Carla de la Fuente sabe que no verán un peso si ganan la demanda, porque la Ley Antidiscriminación no repara con dinero, pero igual se querellaron. Ella y Pamela Zapata son la pareja que el pasado 27 de julio no fue atendida en el motel Marín 014. Nunca habían ido a un lugar así y la visita terminó en titulares y tribunales, aludiendo por primera vez la norma que todo Chile llama Ley Zamudio. Carla asegura que no las mueve el dinero —si ganan eventualmente pueden iniciar un juicio aparte contra el motel— “sino generar un cambio, evitar atropellos”.
No se ve fácil. Los episodios públicos de segregación se han sumado mes a mes… En agosto, con la revelación del instructivo del Ejército que recomendaba no enrolar homosexuales, entre otros grupos de la población ajenos a la condición de “ciudadanos más idóneos moral e intelectualmente capacitados”. En septiembre, la candidata a la alcaldía de Providencia Josefa Errázuriz provocó alarma entre grupos progresistas al explicitar su desacuerdo con el matrimonio gay (aunque después relativizó sus dichos). En octubre, capítulo doble: primero la Universidad Católica con una jornada académica pregonando ‘remedios’ para el homosexualismo y, como remate, las declaraciones del diputado UDI Ignacio Urrutia, asegurando que nuestros vecinos podrían invadirnos si ingresan gays a las Fuerzas Armadas. Una seguidilla de hechos en estamentos claves de la sociedad, retrato de un rasgo cultural profundamente arraigado: el chileno promedio se siente incómodo con los miembros de la comunidad de lesbianas, gays, bisexuales y transgéneros (LGBT).

Desde el titular: ‘colipatos quieren chicha y chancho’ del diario Clarín (23 de abril de 1973) para reportar la primera manifestación homosexual pública, hasta la firma de la Ley Antidiscriminación del Presidente Piñera (12 de julio pasado) existe una compleja batalla legal encabezada por organizaciones y líderes exigiendo derechos. Ahora bien, ¿conquistar leyes es el único camino para garantizar igualdad a la comunidad LGBT? En un país legalista supone el terreno lógico y ahí lidian estas entidades, moviéndose en el mundo político. A la par, hay gays y lesbianas que esperan ese trato justo en la cotidianidad antes que por decreto. No dar explicaciones extras, por ejemplo, en un hotel para pedir una habitación matrimonial. O hablar tranquilamente con nombre y apellido para este artículo, punto al que no todos accedieron.
Las entidades más visibles que pelean por estas causas —Movilh, Fundación Iguales y el Movimiento Unificado de Minorías Sexuales, MUMS— comparten cierta decepción con la ley Antidiscriminación.
De la propuesta de 2005 en el gobierno de Lagos, a lo promulgado por Piñera, esta es la historia de una flor deshojada. Al comienzo, la iniciativa incluía prevenir, educar y reparar. Hoy sólo sanciona. “Está orientada hacia el castigo”, dice Gonzalo Cid, presidente de MUMS. Tampoco se puede invocar para derogar o modificar leyes, punto que rechaza Rolando Jiménez, cabecilla del Movilh, porque “objetivamente en Chile hay reglas discriminatorias como la ley de matrimonio civil, que establece que es sólo entre un hombre y una mujer”. De hecho, por ese motivo Movilh demandó al Estado chileno ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos tras un fallo de la Corte Suprema que no accedió al matrimonio de tres parejas homosexuales.
¿Otro detalle de la ley? Las políticas públicas necesarias para fomentar una sociedad tolerante no quedan muy claras en el texto. Pablo Simonetti, dirigente máximo de Iguales, apunta a la ausencia de una institucionalidad ad hoc y otros vacíos. “En el artículo primero dice que los órganos del Estado se obligan a desarrollar políticas para garantizar el ejercicio de los derechos de las personas sin discriminación. Pero a ese artículo le falta profundidad y no se mencionan las acciones afirmativas”. El mejor caso para explicar el tipo de política que extraña Simonetti es un organismo como el Sernam.

