Una mañana de otoño Karina Villaruel aceptó de mala gana las instrucciones de su superior. Con tres años de servicio en la policía, la joven debía hacer guardia en Villa Belgrano, un adinerado barrio de Córdoba.

Al rato llegó a la cuadra señalada. Entró a la panadería del sector a comentarle a los dueños que podían contar con ella ante cualquier problema. Fue entonces que cruzó las miradas con Soledad Ortiz, una de las pocas empleadas del local. Minutos después intercambiaron algunas palabras en la vereda y nunca más se separaron.

“Nos miramos, nos dimos cuenta. Soledad me preguntó si yo era miércoles. Yo la miré y le pregunté ‘qué es miércoles’. ‘Miércoles’es por la terminación ‘les’ de lesbiana’ me dijo, y le respondí: ‘¡Ah! Me querés preguntar si soy gay, y le dije sí sí, recontra, 100 por ciento’, asegura Karina, la mujer del uniforme.

Tras la anecdótica presentación pasaron los siguientes 15 días juntas. Si bien ambas tenían pareja, poco les importó. El flechazo fue letal.

Soledad recuerda aquel momento con lujo de detalles: “Karina tiene una sonrisa hermosa. Sus ojos oscuros y brillosos. La onda que tiene. Simpática, habladora, entradora, chamuyera hasta más no poder. Así me conquistó”.

El inesperado encuentro fue en mayo. Fue tanta la atracción que a los dos días la oficial de policía le ofreció pololeo a la “panadera”. “Un día le pedí que le pusiéramos nombre a la relación. Me quería poner de novia, casarme, tener una familia, dejar todo por ella. La avasallé tanto que durante dos meses no la vi”.

Presa del pánico, Soledad volvió a su natal, Buenos Aires, hasta que en octubre volvieron a encontrarse en Córdoba y a formalizar la relación.

El cuento de hadas venía bien encaminado hasta que a Karina la cesaron de sus funciones en la policía, según ella debido a su condición sexual. “Si me dejaban en la institución, temían que esto iba a marcar un precedente. Por eso me despidieron”, comenta.

El mal rato no fue impedimento para que el 16 de febrero de 2013 se casaran. Hasta acá una historia común en un país donde la ley de matrimonio igualitario ha permitido la unión de más de 10 mil parejas del mismo sexo.

La legislación promulgada por la Presidenta Cristina Fernández en 2010 no sólo les permitió unirse bajo el amparo del nuevo reglamento. A los pocos días de su matrimonio iniciaron un tratamiento de fertilización asistida para tener un hijo. Una breve charla bastó para decidir cuál de las dos se embarazaría.

“Lo conversamos, las dos teníamos la necesidad de ser madres pero le dije a Soledad que deseaba que ella me lo diera. Quería que llevara un hijo mío en su vientre. El día de mañana me tocará a mi”, cuenta Karina.

La inseminación artificial se llevó a cabo en mayo de 2013. Cuando se cumplió el plazo de rigor, las diez pruebas de embarazo que llegaron a practicar eran contundentes. La pequeña Umma Azul venía en camino.

Aseguran haber vivido nueve meses maravillosos a pesar de los apuros económicos.

Soledad dejó la panadería para dedicarse al embarazo y Karina hace cinco meses que no recibe su sueldo retenido en las oficinas de la policía cordobesa. La madre de esta última, asesora del hogar, las ayuda. Deben casi medio año de arriendo en su humilde casa del barrio Talleres Este y aún pagan los casi dos mil dólares de la inseminación artificial.

Aun así, la felicidad de ambas es plena. “Umma nos llena de luz todos los días. Nos enseña a ser madres a cada momento. Nos da alegría para el alma. En la mañana, esos días que te levantas con cara de pocos amigos, la ves a ella y se te pasa todo”, comentan las dos al unísono.

Pero aún faltaba más. Sentían que debían retribuirle de alguna manera a “Cristina”, los logros alcanzados por su gobierno a favor de los derechos de los homosexuales.

Usaron Facebook, Twitter y todo tipo de medios para pedirle a la mandataria que fuese madrina de Umma.

Si bien la ley trasandina indica que el jefe de Estado será padrino (en este caso madrina) del séptimo hijo varón o mujer de “una prole del mismo sexo”, las cordobesas lograron romper por primera vez la tradición y hacer que la viuda de Néstor Kirchner accediera al pedido.

Karina y Soledad se declaran católicas no practicantes y querían a toda costa bautizar a Umma. Encontrar una iglesia que aceptara no fue fácil. La mayoría les cerró las puertas hasta que el arzobispo de Córdoba, Carlos Ñañez, les dijo que la pequeña debía ser bautizada “sí o sí”.

“¿Por qué la Iglesia te lo prohíbe si el bebé no tiene nada que ver con decisiones nuestras? Es una terrible discriminación”, acusan.

Finalmente fue bautizada en la catedral de la ciudad y se convirtió en el primer hijo de una pareja homosexual en pasar por dicho ritual religioso, según ellas gracias a los cambios que el Papa Francisco ha ido introduciendo en la Iglesia. Cristina mandó a su edecán naval en representación y el caso salió en todos los noticieros de televisión.

Se hicieron famosas en su barrio. En la calle los abuelos las saludan, felicitan y se acercan a conocer a una de las 400 ahijadas que tiene la Presidenta.

“Argentina es uno de los países con más aceptación homosexual. Salimos, caminamos de la mano, si nos tenemos que dar un beso nos lo damos. Si nos tenemos que acariciar también lo hacemos. Si una persona de nuestra edad se desubica, la paramos y le preguntamos cuál es el problema. Le explicamos que somos felices, que no le hacemos daño a nadie y punto”.

A dos meses de haber sido madres confiesan sus deseos. Anhelan volver a trabajar, saldar sus deudas, que la pequeña Umma conozca finalmente a su madrina, poder darle cinco hermanitos más y ser recibidas en el Vaticano por el mismísimo Papa Francisco. “Es un sueño que el Papa le dé la bendición a nuestra hija”.