En un paréntesis de sol y cielos azules, después de un invierno duro y lluvioso, nos espera Kristine Tompkins. Entre arbustos de flora subantártica, por la proximidad de Parque Patagonia con Campos de Hielo Norte, aparece la avioneta que tomó en Balmaceda para llegar a tiempo al estreno del Centro de Visitantes y Museo Parque Patagonia. Un lugar único en su género que pone en evidencia la debacle ambiental en manos del hombre y que termina su recorrido en una franca muestra activista, una secuencia de imágenes, datos y pancartas que funciona como una experiencia transformadora de conciencia.

Ese sueño nació hace 25 años, cuando junto a su marido Douglas, cruzaron el valle Chacabuco desde Argentina hasta llegar a la confluencia del río Baker. Un lugar que les pareció extraordinario por su paisaje de estepa y reservas de guanacos silvestres, pese a que se trataba de predios pastoreados por décadas. La adquisición vino a tiempo y, junto a la ya creada Fundación Tompkins Conservation, fueron los principales opositores al proyecto hidroeléctrico de Aysén que tenía contemplado su plan de acción a partir del río Baker, prácticamente en los bordes de lo que hoy es esta reserva con 70 mil hectáreas en proceso de recuperación. “Fue en abril de 1993. Siempre nos gustaba acampar en esas fechas y descubrir nuevos lugares. Solos los dos y pensábamos: ¡Este lugar es increíble!, ¡tenemos que hacer algo! Pasaron diez años, vino la compra y comenzó a consolidarse la idea de un museo que, a pesar de la distancia, pudiera contener un pensamiento crítico y de reflexión”.

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—¿Cómo estaría Doug en este momento?

—Infinitamente feliz. Esta es prácticamente su historia, su pasión y lo que yo he hecho es continuar ese legado con la ayuda de mucha gente. Nuestro proyecto, sin embargo, va más allá. Son tantas las metas, los desafíos, que todo lo veo como un paso más. Es lo que finalmente nos sobrevivirá a todos. Los contenidos de este museo no se ven en otra partes, sobre todo porque partimos de la idea de que las cosas no están bien. Y eso nos pone en un plano radical de que hay que lograr cambios, porque son necesarios. Esa actitud contestataria es un rasgo que tuvo desde niña. Criada según los cánones de una familia acomodada con rancho en Santa Bárbara, California, también pasó parte de su niñez en Venezuela, donde su padre trabajaba para una compañía petrolera. A los 15 años era la mejor amiga de la leyenda del montañismo y fabricante de equipamiento deportivo Yvon Chouinard. Él fue quien le ofreció un trabajo de verano para acercarse al mundo de la ropa outdoor. Luego de haber terminado sus estudios en la Universidad de Idaho, en Caldwell, el espíritu de montaña de Kristine marcó la esencia de Patagonia Inc., una etiqueta que sigue siendo éxito mundial. Siempre practicó esquí, escalada y en esos viajes entre amigos se cruzó por primera vez con Douglas cuando ella tenía 19. “

El mundo de los escaladores es muy pequeño. Él estaba casado, eso sí. Y yo estaba preocupada de otras cosas. Nos reencontramos mucho tiempo después”.

—¿Cuándo?

—En Calafate, en 1991. Fue un chispazo y comenzó nuestra historia de amor de intensos 24 años.

—¿Qué los unió fundamentalmente?

—Imagino que el amor por la naturaleza. Desde que nos reencontramos todos nuestros planes, nuestros proyectos, fueron en lugares remotos, muy aislados. Además nos gustaba trabajar juntos, era algo muy poderoso.

—¿Qué pensaba Doug del futuro?

—Él siempre fue de preocuparse del futuro inmediato y, desde esa postura, te podría decir que guardaba optimismo respecto al cambio de siglo. Yo, en cambio, siempre he sido muy estudiosa de cómo colapsan las civilizaciones. Uno va observando que se ven cosas muy repetitivas y que la misma historia las va confirmando.

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—¿Por ejemplo?

—Uff, hay tantos casos. Pero algo clave es que los avances culturales siempre ganan por sobre el sentido común. Es lo que pasa hoy con el cambio climático, cuyo avance tiene que ver con el hecho de cómo hemos trabajado nuestros recursos para la subsistencia del hombre. O pasa también por los millones de personas que viven en circunstancias marginales y no resuelven nada, pero en la globalización deciden muy pocos. En resumen, el mundo parece desplazarse muy rápidamente en la idea del corto plazo.