LA ANTESALA DEL MATRIMONIO IGUALITARIO. Esa es la aspiración inmediata de las minorías sexuales frente al Acuerdo de Vida en Pareja, AVP, una de las promesas de campaña de Piñera. Nuevamente Movilh e Iguales se declaran más optimistas, mientras MUMS demanda un piso mínimo. Jiménez cree que la ley saldrá antes del término del gobierno; Simonetti confía en contar con votos incluso de la UDI, mientras Cid exige una condición en igualdad al matrimonio porque “no se pueden establecer legislaciones de menor grado para distintos grupos de la población”.
Hasta el momento, como marcha el AVP, hay atisbos de intentos conservadores por moldear un proceso más intrincado. A Simonetti le parecen obvios los deseos de algunos de restarle envergadura al acuerdo. “Una de las batallas es cuán solemne puede llegar a ser la ceremonia de celebración del AVP. La UDI no quiere un oficial del registro civil porque le da una prestancia simbólica, y nosotros queremos todo el simbolismo posible”.
El líder de Iguales agrega otras críticas: el estado civil mantiene la soltería, y sólo establece una comunidad de bienes muebles y no inmuebles. Y tras esos detalles ‘ve’ otros propósitos: “Lo que la derecha conservadora está dispuesta a ceder es un acuerdo de vida solidaria, que en el fondo ignora la naturaleza afectiva y sexual de la relación”.
Víctor Hugo Robles, conocido como ‘el Che de los gays’, periodista, escritor y activista independiente (participó del Móvilh histórico “antes que Jiménez se apropiara del nombre”), no entiende la necesidad de casarse. “Debiera haber matrimonio igualitario para quienes deseen hacer uso de ese derecho. Pero los homosexuales tenemos que preguntarnos por qué lo queremos cuando el mundo tiende al divorcio”.
Gonzalo Cid tampoco es entusiasta del matrimonio. “No creemos en reforzarlo como una solución, sino establecer regulaciones civiles que den todos los beneficios patrimoniales, culturales, sociales y económicos que hoy otorga el vínculo legal para quienes quieran establecerse como familia”.
AVP y matrimonio igualitario son demandas concretas, pero están lejos de reflejar todas las inquietudes de la comunidad LGBT.
Jimena es una profesional exitosa, ha vivido afuera, pero el acuerdo para dar su opinión no permite revelar más, básicamente ‘por el trabajo’. “Bien por el matrimonio y todo lo que permita legitimar este tipo de uniones. Pago mis impuestos, cumplo con mis obligaciones, pero hay derechos que no tengo como el resto. A lo que yo aspiro entonces es a una vida normal, inserta plenamente, sin trabas relacionadas con mi sexualidad”.
Algo parecido sucede con Mauricio Martínez, periodista, 35 años (a los 23 ‘salió del clóset’), quien apunta a una cotidianidad como todos, más aún si hay pareja. “En Chile se vive esta condición desde espacios marginales y oscuros. Los puntos de encuentro son sórdidos. No es algo que uno quiera, la situación obliga. Y se arman estereotipos. Entonces, declararse homosexual en la familia tiene ribetes de revelar algo malo. Se cuenta y luego no se habla más del tema. Puedes conocer gays, pero difícilmente su entorno íntimo. Y somos personas visibles, con conexiones”.

