Solo recordar sus mejores momentos. Esos en que lanzaba una tremenda carcajada cuando le decía una brutalidad, o la acompañaba a las más diversas fiestas, celebraciones, inauguraciones, cumpleaños y cuanto cocktail existe, siempre elegante, con una sonrisa a flor de piel y agradeciendo a todos quienes la convidaban. Porque así era ella, una agradecida de la vida, una mujer feliz que hacía feliz a los demás, una de esas personas que siempre ven el vaso medio lleno, porque no vale la pena verlo de otra forma. Una vez le comenté que a veces me hacían sentir culpable por ir a tantos eventos. Ella me contestó: “Lindo, eso es un privilegio, somos privilegiados, pero no elegimos serlo, nos tocó, es nuestro destino y si es así, solo queda agradecer y disfrutar” Algo tan simple y cierto, porque así era ella, la verdadera Julita, la que hablaba en fácil y directo, pero asimismo la que reflexionaba y nunca decía algo para herir o hablar mal del otro, claramente un deporte nacional al que nunca se sumó.

Tuve el honor de entrevistarla para CARAS hace unos meses. Su primera portada de revista y última entrevista. Me siento afortunado y también culpable. Lo primero porque pude hablar con ella de muchas cosas, desde las más triviales a las más profundas. Algunos temas que se develaron en la entrevista y otros que quedaron solo entre nosotros. Mucho también sobre su muerte, porque la sabía próxima y la atemorizaba. Lo segundo, porque hubiera querido que le hicieran muchos más reportajes, porque merecía vivir por más tiempo, aunque no fuera posible. También porque jamás pensé que no pudiera acompañarla en su última aparición pública. Estuve a miles de kilómetros cuando se fue, pero como me dijo su nieta Fernanda y era algo que la Julita siempre repetía, “el cielo debe ser como París” y si es así yo estaba en Cannes, tan lejos no estábamos, y algo de consuelo tuve.

Su alegría y sabiduría me acompañarán siempre, como lo sentirán todos a quienes de una u otra forma tocó, porque aunque muchas veces le dije en broma —“pareces la Virgen de Lourdes, todos te quieren tocar”— algo de eso había. Su luz, su ánimo y su positivismo eran únicos, los que muchas personas buscan y pocas tienen. Ella reflejaba esos atributos a cabalidad, como la estrella más brillante, esa que es imposible dejar de mirar y que no se apagará jamás