Nunca deja de sorprenderme la profunda diferencia que existe entre lo que la gente dice que quiere y lo que está dispuesta a hacer para obtenerlo. Creo que no me equivoco mucho si afirmo que esto, que es parte de la naturaleza humana, en Chile rebasa los niveles patológicos. Recuerdo innumerables momentos en que una oleada de fraternidad, esperanza y unidad parece embargarnos, una especie de florecer de aquello que los cursis llaman “el ser nacional”, algo como el sentimiento de las primeras Teletones –cuando nadie osaba ensayar media crítica–, todo ese ánimo medio histérico del “Chile ayuda a Chile”, de la Roja a Francia 98′, del efecto Bielsa, algo onda “ahora si que si” que, digámoslo, llegó al paroxismo el 11 de marzo de 1990. ¡Patrañas! En cuanto pasa el temblor, literalmente, todo vuelve a la triste realidad: los chilenos se odian entre sí. En este país tan dado a las declaraciones, el rico desprecia al patipelao, el patipelao odia al rico lleno de envidia, el ignorante se cree pillo y descalifica al que sabe, el que cree que sabe es intolerante y el que sabe, muchas veces pierde ante el que mejor se promociona o maneja algunas habilidades sociales básicas, etc.

Mucho me temo que nada está más fuera de nuestro alcance que una convivencia sana y pacífica, amistosa y edificante. Es cosa de ver a los políticos. Resulta obvio que si pudiera, la UDI borraría del mapa a los socialistas, si los socialistas pudieran se quedarían con todos los pitutos y negociados de UDIs, RNs, DCs y etc. Si los comunistas pudieran se operarían de todos los demás para quedarse solos haciendo discursos sobre cómo debería comportarse el universo y por qué en el orden cósmico lógico no debería existir, por supuesto, un aspecto divino ni nada que no sea material, tangible y repartible.

¿Y cómo andamos por casa? La gente se pelea en los supermercados, en el Metro, en los semáforos, los peatones con los ciclistas, los cliclistas con otros ciclistas que no usan casco o andan por la vereda, hay peleas entre vecinos por cualquier pelusa, etc. Ya lo sabe usted, el chileno es un chaquetero odioso que parece gozar repartiendo codazos, señalando con el índice burlón y sarcástico al que se tropieza, cada vez más mal educado, más egoista y ciego a su entorno.“La raza es la mala”, solía decirse antes frente a alguna ordinariez flagrante, como podría ser hoy el Pentagate o la increíble falta de lealtad de Dávalos y señora hacia su madre. Pero plantearlo así es una caricatura imprecisa y, además, clasista y medio facistoide. Joaquín Edwards Bello lo decía de otro modo, más creativo “Chile es un gran país, que lamentablemente está lleno de chilenos”.

Uno que sabe, sabe que la neurociencia lo explica mejor. Nuestro infalible cerebro reptil ha sido condicionado culturalmente, sin duda, para creerse el centro del universo y esperar que todo venga dado desde afuera. Por eso vivimos de ilusión en frustración, esperando que la alegría llegue cuando pase algo allá afuera. Hace 25 años hemos ido reemplazando ese anhelo por otro, sin asumir que hay que dejar de una vez de esperar que la alegría llegue y salir a construirla todos los días, cambiando por sonrisas el gesto adusto del funcionario y el consumidor obediente esclavo de las deudas. Cambiar de actitud es el primer paso para cambiar el mundo.

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