QUE LA CONDICIÓN DEJE DE SER RELEVANTE para las relaciones personales y la inserción social. A eso aspira Loreto, profesora de historia en un colegio católico. Las situaciones diarias, lo que observa desde su trabajo, resaltan más para ella que los eventuales cambios mediante legislación. “Existe un tema cultural que no se resuelve a partir de una ley. Por ejemplo, tiende a ocultarse la condición lésbica de las apoderadas, por las posibles consecuencias en el trato al alumno. Conozco casos en que se ha expulsado estudiantes con excusas absurdas, que sólo esconden la molestia de tener una apoderada lesbiana”.
Loreto también apunta a las repercusiones familiares. Cree que las aprensiones no vienen de no aceptar una condición sexual, sino al hecho de que “la vida gay es más difícil que la de un hétero, y ningún padre quiere que la existencia de sus hijos se complique”. Suma cotidianidades como carretear. “Si no es en un espacio lésbico/gay te miran feo; o los hombres se insinúan si ven dos mujeres besándose… ¡Y tú no tienes por qué pasar por eso! Los espacios públicos son difíciles de vivir. Tuve una pareja que era profe y no podíamos andar de la mano en la calle porque te encontrabas con la comunidad del colegio. Es triste. Estos asuntos estarán superados en Chile cuando, precisamente, ya no sea un tema hablar de los derechos de los homosexuales, porque debiera entenderse que primero son personas, por tanto, sus derechos están antes que la preferencia sexual”.
Cuando tenía 13 años, Carla de la Fuente le reveló a su familia que era lesbiana. Recuerda que al principio les costó comprenderlo pero hoy, a los 21, no se queja. “Los he educado”, dice. Y también cuenta que ya no le gritan tanto en la calle, mientras camina con otra mujer expresando su afecto.

¿Habrá matrimonio igualitario en Chile?

Entre parlamentarios afines al tema asoman reservas. La diputada PPD María Antonieta Saa cree que depende de instalar la iniciativa en las próximas presidenciales. “No soy pesimista, pero va a ser difícil. Si la comunidad homosexual logra meter esto en las elecciones, puede ser un gran tema electoral”.
La diputada RN Karla Rubilar no se suma a la categórica declaración del Presidente Piñera respecto de que el matrimonio es sólo entre un hombre y una mujer, pero alude a la idiosincrasia. “Tal como hoy está constituido nuestro país, el matrimonio gay no tiene posibilidades de avanzar. Mi complicación está en la adopción, cuando se involucra a un tercero susceptible de vivir discriminaciones”.
Si se proclama el matrimonio igualitario en EE.UU., se va a generar una reacción en cadena en todo el mundo, con réplica en Chile, cree Pablo Simonetti, quien confía en las últimas estadísticas sobre el tema. “Estas leyes de aquí a 2015 serán aprobadas en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Australia. Es la representación política de un fenómeno social en que las personas asumieron la imposibilidad de negar derechos por una preferencia sexual dada. Una encuesta de la Universidad Diego Portales (diciembre 2011), dice que un 57 por ciento de los menores de 34 años están a favor del matrimonio igualitario, y sólo un 19 por ciento de los mayores de 55 lo aprueba”.
Rolando Jiménez asume que con el actual Congreso no hay condiciones para el matrimonio igualitario, pero no duda de su concreción: “Aquí la pregunta no es si habrá, sino cuándo”. Gonzalo Cid es más cauto. “Si bien en Chile los grupos conservadores tienen mucha fuerza, el resto de la sociedad va avanzando. En ese sentido tengo cierto optimismo”.

La mirada de un conservador, “no necesitamos lesyes especiales”

Tomás (35) es ingeniero agrónomo y trabaja como ejecutivo en un banco. Desde niño se sintió distinto a sus pares. Llevó su homosexualidad en silencio, no quería sentir el rechazo de sus padres, amigos ni de su treintena de primos. Entró a estudiar a la Universidad Católica, y de pensar que era el único en el mundo con esa condición, descubrió que había muchos como él. Su mejor amigo de carrera se convirtió en su pareja, se veían tan ‘yuntas’ que ni su madre ‘sospechó’ de una relación. Tras cinco años juntos, su pololo partió a Estados Unidos, y eso no sólo deprimió a Tomás, también lo obligó a ‘salir del clóset’. “Se me acabó el mundo, me vi solo, sin amigos; ninguno de mis compañeros —la mayoría conservadores— sospechaba de que era gay… Caí en una depresión, lloraba todas las noches”.
Por esos días Tomás leyó un reportaje sobre dónde carreteaba el gayset santiaguino. “Necesitaba nuevas amistades. Partí por ir a la Bunker, pero fue chocante: muchos travestis. Me preguntaba ¿qué es esto? Ese día, sin embargo, conocí a quien es hoy mi mejor amigo”. Con él se abrió al mundo, empezó a salir, y de ser un joven tranquilo, los carretes y las llegadas al amanecer se hicieron habituales. “En una fiesta me encontré con el hijo de unos amigos de mis papás. Me asustó que pudiera decirles, y me adelanté. Un domingo reuní a mis padres, hermanos, cuñado, nana, y les conté que era homosexual”.

