Pero no. La hermana de Letizia sorprendió a los paparazzi cuando en septiembre —un día en que pretendían fotografiar al piloto Marc Gené en el colegio de Barcelona donde acuden sus hijos—, se encontraron de repente con ella y Amanda.
La niña, que había sido alumna hasta el curso anterior, estaba de vuelta y su mamá conversaba con el resto de padres como si nada. ¿Qué hacían en Barcelona?, ¿Telma se había separado en cosa de meses?, ¿tienen problema con la visa para Estados Unidos?
Ninguna de las anteriores. Lo que sucedió es simple: el padre de Amanda, Enrique Martín Llop, no acepta que la niña viva en otro continente, e interpuso un recurso legal para evitarlo, ya que ambos tienen custodia compartida, pero no podría verla semana por medio si Telma se la llevaba… Del Burgo lo admitió con un resignado “por el momento las cosas tienen que ser así, por el bien de la niña (…) las circunstancias serán distintas el año que viene, estudiará en Nueva York, allí viviremos todos”.
El capítulo es sólo uno más en una seguida de hechos que demuestran cómo Telma —al igual que Letizia— ha terminado amoldándose a los convencionalismos y tradiciones distantes del estilo liberal y progre que tenían antes de entrar a la realeza.

LAS ORTIZ ESCALARON  MÁS PELDAÑOS QUE KATE Y PIPPA MIDDLETON pero, pese al poder que ostentan, viven con ‘camisa de fuerza’. Y el solo regreso de Telma a España —donde hoy no tiene casa ni trabajo— prueba que no pesa lo que quisiera, por mucho que ella sea la hermana de la princesa de Asturias y él sea hijo de Jaime Ignacio del Burgo, ex presidente de la región de Navarra muy cercano a José María Aznar.
Telma, eso sí, siempre ha contado con el apoyo de Letizia. Ellas se entienden, pues su hermana hace mucho tiempo tiene la cuerda atada y tampoco puede hacer lo que le viene en gana. Sólo lo que se le permite a una futura reina de España.
Gracias al amor, ambas pasaron de vivir en el seno de una familia donde el abuelo era taxista y la madre enfermera sindical, a estar en lo más alto del escalafón social, sobre todo Letizia. Ella cambió a su novio periodista, al puesto de presentadora y su piso hipotecado de 60 metros cuadrados por el heredero al trono español, un título de princesa y un palacete en el complejo real de La Zarzuela.
A Telma, licenciada en Economía y voluntaria en Asia y Africa para la Cruz Roja y el gobierno español, el estatus de su hermana le proporciona privilegios laborales. En concreto, su último trabajo: subdirectora del departamento de Relaciones Internacionales del Ayuntamiento de Barcelona, cargo creado especialmente para ella gracias al “empujoncito que da el tener determinado apellido”, afirmó entonces la conocida periodista Paloma Barrientos. Esto le permitió pagar un colegio privado a su hija y un piso en la zona alta.

Independientes y con carácter, no les ha sido fácil acoplarse a las obligaciones que comporta cada privilegio. Letizia dijo adiós a su espontaneidad en público. Su mítico “déjame terminar” con que espetó al príncipe después de que éste la interrumpiera en la petición de mano nunca más se vio. Ahora debe cuidar no robarle el protagonismo a su marido. Tampoco, contar chistes verdes en las cenas en petit comité donde reúnen a invitados de diferentes perfiles, no sea que Joaquín Sabina vaya luego y lo suelte en público. Y debe aguantar las críticas que levantan su aspecto, sus modelitos o sus actuaciones, amén de las perlas que le dedica Peñafiel y la prensa no cortesana.
Ella, por supuesto, se rebela y empeña en llevar una vida más o menos normal: ir al cine con vaqueros, a la verdulería, comprar en rebajas, entrar a un restorán de comida rápida o partir de vacaciones con sus amigas. Dentro de casa, manda ella.
Telma —que no tiene el estímulo de un futuro con corona— se siente acosada y actúa de manera irascible con los medios. Por eso algunos creen que su fallida partida a Estados Unidos era, en el fondo, una huida.
¿Todo sea por amor?
“Todo” es mucho, porque las dos han terminado en familias políticas de ideología muy diferente y no les quedó más remedio que convertirse.
Antes de conocer a Felipe, la princesa de Asturias se definía como republicana, socialista y agnóstica. Pues bien, esta agnóstica —que se casó por primera vez, lógicamente, por lo civil— lo hizo por segunda vez en una catedral con la bendición de un cardenal. Y ahora se pone mantilla negra, comulga en misa y besa la mano del Papa.
Y si antes su meta profesional era llegar a lo más alto en el periodismo, ahora su principal papel en la realeza es aportar descendencia.
Si antes era votante de izquierda, ahora comparte lecho con un hombre más cercano a la derecha y al centro.

PARTIDARIA DE LAS BODAS ENTRE GAYS, convive con una suegra que se niega a que lo llamen ‘matrimonio’. Y si como hija de padres divorciados,ya está acostumbrada a llamar las cosas por su nombre, ahora debe mirar hacia otro lado cuando la prensa destapa a las Corinnas de su suegro.
A Telma le ha pasado casi lo mismo. A sus 38 años ha viajado por todo el mundo como voluntaria humanitaria y quedó embarazada sin pasar previamente por la vicaría. Tampoco lo hizo después. Tras la separación del padre de su hija se convirtió en madre soltera y hasta ahora nunca había habido constancia de que hubiera bautizado a su hija (aunque su marido asegura que Amanda sí está bautizada y que esperan “tener muchos hijos más”).
Casada con Del Burgo, entroncó con una importante familia de Navarra de ideas muy conservadoras, católicos practicantes y, según rumores, cercanos al Opus Dei.
Ya sea por obligación o fe repentina, Telma se enfundó el pasado mayo un vestido blanco y acudió hasta el Monasterio de Leyre para desposarse con la única compañía de los monjes.
“Letizia ha asimilado bien el cambio”, opina la biógrafa real Pilar Urbano: “Se ha borbonizado; se ha hecho de la familia, de la casta, dejó de ser plebeya”. Al menos parece feliz al lado de su marido y sus hijas. Con Telma falta ver si le valió la pena.

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