—¿Qué le parece entonces que el presidente Trump no reconozca la gravedad del cambio climático?

—It’s completely fuck out. It’s a insane, it’s a madness. Absolutamente es un demente, un enfermo.

—¿Usted vota en Estados Unidos?

—Sí. Pero no voté por él. Obvio (responde cruzando los brazos).

—¿Y por qué cree que la gente lo eligió igual?

—Bueno, técnicamente ganó. Pero no hay que olvidar que tres millones de personas votaron por Clinton sobre Trump, pero con el sistema electoral college de Estados Unidos igualmente ganó la elección. Aún así creo que el tema de la migración humana tiene a todo el mundo asustado. En Europa, con el Brexit pasa igual. Los nuevos liderazgos se aprovechan del miedo para llevar al dominio público sus ideas extremas. O todo es blanco o todo es negro. Fatal. Esa gente con miedo, desesperada, fue la que eligió al señor Trump.

—El miedo como base de los nacionalismos, ¿dice usted?

—Yo no comparo a nadie con Hitler, pero él llegó al poder después de la Primera Guerra Mundial en un momento en que Alemania no podía levantarse de las pérdidas y las deudas. Decía: ustedes sufren y yo vengo a salvarlos. Es prácticamente la misma lógica. Ahora claro, los que ‘invaden’ Estados Unidos son los latinos, los afroamericanos. Premio de Economía Global y actual embajadora ONU de las Áreas Protegidas, es una voz mundial que es escuchada atentamente por los ambientalistas de todo el planeta.

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Después de la muerte de su marido, comenzó una cruzada internacional con entrevistas a líderes, empresarios y gobernantes. También repletando aulas universitarias, donde muchos quieren ser testigo de cómo el cambio ecoambiental comienza a tejerse desde el fin del mundo, Chile. Lejos quedaron los tiempos en que junto a Doug eran vistos como una pareja que, con sus ideas de protección, prácticamente querían dividir el territorio y poner en duda la soberanía.

“Cuando comenzamos con Pumalín fue así. Pero no hay que olvidar que se trataba de algo bastante nuevo para la época. Que alguien comprara un terreno para no desarrollarlo, era un disparate. Nadie lo entendía. Nosotros igualmente presentamos un plan de producción que se traducía en parques y en turismo sustentable”.

—¿Cómo ha sido su relación con los últimos gobiernos chilenos? Vimos que tuvo éxito con el compromiso de la presidenta Bachelet. ¿Cómo ha sido con el presidente Piñera?

—Con Bachelet fue muy bueno y espero que siga igual con Piñera. Respecto a los parques nacionales a uno siempre le queda dando vueltas la idea de cómo vendrá la mano en los próximos gobiernos. Nos pasa que hay cambios justo en medio de los procesos. Pero tengo confianza en que el gobierno cumplirá con los acuerdos establecidos. Estos parques serán administrados muy pronto por concesionarios que no elegiremos nosotros. CONAF será la entidad que lo hará buscando por supuesto la vinculación sustentable de turismo y conservación.

—El presidente Piñera también tiene un desarrollo similar, Tantauco.

—Es verdad, él tiene sus propias sensibilidades. Diría que es un conservacionista pragmático.

—¿Un mismo lenguaje?

—Espero que sí (remata con risa cómplice). Después del corte de cinta, de la visita de las autoridades y los discursos, llega el descanso. Por la tarde, un asado al palo reúne a todos los trabajadores, amigos y colaboradores de la fundación en un quincho que se transforma en escenario. El ecologista Juan Pablo Orrego canta con su guitarra, mientras las ensaladas preparadas con las lechugas de la huerta orgánica, esperan a casi cincuenta invitados que brindan con vino tinto y esquivan el viento con sus boinas de lana patagónica. En un momento, Kristine desaparece de la escena y dirige sus pasos hacia el pequeño cementerio que alguna vez construyó una antigua familia estanciera. Ahí, en una piedra labrada, está la tumba de Douglas Tompkins. Posiblemente esté convencida de que nadie la ve. Pero observamos cómo, con su chal rojo escocés, se acurruca junto a la lápida y mira el cielo. Han pasado tres años desde que Doug sufrió una mortal hipotermia al caer del kayak en plena navegación por el lago General Carrera. La última vez que lo vio, tres días antes del accidente, se dieron un abrazo, un beso y se llamaron por los nombres que usaban como clave para las trasmisiones de radio: eagle y hummingbird. Sí, al igual que el libro empastado que él mismo le había regalado: El águila y el colibrí, un relato de fotos e historias de 25 años de vida juntos y que él cerró con las siguientes palabras: “Soy un águila volando ahora lejos, pero siempre voy a cuidarte porque te adoro hasta la infinidad”.

