Esa mañana se despidieron con un abrazo y un beso, ella lo acompañó en camioneta hasta un punto en que finalmente se separaron para que Douglas continuara su excursión por las riberas del lago General Carrera. Tres días antes del accidente, cuando el conservacionista sufrió una fatal hipotermia al caer de su kayac, tuvieron tiempo para conversar, para confirmar que nunca había temas ni palabras pendientes entre ellos.

“Fue muy especial, tengo fotos de ese momento, Si quieres te las comparto”, dice una generosa Kristine McDivitt en la casa que, junto a su adorado Doug, levantaron en Puerto Varas. Una antigua construcción de colonos, la llamada ‘Kuschel haus’, que se convirtió en fundación y en la puerta de entrada de un proyecto conservacionista de 400 mil hectáreas distribuidas en los parques Pumalín, Corcovado, Chacabuco, Melimoyu y, más al sur, hacia Puerto Williams, las áreas protegidas de Cabo León y Yendegaia.

Como presidenta de la fundación Conservación Patagónica su tarea es el traspaso de los terrenos que su marido filántropo protegió con porfía. Ahora, cuando el trabajo es más fuerte, hay cosas que le ha costado hilvanar en la manera de ver su nueva vida; una de viuda que nunca sospechó, una destinada a seguir los pasos de un hombre que no demostraba cansancio cuando se trataba de la defensa del medio ambiente.

—¿Qué ha sido lo más difícil al momento de continuar?

—Aunque la cantidad de trabajo es extraordinariamente elevada, es la triste y permanente confirmación de que no tienes a tu compañero al lado. No puede ser de otra forma, si me falta la otra mitad. Nosotros éramos inseparables. Ese es mi gran desafío: entender que ya no está.

—¿Dónde busca apoyo?

—Afortunadamente tenemos muy buenos equipos en cada uno de los proyectos, personas de mucha confianza. Y también me he dado cuenta de que nací para trabajar, siempre tengo cosas que hacer. Pero en lo personal es otra cosa, sencillamente no hay consuelo, es muy difícil.

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—En qué momentos siente que le hace falta, ¿a la hora de las decisiones por ejemplo?

—No, necesariamente en el momento de las decisiones. Pero a cada hora y cada día lo extraño. Tuvimos un matrimonio extraordinario. Nos conocimos cuanto yo tenía 19 años, porque el mundo de los escaladores en ese momento era muy pequeño. El estaba casado, eso sí.

—¿Y cómo se reencontraron?

—Mucho tiempo después, en Calafate, en el año 1991. Fue un chispazo y comenzó nuestra historia de amor, de intensos 24 años.

—¿Qué los unió fundamentalmente?

—Imagino que la naturaleza. Desde que nos reencontramos todos nuestros planes, todos nuestros proyectos, fueron en lugares completamente aislados. Nos gustaba trabajar juntos, era algo muy poderoso.

—¿Las hijas de Doug siguieron los pasos conservacionistas de su padre?

—Tienen intereses profundos, pero no necesariamente han encauzado su vida por ese lado. Summer y Quincy tienen sus familias y sus propios planes de vida. Como herencia natural, el programa de Kristine es lograr en el mediano plazo la entrega de las áreas nativas al Estado chileno con el compromiso de que sean terrenos respetados en su categoría de reservas y parques naturales. No hay fechas comprometidas, sino la paciente espera de que el Ejecutivo tome cartas de aquí a fin de año.

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“Nuestra idea es donar todos nuestros territorios a los chilenos, Doug amaba profundamente este país y su deseo, como también el mío y de toda la fundación, era integrar una parte territorial de gran biodiversidad a una red de protección. Es un proceso complejo, pero tengo fe y esperanzas”.

—¿Ha hablado con la Presidenta Bachelet al respecto?

—Sí, después del accidente de Doug, ella me invitó para que habláramos de nuestro proyecto. Y, en octubre pasado, tuvimos otra breve reunión que me dejó con una sensación muy positiva. A lo mejor, las cosas van lento, pero por buen camino.

—Entre la gente que está más atenta a los temas de conservación, siempre hubo una sensación de que para Douglas había sido muy difícil explicar un proyecto, de que no tuvo apoyo, de que no fue bien comprendido en su momento…

—Cuando comenzamos con Pumalín fue así. Nada era fácil. Pero tampoco hay que perder de vista que, para la época, se trataba de algo bastante nuevo. Que alguien comprara un terreno para no desarrollarlo, imagínate: nadie lo entendía. Comprar una tierra para que no fuera explotada según los tradicionales cánones, como la industria forestal, sonaba extraño. Pero nosotros igualmente presentamos un plan de producción que se traducía en parques y en turismo sustentable.

