neurología empieza a desentrañar los últimos minutos del cerebro y contrastar eso con los relatos de quienes han estado clínicamente muertos o las explicaciones de la religión…
Hay más de una sorpresa.

No hay tema más prolífico en fenómenos paranormales que el fin de nuestra existencia. Desde El libro tibetano de los muertos, pasando por relatos de Sócrates y el setentero best seller Vida después de la vida, de Raymond Moody, se vienen acumulando sorprendentes testimonios de quienes dicen haber regresado del más allá.
Lo interesante es que todos quienes han sufrido una experiencia cercana a la muerte (ECM) siguen un patrón similar: describen visiones de familiares ya fallecidos, recuerdan haber sentido una paz profunda e infinita, e incluso detallan el momento exacto en que cuerpo y alma dejan de ser uno solo.
Por muchos años no tuvimos otra explicación que la religiosa o la esotérica. Pero actualmente, gracias al aporte de la neurocirugía, de los estudios con drogas y la obtención de imágenes por tomografías o scanners cerebrales, podemos comprender mejor ciertos estados de nuestra conciencia. Investigadores de distintas partes del globo se han aventurado a sugerir que detrás de muchos fenómenos asociados a la muerte y considerados místicos, opera un mecanismo neurológico. Algunos no sólo han sido explicados por los expertos, sino que incluso han podido ser reproducidos en laboratorios.

AL MORIR NO NOS APAGAMOS ABRUPTAMENTE como un televisor. A medida que se detienen los órganos, por nuestro cuerpo avanzan la anoxia (falta de oxígeno) y la hipercapnia (aumento del dióxido de carbono). Ambos fenómenos son determinantes en lo que le ocurrirá al cerebro en sus últimos momentos, porque gatillan procesos extremos que paralizan algunas funciones y desinhiben otras, en una crisis que guarda muchas similitudes neurológicas con lo observado en ataques epilépticos.
“Me sumergía en el bienestar y la armonía; sentía un amor inimaginable, todo irradiaba afecto. Ninguna palabra positiva en el diccionario podría describir el sentimiento de beatitud eterna que sentía”. Las palabras de Camryn L., canadiense, víctima de una hemorragia interna, reflejan la sensación general de paz, quietud y felicidad que se da en las experiencias cercanas a la muerte. Según la neuróloga norteamericana Wendy Wright, ésta se explicaría por la producción masiva de endorfinas. Este neurotransmisor, también conocido como ‘la hormona de la felicidad’, es generado naturalmente por el cuerpo para provocar una sensación de bienestar y ante situaciones límite también actúa inhibiendo el dolor. Presenta una estructura química muy similar a narcóticos como el opio o la morfina, aunque nuestro calmante natural es incluso más fuerte que esta última. En una persona que efectivamente se está muriendo, tanto el padecimiento como la respuesta de las endorfinas se multiplican por mil. Esta teoría concuerda con los reportes de personas que han tenido experiencias cercanas a la muerte y a quienes, durante la reanimación, se les ha administrado naloxona, un fármaco que contrarresta el efecto de las endorfinas.

La sensación de salirse del cuerpo también es común. “De repente me veo flotando, extrañado y preguntándome: ¿qué es esto?, ¿dónde estoy? No tenía cuerpo, pero sin embargo me podía desplazar, tenía un yo” (Carlos C., español, atacado por una infección general). En realidad, desdoblarse es un fenómeno no sólo vinculado a la muerte: ciertas personas pueden inducirlo por propia voluntad o sufrirlo de manera espontánea. Escritores como Dostoyevski, Wilde o Poe lo han descrito en algunas de sus obras.
La ciencia no niega este fenómeno, sino que lo llama autoscopia, y está ampliamente documentado en casos de esquizofrenia, epilepsia, tumores cerebrales y tras la ingestión de drogas como el LSD o la mescalina. Verse a sí mismo desde arriba es algo que también han experimentado —justo antes de desvanecerse— los pilotos de aviones a reacción entrenados en máquinas centrífugas que emulan las fuerzas G. Incluso ha podido ser reproducida en el laboratorio, aislando sensorialmente a sujetos en tanques de agua.
La responsable de esta experiencia sería la región témporo-parietal, el área del cerebro donde convergen los sentidos y el equilibrio. Su tarea es unir todo esto para crear el sentimiento de corporalidad: la sensación de dónde estamos y dónde termina nuestro cuerpo y empieza el resto del mundo. Cuando se inicia la muerte y el dióxido de carbono invade nuestro cerebro, este esquema corporal se distorsionaría, creándose la sensación de que abandonamos nuestro envoltorio terrenal.
El neurólogo suizo Olaf Blanke ha sido capaz de recrear esta experiencia estimulando eléctricamente esa zona del cerebro. Sus pacientes sintieron que flotaban sobre su propio cuerpo, e incluso se vieron a sí mismos. Ahí surge la gran duda de Blanke: “¿Cómo hace la gente, desde esa posición, para visualizarse no sólo a sí mismos, sino que a otras personas? ¿De dónde viene esa información?”. Su hipótesis es que el cerebro sigue haciendo lo de siempre: reúne la poca información que puede —sonidos, voces, sensaciones táctiles o recuerdos— y construye una realidad con sentido.