“LO ÚNICO QUE ME FALTABA: ¡UN HIJO MARICÓN!”, gritó su papá golpeando la mesa. “Después de un mes sin hablarme, me dijo: espero haberte criado con valores. No porque seas homosexual tienes que llevar una vida promiscua o con banderas de lucha. Te quiero íntegro, con una vida ordenada, sin escándalos… Me hicieron sentido sus palabras, y bajé el perfil. No tenía por qué ser diferente a mis hermanos. Quiero distinguirme por ser buena o mala persona; trabajador o flojo, pero no por mi condición sexual”.
En ese sentido, la única iniciativa pro gay que celebra es la Ley Antidiscriminación o Zamudio. “Le sirve a todo el mundo y evita que te discriminen por raza, cultura, etnia, religión o si estás separado… No me siento distinto a los otros chilenos, por tanto, no necesito por ejemplo una ley especial de matrimonio para realizarme. Tengo amigos heteros que llevan diez años juntos, tienen hijos y son felices”. Por lo mismo, no comparte el empeño que le ponen la fundación Iguales, Movilh, Mums y otros para sacar adelante leyes exclusivas. “Representan un mínimo porcentaje, al gay evidente, que quiere mostrar su condición. Lo único que le reconozco a estos movimientos es que instalaron el tema, pero yo no necesito ser reconocido por algo. ¿Por qué vamos a tener leyes, ministerios exclusivos como si fuéramos especiales? Eso nos pone un sello, un cartel, ¡y yo no soy diferente! Por más leyes que haya, no me voy a sentir más igual al resto, ¡al contrario! Me basta con que no me despidan de un trabajo o no me impidan entrar a un restorán por ser homosexual; aunque, en Chile discriminan más por la clase social. Y la cúpula de Iguales son los más segregadores y roteadores que hay. Mejor dicho, no existe nada más discriminador que un homosexual. Me han mirado mal por ser de derecha, por ir a misa… Y yo también caigo en eso frente a los travestis, a la ‘loquita de barrio’, porque no me identifican: tenemos mundos y visiones diferentes”.

“Una pareja gay no debe adoptar. La mayoría de los homosexuales fuimos criados por un padre y una madre, o alguno de los dos. Un hombre no puede reemplazar la figura materna. Y muchos que llevan banderas no son capaces de cuidar ni a un perro. Además, una relación entre personas del mismo sexo no dura más de siete años, ¿con cuál de los dos papás se va a quedar ese niño?, ¡si no es un juguete! El cambio de pareja es muy común; el compromiso es menor. Tengo amigos que se han comprado casa en Santiago, en la playa, autos, perros; llega un tercero y ¡todo se va a la cresta! Los que se juntan más viejos duran más, son más compañeros”. Aun así, confiesa que le gustaría tener un hijo propio, por lo que no descarta recurrir a una amiga. “Aunque suene frío, pienso en un hijo por un tema de egoísmo, de proyectarte, de saber cómo será, qué genes tendrá. Ahora, de tenerlo, obviamente compartiría su cuidado con la madre. Insisto, los niños necesitan ambas figuras, independiente de que yo tenga como pareja a otro hombre, que estoy seguro no le afectaría”.
Piensa que el proyecto de Acuerdo de Vida en Pareja (AVP) debería ser reemplazado por uno de vida en herencia. “No puede ser que un soltero esté obligado a dejar los bienes a sus padres o hermanos, y no a la persona que lo acompañó por años, a un amigo o un sobrino. Pero para esto no se necesita una norma especial para homosexuales, sino un cambio a la ley de herencia que le sirva a todos, de capitán a paje”.

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