Vestida de blanco, con ese lazo celeste y naranja del modelo que le trajo una tía desde París para ser presentada en sociedad en los años treinta, “así más o menos me imagino cuando llegue a los brillos del cielo”, decía sentada en su sofá Rigoberto tapizado con flores como a ella le gustaba. Riéndose como de costumbre, con los ojos azules resplandeciendo, añadía: “¡Pero chiquillo! Si me sigues trayendo estos cuchuflís de chocolate me convertiré en una vaca, no entraré en ningún traje, no me elevaré a ninguna parte”, decía mientras abría con entusiasmo la tentadora caja envuelta en celofán. “Pero Juli, podemos hablar con los Click, para que te hagan otro vestido”, le respondía mientras ella meditaba la situación como si se tratara de un tema de Estado. “Es verdad, con un vestido de Click debiera ser mi presentación, pero no me gusta abusar, ellos ya han sido bastante generosos conmigo. “¿Sabes cuál idea me gusta? Tener puesta mi diadema, no soy princesa, ni señora de ministro, ni siquiera tengo plata, pero tengo mi coronita”, transparentaba como si sus años de juventud estuvieran suspendidos en su departamento del barrio Bellas Artes, en ese edificio con forma de barco y con vista permanente a la única fontana que parece existir en Santiago, a los pies del cerro Santa Lucía, en el mismo lugar donde partió acompañada de su familia y tres amigas inquebrantables: Lucía Gallo, Soledad Silva y Malú del Río.

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En ese territorio, donde además guardaba las medallas que sus ancestros habían obtenido por servicios a la patria, junto a retratos que le habían hecho pintores como Vidal-Quadras y Adela Tobar, parecía no necesitar mucho. En cada esquina, los recuerdos. El mielero de cristal y plata en forma de abeja que acostumbraba a pasear por todos los rincones de la casa era ‘nuestro’ objeto favorito. “Me lo regaló un amigo cuando paseábamos por una feria de anticuarios en Nueva York”, contaba. Le gustaba rodearse de cosas bonitas, pero siempre con la mesura de no llegar al despilfarro. Era de las que junto a Ivonne Parra, su nana desde los años ’80, acortaba mangas, zurcía dobleces para sus pantalones y daba puntadas de aguja para poner plumas en sombreros y chaquetas. “Ivonne es mi peluquera de la parte de atrás de mi cabeza, adelante me peino y tiño sola”, repetía con astucia Actuaba como si no supiera de desgracias, pero había luchado contra mil pesares, en silencio y con discreción victoriana. Después del suicidio de su abuelo, un aristócrata corredor de la bolsa, su vida cambió dramáticamente. Recién cumplía diez años. Su madre, doña Helena Larraín Velasco, tuvo que dejar la mansión al lado del Palacio Falabella, actual Municipalidad de Providencia, para establecer su nueva casa en calle Ejército. En ese momento comenzaron sus inquietudes. Quería entrar a la universidad, ser una socióloga que estuviera atenta a los problemas de la gente. “Era mi pasión, siempre vi la indigencia, la pobreza de la tercera edad como un tema que no hemos sabido resolver”, explicaba como si fuera una deuda personal. En la casa, que se quedó sin piano ni servidumbre, se le exigió ser una pequeña dama, el espectro de una elite empobrecida, pero ella tenía otras armas que cultivó con serenidad. Entró, sin mayores cuestionamientos, al Ballet de Chile con la dirección de Ernst Uthoff. “Estaba feliz, tres veces a la semana me quedaba por más de cuatro horas sujeta a la barra, ensayando sin parar: un, deux, trois, demi-plié. Era compañera de gente magnífica como Patricio Bunster, Virginia Roncal y Carmen Maira, pero mi afición a los dulces me jugó otra mala pasada. Una vez Uthoff me dijo sin ningún cuidado: ‘Usted más que un cisne, parece un angelito de Rubens’. Me encontró gorda y me fui llorando a mares, por eso no me traigas más cuchuflís chiquillo”.

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Se paseó por las fiestas de un entonces ‘remilgado’ Santiago, con señores siempre encorbatados. “Eran otros tiempos, pero no por eso mejores. Las mujeres teníamos restricciones, no éramos nosotras completamente”. Los veranos en Zapallar, el esquí en Farellones, hasta que la llamaron para participar en un concurso de belleza. “Fui segunda Miss Chile, chiquillo, ¿lo puedes creer? Esto lo cuento poco: me fui corriendo a participar con la única idea de ganarme el auto. Me acuerdo que la final fue en Viña y nos tomaron fotos en el Parque El Salitre. Esa vez ganó Elisita Ripamonti, que después se casó con Francisco Bulnes, pero sus papás no le permitieron que fuera a concursar a Buenos Aires. Era otra época para las mujeres”.

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Pasó poco tiempo y conoció en una fiesta a Fernando Maquieira. “No era la primera vez que me enamoraba, antes me había pasado y me volví loca por segunda vez. Qué vergüenza, pero yo soy así, intensa, no me quedo con hambres atrasadas como le dije una vez a la Presidenta Bachelet”. Tras un breve pololeo llegó de blanco a la iglesia El Golf, después fiesta para cien personas y a los tres días se fue a NY acompañando a su nuevo marido como señora del secretario de la Embajada chilena ante Naciones Unidas. Los regalos fueron maletas y platería. Durante 25 años de matrimonio vivieron por distintas capitales del mundo y tuvieron dos hijos: Cristián y Diego. Uno diplomático, el segundo escritor. Su separación fue dolorosa en los tiempos en que nadie lo hacía. “Pero tuve suerte, a nadie le llamó tanto la atención, nadie me preguntó. Fue raro, pero me sirvió para reinventarme con tranquilidad y sin obstáculos. Fueron los tiempos en que el Ministerio de Relaciones Exteriores la invitó a hacer clases de modales y protocolo. Lo que más le gustaba era instruir a los recién casados que se iban en misión diplomática. Desde cuál era el regalo adecuado para una persona hasta cómo poner la mesa. Esos conocimientos se convirtieron en el libro Así lo hago, no más de dos mil ejemplares impresos que ahora son objeto de culto, una evidencia de un país sacudido por la UP y después con la dictadura, una nación que miraba con asombro el arribo de una nueva burguesía.

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Como ‘mujer separada’, a secas, era como mejor prefería presentarse a la hora de los estados civiles. “Fue lo más difícil en mi vida, y también lo que menos digo en las entrevistas”. Hasta el final llamó a Fernando para saludarlo cada vez que ganaba su equipo de fútbol favorito, la Universidad de Chile. Su segunda pena fue hace diez años cuando su hijo artista comenzó a tener serios problemas a su vista. “No sabes cuánto sufro muchacho, es mi culpa. Yo los formé en la tiranía de la estética”. Cuando se recuperó y volvió al trabajo, sentía que los milagros estaban de su lado.

“¡Qué linda te ves Julita envuelta en esa muselina rosa!”, le dije hace no tanto. “Qué muselina ni nada, hoy estreno marcapasos”, repetía como si fuera una modelo saliendo de la pasarela. “Tú sabes, seré una vieja de mierda, pero me obligo a salir, a juntarme con amigos, ni loca me encierro. Y una cosa más: he pensado en tus cuchuflís de chocolate que me traes de Quilpué, los quiero chiquillo, los quiero”.