“EN ESOS MOMENTOS EMPECÉ A VER UN TÚNEL MUY INTENSO con una luz blanca y mi cuerpo se dirigía hacia allí. Cuando llegué al final me encontré en un paisaje de color blanco intenso, pero sin lastimar mi vista” (Francisco C., mexicano, accidentado buceando). Una experiencia que todos hemos oído alguna vez y que Dean Mobbs, neurocientífico de Cambridge, ya investigó. Mientras el flujo de oxígeno y sangre se agota en nuestro cerebro, más específicamente en la corteza visual, las células se ‘desinhiben’ y responden generando destellos intensos que parten desde el centro, porque es el lugar donde se concentra el 90 por ciento de ellas. De ahí que veamos un círculo luminoso como el que se observa al final de un túnel oscuro. A medida que las células que rodean este círculo también se desinhiben, se va ampliando esta circunferencia de luz, dando la impresión de que nos acercamos al final de un túnel. El cerebro completaría la información, generando la sensación de movimiento, como ocurre, por ejemplo, cuando se mueve un auto junto al nuestro y parece que lo hiciéramos nosotros.
¿Cómo se comprueba esa tesis? Con los testimonios de pilotos de aviones a reacción sometidos a intensas fuerzas G —con su abrupto descenso de sangre y oxígeno en el cerebro— que relatan la experiencia de este túnel.
Ver entes divinos o sentir su presencia también está comúnmente en los relatos. “Había alguien, un ente, no tenía rasgos humanos. Hablamos largamente. No escuchaba su voz pero sus pensamientos se transferían instantáneamente a mi consciencia. Recuerdo haberle preguntado cómo llegué ahí. Me dijo que él me había creado” (Cathleen C., norteamericana, víctima de envenenamiento). Quienes creen haber regresado de la muerte hablan del encuentro con familiares o amigos. En algún momento aparece una presencia o una voz, que varía en función de las creencias religiosas de la persona, y con quien se establece un diálogo sin palabras.

En los años ’50, mientras operaba a más de mil pacientes con tumores cerebrales —los que necesariamente debían permanecer conscientes—, el neurocirujano canadiense Wilder Penfield comprobó que la estimulación eléctrica de zonas específicas del lóbulo temporal provocaba que experimentaran voces y visiones (otra área puntual evocaba recuerdos). Tal y como ocurre con el desdoblamiento, estos fenómenos han sido reportados en casos de esquizofrenia, tumores cerebrales y epilepsia, todos relacionados con esa misma zona.
Justamente esta última enfermedad es la que más llama la atención del neurocientífico V.S. Ramachandran. Este experto de la Universidad de California lleva años investigando la epilepsia del lóbulo temporal y el porqué frecuentemente va asociada, no sólo a visiones religiosas durante ataques epilépticos, sino también a la preocupación sobre asuntos divinos que muestran quienes los sufren. El experto ha ido más allá, especulando que San Pablo, Mahoma y otros profetas tenían esta enfermedad. Suena polémico y arriesgado, pero lo dice una de las cien personas más influyentes del mundo en 2011 según la revista Time, y quien ha sido denominado “el Marco Polo” de la neurociencia.
No es la única manera que hemos usado para conectarnos con la divinidad. La ciencia ha sintetizado un gran número de compuestos sicotrópicos y sicodélicos, a los que justamente muchos especialistas se refieren como “enteógenos” (inductores de Dios), por su capacidad para provocar intensas y elaboradas experiencias místicas que incluyen alucinaciones visuales y sonoras que pueden durar horas. Las drogas más comunes y potentes son la mescalina, el LSD o el éxtasis. Todas ellas afectan el sistema opioide del cerebro, el cual puede activarse de forma natural cuando una persona sufre un gran trauma y con mayor razón gatillarse al momento de la muerte.

¿Y QUÉ PASA CON EL ALMA? Las declaraciones de expertos como Ramachandran pueden sonar polémicas, pero lo cierto es que la mayoría de los investigadores se toma los resultados con mesura, declarando que su meta es revelar el funcionamiento del cerebro y no negar la existencia de las experiencias místicas, un fenómeno complejo que no siempre puede aislarse en laboratorios o en la mente de alguien. “No quiero determinar si Dios existe o no, lo que quiero es ayudar a mis pacientes”, se defendía el neurobiólogo Olaf Blanke mientras buscaba aliviar a un grupo de enfermos terminales estimulando sus cerebros. Tenía razón: aunque la ciencia encontrara pruebas de que Dios es una fantasía… ¿cuántos dejarían de creer?

 

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