Tuvieron que pasar muchas cosas y correr mucha agua bajo el puente para que Karen Atala Riffo, a sus 53, pueda declararse hoy una mujer feliz. Han sido 13 largos años de batallas y dolores desde que el 2004 la Corte Suprema le negara la custodia de sus tres hijas basándose en su orientación sexual, lo que la motivó a llevar su caso a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que en 2012 falló en contra del Estado chileno —por violación del derecho a la igualdad y la no discriminación— aunque no pudo devolverle la tuición de sus niñas por no ser tribunal doméstico.

Karen también se vio en la necesidad de salir del anonimato; exponer su condición de madre lesbiana, con todo el miedo, prejuicios y cargas que eso conlleva. El proceso fue demasiado duro en lo personal y familiar, perdió injerencia en la crianza de sus hijas al no vivir con ellas; sin embargo, hoy con muchas cosas resueltas y mirando su caso en perspectiva, concluye que todo se conjugó para volverla una mujer más fuerte.

“Estoy más madura, ya se cerró una etapa… Este proceso lo partí con mucho miedo; temor al que dirán, a exponer a mis hijos, a perder el trabajo, a que me señalaran con el dedo, hasta que entendí que lo que no te destruye, te fortalece. Siempre les digo a quienes temen salir del clóset, que puedes caerte al suelo, pero al final te levantas y sales caminando. Lo central es que la dignidad y libertad que ganas, no tiene precio. Eso me hace estar tranquila, contenta, en paz”.

Hoy Karen vive con dos de sus hijas, quienes son universitarias y su pareja de hace casi siete años. Confiesa que no ha sido fácil ser mamá de adolescentes, más en su caso que había perdido con sus hijas la cotidianidad del día a día.

“Las veía una vez al mes o para las vacaciones, cuando el sistema de la casa es más relajado, sin tanta norma. Convivir es otra cosa, que “haz tu cama, recoge tu ropa, ordena, ventila la habitación, ¡agotador!”, cuenta riendo, aunque las risas desaparecen al recordar el tiempo sin ellas, el cual —asegura—, no se recupera jamás.

“Como madre que te priven de la tuición de tus hijos; el no tener injerencia en su crianza, educación, tiene un altísimo costo. Es un daño irreversible, irreparable que queda ahí. Como familia estamos trabajando para restablecer el vínculo y lazos, ya en miras para la madurez, en el plano ya no de niñitas, sino de hijas adultas con su mamá”.

Enfatiza que las mujeres son siempre madres, independiente de su orientación sexual. Y para concientizar a la gente, la Fundación Iguales —ella es miembro de su directorio— lanzará en estos días una inédita campaña con la imagen de dos mujeres con un hijo.

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“La idea es dejar claro que aunque uno duerma con un hombre o una mujer, no será más o menos mamá. El rol no cambia si eres hetero o lesbiana, igual les ponemos reglas a nuestros cabros chicos, los aconsejamos y retamos si llegan tarde o copeteados. Mis hijas, por ejemplo, tienen claro que en la casa hay cosas que no se permiten, que deben hacer sus camas y el aseo cuando no va la nana, que se estudia antes de pensar en las fiestas, que deben ir al ginecólogo… Hay un rayado de cancha, para eso están los padres, las madres, para educar, entregar valores y formar ciudadanos responsables, respetuosos y provechosos para la sociedad. Y eso no tiene género”. Coincide con la feminista Julieta Kirkwood, que al final lo personal se transforma siempre en una causa política.

“Mi caso sirve para que a otras madres lesbianas con hijos de relaciones previas heterosexuales o nacidos por técnicas de fertilización asistida, no les pase lo mismo que a mí”, asegura Karen que no solo se queda con su historia, sino que desde la esquina de Iguales, como madre, lesbiana y activista mira su pasado, da sus puntos de vista en esta entrevista y peleará para equiparar los derechos de la diversidad sexual.

La abogada sabe que su caso dio cara a las lesbianas en Chile hasta hace poco invisibles, según ella. “Piensa que el 2004 me quitaron a mis hijas equiparando mi lesbianismo con el peor de los males como maltrato reiterado, prostitución de menores, alcoholismo, drogadicción de los padres”, reflexiona.

También dio pie a la Ley Antidiscriminación —que aunque la considera una mala ley, por primera vez en nuestra legislación se menciona la orientación sexual e identidad de género como categorías protegidas de discriminación— y al Acuerdo de Unión Civil. Aun así, estima que queda mucho por avanzar.

“Falta la Ley de Identidad de Género, ampliar el concepto de matrimonio a parejas del mismo sexo, el derecho filiativo con los hijos, ampliar la ley de adopción… Hay que adecuar toda la legislación chilena basada en una sociedad agraria, patriarcal, heteronormada al paradigma de los derechos modernos. Este país tiene que asumir lo que ya es evidente: nuestro derecho está anacrónico; totalmente desfasado frente a una sociedad moderna que camina hacia otra dirección, que condena por años a quien se roba una gallina y no contempla muchos delitos modernos. Si los legisladores tuviesen mirada a largo plazo, se podría hacer macrorreformas al Código Civil. Piensa que Argentina tiene un nuevo código de familia, aceptándose la maternidad lésbica y la paternidad gay, es cosa de ir a Mendoza, mientras que aquí la ignorancia y prejuicios transversales tiene dilatada en el Congreso la Ley de Identidad de Género y ahora, acaban de incorporar una norma en la cual si quieres cambiarte de nombre y sexo se debe notificar a tus familiares para que digan si se oponen o no. Es ilegal y vulnera el derecho personalísimo a la identidad personal, a que te llamen y te traten como quien sientes que eres. Imagínate que si quieres divorciarte, se notifique a tus padres e hijos para que digan si se oponen o no”.