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—¿Cuándo siente que le hace más falta Doug?

—Nunca ha dejado de ser terrible. Éramos inseparables, un matrimonio muy intenso, muy completo. Cuando partió pensé que esta no era la vida que quería vivir. Con su ausencia ya nada me interesaba. La luz recién apareció cuando decidí continuar con todo lo que habíamos planificado. Se me vino a la cabeza algo que siempre repetía: “cuando las cosas son muy difíciles, no hay que paralizarse, hay que seguir”. Y lo confirmo siempre, a veces tenemos muchos problemas con los parques, aquí o en Argentina. Pero seguimos adelante. Esa constancia la refuerzo diariamente.

—¿Hubo algo que no alcanzaron a hablar?

—No hubo ninguna cosa que yo haya sentido que no pudimos hablar, de nuestras ideas, de nuestro amor. Diariamente. Él hizo todo lo que quiso, desde un principio. Cuántas personas podrían decir lo mismo. Muy pocas supongo. Es cierto, se fue demasiado pronto para mí, para sus amigos, para su familia. Pero su mensaje sigue vivo. Imaginábamos que moriríamos juntos, a lo mejor en un accidente aéreo. Siempre estábamos sobrevolando la Patagonia. Muchas veces Doug se ponía triste y pensaba en lo difícil que sería la vida si uno de los dos ya no estaba. Decía que era lo peor, insoportable, y cuánta razón tenía.

—¿Extraña la compañía familiar? Ustedes no tuvieron hijos.

—Perdona que te interrumpa. No hablo de eso. Sólo te puedo decir que me siento una abuela muy feliz. Los hijos de Quincey, la hija mayor de Doug, son mis nietos. También tengo una hermana con la que compartimos mucho.

—Summer, la segunda hija de Doug, interpuso una demanda porque no reconoce el testamento, ¿cómo se ha defendido usted frente a las duras palabras de ella?

—Tampoco es algo de lo que quiera o deba hablar. No me corresponde.

—Siempre va de un lado a otro, ¿cómo es su vida normalmente?

—Soy súper nómada, ayer llegué contigo en un vuelo. Ya estuve acá hace un mes para trabajar en otro museo cerca de la frontera y de ahí en África dos veces desde marzo, crucé el Atlántico en velero tres semanas. También voy a un campo familiar en California y fui a Roma para conversar con el Papa Francisco, un hombre muy lúcido, respecto a la crisis ecoambiental. Es el único líder del mundo que está hablando con certeza y conocimiento del tema.

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Foto: Julio Donoso

 

—¿Qué le gustó más de lo que habló con el Papa Francisco?

—Fue bueno darnos cuenta de que pensábamos igual en muchos sentidos. La clave está en entender que hay un nuevo plano para el concepto de paz y hay que cambiarlo. Las guerras no son solamente entre naciones, sino también en contra de nuestros propios ecosistemas. Esa nueva paz es lograr el equilibrio, donde los hombres estén en sintonía con sus entornos. La paz no es solo un estado entre hombres. Yo soy anglicana, no somos tan culposos, pero siento que las religiones buscan lo mismo y eso me deja tranquila.

—¿Cómo es observado el comportamiento de Chile frente a su responsabilidad ambiental?

—Con la donación de las hectáreas protegidas y el compromiso de la institucionalidad, ahora Chile es modelo mundial, que ha sabido equilibrar su crecimiento económico en paralelo a la salvación de sus joyas naturales.

—¿Un sueño personal?

—Que esta obra se mantenga en el tiempo. Yo sigo viviendo la lucha de Doug y me gustaría sentir que ese click se transmita por muchas generaciones más.