—Hay que considerar que además era otro país, incluso con una elite no muy conocedora en temas ambientales.

—Con el tiempo nos dimos cuenta de muchas cosas y confirmamos que, donde haya conservación, en cualquier parte del mundo, siempre hay conflicto de intereses. Porque de un modo muy natural se da un conflicto entre desarrollo y conservación. Recién nos estamos convenciendo de que la economía puede ir de la mano de, por ejemplo, una industria turística que protege la naturaleza. Creo que Chile, en ese camino, está avanzando en la materia. Pero no es algo que sólo pasó aquí. Es lo mismo en todos lados. En Estados Unidos fue lo mismo: hubo décadas de negociaciones para nombrar parques a muchos ecosistemas de gran valor.

—Podemos decir entonces que Doug nunca se sintió incomprendido ni molesto con el país.

—Para nada. Al contrario. Cuando murió no hubo ninguna cosa que yo haya sentido que no alcanzamos a hablar. Hablábamos de todo, de nuestras ideas, de lo que no nos gustaba, también de nuestro amor… Diariamente. El hizo todo lo que quiso, desde un principio. Cuántas personas podrían decir eso, muy pocas supongo. Es cierto, murió demasiado pronto para mí, para sus amigos, para su familia, pero su pensamiento sigue vivo. Doug partió contento y con muchas misiones cumplidas. Pienso que una muerte es mucho más trágica cuando la persona que se va no se ha realizado en la vida.

—Seguramente los incendios que están ocurriendo le hubieran dolido mucho.

—Así es, pienso que lo más difícil de esta tragedia es la recuperación del bosque nativo, algo que normalmente es un proceso largo. Porque cada bosque tiene su propio proceso de recuperación y restauración.

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—¿Alguna vez se puso en el plano de que él no estuviera más?

—Muchas veces. Pero la verdad es que siempre pensábamos que íbamos a morir juntos, sobre todo porque siempre estábamos volando por la Patagonia y tantos otros lados. Eso lo ponía muy triste, pero lo peor era imaginar que quedara uno de nosotros vivo. Decía que eso era lo peor que nos podía pasar, que sería algo insoportable. Y claro, cuánta razón tenía. Un mes antes de que Kristine lo dejara junto a su equipo de excursión en el lago General Carrera, Doug le dijo que le tenía un regalo especial. Un gran libro rojo, mandado a encuadernar por él mismo, que se titulaba The eagle and the hummingbird.

“Decía que él era un águila y yo un picaflor, porque me encontraba inquieta, pequeña, curiosa, siempre de un lado para otro. Además eran los nombres que usábamos como contraseñas cuando nos comunicábamos entre los parques por radio, en los tiempos en que no había internet ni celulares”.

En ese compilado de miles de cartas y fotografías de todos los años juntos, con notas de humor y viajes aparece de pronto y con letras enormes el siguiente prólogo: “Soy un águila volando ahora lejos, pero siempre voy a cuidarte porque te adoro hasta la infinidad”.

Mientras Kristine muestra las páginas en papel couché reflexiona: “Es curioso que haya escrito eso, poco antes de su partida, sobre todo en un momento que se sentía pleno, feliz”.

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—Kristine, ¿le duele que no le hayan concedido la nacionalidad chilena por gracia?

—Pienso que cada cosa a su tiempo. Sería un gran honor, no lo puedo negar. Doug fue muy feliz aquí, lo pasó bien y quiso lo mejor para este país. Pero nunca hay que forzar nada.

—Y ahora, ¿usted dónde vive?

—Estoy siempre de un lado para otro, en Chile, Argentina, California y una temporada en Europa. Una vida gitana, la verdad, algo que compartíamos plenamente con Doug.

—Hay quienes ahora lo ven como un mártir del medio ambiente, un héroe.

—No, definitivamente. Estaba lejos de eso. Lo fascinante es que vivió con intenciones muy claras, con ideales, todo de manera muy intensa además. Nunca hizo algo que no quisiera. Eso me encantaba de su personalidad y eso era lo que me hacía estar junto a él. ¿Mártir? Jamás.