La jueza asegura que el primer paso para avanzar es tomarse en serio los derechos humanos, el respeto a la diferencia y a la dignidad de las personas.

“Debemos partir por salirnos del espacio de privilegio y mirar al otro; abandonar el confort como heterosexual, que sabe que si junto a su pareja firma la unión civil, sus hijos estarán protegidos porque la ley ya no distingue entre los naturales, ilegítimos y matrimoniales. Se puede demandar por alimentos, visitas a los niños, compartir la tuición, y si después deciden casarse, adquieren la plenitud del derecho matrimonial; todos los beneficios de seguridad social que no considera la unión civil. El matrimonio sigue siendo importante en la medida que continúe siendo la puerta de entrada al resto de la legislación chilena como subsidio habitacional, pensión de viudez, becas, adopciones… En cambio, las parejas del mismo sexo que fundamos una familia, no tenemos acceso igualitario a esos derechos solo porque aquí el matrimonio es entre un hombre y una mujer, y eso que pagamos los mismos impuestos. ¿Es justo en pleno siglo XXI?”, se pregunta.

Y aclara que hace mucho el vivir juntos y la reproducción dejaron de ser el fin último del matrimonio, considerando que casi el 69% de los niños nacen fuera de éste. “La esencia es el auxilio mutuo y las definiciones modernas apuntan a la ética del cuidado; de amar y ser amado. Y eso no tiene sexo ni género”.

—¿Confía en que Michelle Bachelet presentará un proyecto de matrimonio igualitario?

—Por supuesto, ¡tiene que presentarlo! En Iguales esperamos que cumpla su compromiso de campaña y no el último día de su gobierno; eso sería un saludo a la bandera. Los electores votamos de buena fe por eso.

“En lo personal, daré la pelea hasta que logremos el matrimonio igualitario y ojalá con filiación. Me gustaría casarme con mi pareja”.

—¿Contrajo la unión civil?

—No me han dado el sí aún, ¡que es peor! (ríe) Se lo pido todos los días, pero ella quiere matrimonio igualitario, no ser ciudadana de segunda clase.

—Parlamentarios de gobierno como Osvaldo Andrade ya adelantó que Chile no estaba preparado.

—Lo está. En las últimas encuestas Cadem de enero, el 64% de los chilenos aprueba el matrimonio igualitario. ¿Será que la elite política no está preparada?

—¿La elite conservadora de derecha?, como dijo a CARAS Luis Larraín.

—No, la homofobia y el machismo son transversales a todos los partidos. Piensa que en este país se regalan muñecas inflables; hay una instrumentalización de la mujer y esa es la gente que nos gobierna. Quienes nos ningunean o cosifican, ¡obvio que no estarán ni ahí con el matrimonio igualitario! Esa es la traba.

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—Hay quienes no se oponen a que se casen, sí a que tengan hijos por el prejuicio de que tendrían mayor predisposición a ser homosexuales.

—Los prejuicios sobre ‘los hijos de’, es algo tan arraigado en nuestra sociedad, que arranca desde la Colonia con los hijos ilegítimos, mulatos, mestizos. En el ’94 Eduardo Frei modificó la ley y se estipuló que no se puede discriminar a los hijos según sus padres, quedando en matrimoniales y no matrimoniales. Los hijos de parejas homosexuales, concebidos ya sea por fertilización asistida, adopción internacional o maternidad subrogada, existen; ¡están ahí! Van al colegio, comparten con sus compañeros de curso, sin embargo, no tienen los mismos derechos que el resto; están profundamente desprotegidos y el Estado les falla. Si una pareja lesbiana con hijos se separa, ese niño no puede demandar por alimento a su co-madre, ni ésta demandar visitas. Esos menores no tienen derechos, ¡nada!; son los nuevos huachos del siglo XXI.

La activista asegura que gran parte de estos prejuicios se terminarían si el Estado cumpliera con lo que ordenó la Corte Interamericana en su caso y que no ha hecho: que todos los funcionarios públicos se capaciten en DD.HH., diversidad sexual e identidad de género para superar los estereotipos negativos sobre este grupo humano.

—¿Por qué el gobierno no ha tenido la voluntad de hacerlo?

—No es un tema de voluntad, sino que están tan preocupados de su metro cuadrado, que no miran una política país ni la felicidad y dignidad de su gente. Tenemos leyes reaccionarias, no hay una planificación estratégica a largo plazo. No están tomando el peso de lo que significa tener ciudadanos infelices y discriminados. Karen estima que en esa disociación entre la elite política y lo que quiere la gente, la culpable es la ciudadanía que no les pide cuenta a las personas por las cuales vota.

“Y vuelven a votar por ellos una y otra vez. ¿Y por qué la población no está empoderada?, porque hace más de 40 años que no tenemos educación cívica en los colegios. Ese es el origen de la mercantilización del Estado, de transformar a los ciudadanos en consumidores. El sentido de la cosa pública, eso que los romanos llamaban res pública se ha perdido y caímos en populismos, leyes reaccionarias. Hay que restablecer el sentido país, no en términos asistencialistas, sino republicanos, en cuanto a que tenemos derechos, pero también obligaciones y cargas. Sin embargo, veo a la gente más preocupada de votar por quienes cortan cintas en vez de que haya verdaderos estadistas.

—¿Ve algún estadista entre los presidenciables?

—El último que había se acaba de bajar de la competencia.