Hace unos meses revista CARAS me pidió que entrevistara a Julita Astaburuaga. El encargo era simple. Conversar con mi amiga y escudriñar en sus recuerdos. Demoré meses en decidirme, no porque la tarea fuera compleja, sino por lo desafiante que es abordar a una persona de la que se ha hablado tanto, y se ha convertido casi en un mito viviente. Pero sobre todo porque es una mujer que quiero y respeto y que nunca deja de sorprenderme.

El día de nuestra primera reunión llegué puntual a su departamento en el centro. Se demoró en contestar. Cuando apareció la veo cojeando. Al correr a abrir la puerta se había tropezado y torcido un pie. Le bajó el perfil a la caída y al dolor que sentía, como es habitual en ella. Le ofrecí llevarla a la clínica y se negó. Me dijo suave pero tajante: ‘si necesito ir, tomo un taxi más tarde y no hay problema’. Al día siguiente me entero de que le diagnosticaron una fractura. Esta anécdota la representa a cabalidad. Una mujer independiente y que jamás pide ayuda.

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Julita nunca pasa inadvertida y a nadie deja indiferente. Hace unos años la acompañé a un almuerzo. Imposible no sorprenderse por todos quienes la saludaban y por cuántos querían estar cerca de ella y tocarla, como si con ese simple hecho pudieran recibir algo de su magia y su vigor. Para qué decir cuando fuimos al Festival de Viña del Mar. Pasearse por la alfombra roja escuchando a siete mil personas gritando su nombre fue sobrecogedor. Su encanto, incluso ha traspasado fronteras. En un fastuoso matrimonio en Lima fue la reina de la fiesta. Todos se acercaron a saludarla o mirar cómo bailaba cual chiquilla de 20 años y resistía, copa de champaña en mano, hasta la madrugada. Incluso cuando fuimos a misa al día siguiente, el padre se nos acerca, eligiéndonos entre cientos de personas, para que entregáramos las ofrendas en el altar. Si ni los sacerdotes resisten sus encantos.

Proveniente de una familia tradicional y conservadora, Julita nació un 17 de  abril de 1919. Hija de Jorge Astaburuaga Lyon  y de Helena Larraín Velasco.  Fue la segunda hija entre dos hermanos hombres, Carlos y Jorge, y nieta de un ministro de Guerra y Marina en el gobierno del Presidente Emiliano Figueroa. Pasó de la riqueza a la pobreza luego de la muerte de su abuelo, pero nunca cambió la actitud positiva que la ha acompañado toda la vida. Se levanta temprano, se arregla sin ayuda, más que la que le proporciona su nana Ivonne algunas mañanas. Va a misa casi a diario, después al banco o a la tintorería, como cualquier hija de vecino. Diariamente tiene un almuerzo, un cóctel o una comida y una vez a la semana trabaja en una tienda que vende ropa usada, con el propósito de ayudar a mujeres de escasos recursos.

Muchos perfiles y entrevistas la retratan como un personaje de la vida social. Una socialité —le molesta que le digan así—, una mujer frívola que pasa de fiesta en fiesta, que es rica, que recibe espléndidamente bien, que sus joyas son fastuosas y que solo usa ropa de diseñador. La verdad es que algo de eso hay, pero por sobre todo Julita destaca —en quienes la conocen bien— por ser  una persona generosa, alegre, desprejuiciada, con miedos y tristezas pero por sobre todo un ejemplo de positivismo digno de imitar.

 Cómo esta señora de sonrisa fácil y ojos azules expresivos llega a convertirse en un fenómeno que traspasa clases, tiempos y fronteras. En su historia están las respuestas.

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—¿Cómo fue tu infancia?

—¡De oro pues! Llena de plata y viajes a Europa. Cuando tenía 6 o 7 años era preciosa y me daban unas fiestas de cumpleaños maravillosas. Todas las niñitas tenían que ir vestidas de flores, yo era una rosa, llena de pétalos, hojas verdes y una gran flor en la cabeza. Vivíamos en la casa de mi abuelo, un gran palacio en Pedro de Valdivia, pegado a la Municipalidad de Providencia. Fue hecha por Josué Smith Solar y tenía una enorme piscina. Había miles de empleados y se hacían preciosos bailes. La nany inglesa nos sacaba a mi hermano Jorge y a mí a la ventana para que miráramos a la elegante gente bailando en la cancha de tenis.

—¿En qué minuto se acabó la fiesta y cambió tu situación económica?

—En 1922 se suicidó mi abuelo. Después de su muerte se vendió la casa, mi mamá se separó y nos fuimos a vivir a la calle Ejército. Por supuesto hubo un cambio de vida, pero nunca faltó nada. Todas mis amigas eran riquísimas. Una vez se rieron de mí en el colegio porque la enagua que usaba era un vestido viejo de mi mamá. No me afectó. Nada me daba vergüenza. También me acuerdo que cuando me estrené en sociedad, la María Edwards de Errázuriz, hermana de don Agustín, que me adoraba, me fue a vestir. Llevó una capa de armiño blanca, era preciosa, pero ni yo ni mi mamá quisimos que la usara. Finalmente, mi tía Elena Barros de Larraín me encargó un vestido a París. Era blanco con una amarra naranja y celeste que todavía tengo guardada.

—¿Qué significó para ti convertirte en ‘nuevo pobre’?

—Nada. Sabes por qué, porque mi mamá jamás se quejó. Ella tenía abrigos de bisón, mink, chinchilla, armiño y astracán, y las joyas más lindas que te puedas imaginar. Esa era la verdadera riqueza en esa época, no como ahora que son las casas y los autos. Mi mamá continuó siendo igual de elegante, por lo que yo seguí naturalmente en ese mundo. Un tiempo después compró una casa en la calle Rosal con la venta de sus joyas y ahí viví toda mi juventud, llena de bailes. A mi papá lo veía poco porque se fue a vivir a la Argentina. 

—¿Cómo era la relación con él?

—Muy buena. Era muy alegre. ‘Un pata de Judas’ fantástico, pero con la separación lo veía poco.

Julita se casó a los 27 años con Fernando Maquieira. El nació en Argentina siendo hijo de diplomáticos chilenos. Se vino a vivir a Chile cuando ya era mayor y amigos comunes del Ministerio de Relaciones Exteriores los presentaron. La atracción fue inmediata y después de un breve noviazgo se casaron en una elegante ceremonia en la iglesia El Golf, dos días antes de partir a Nueva York como secretario de la Embajada chilena ante las Naciones Unidas. De este matrimonio nacieron dos hijos, Diego y Cristián.

—¿Qué ha significado el amor en tu vida?

—Muy importante. Yo nací enamorada de la vida y entremedio ha habido uno que otro personaje. Es lo que más me llena o me duele. Vivo amando, desde el amigo hasta el enemigo. Por amor se hacen tantas barbaridades, tantos dramas pasionales, siendo la cosa más linda del mundo. 

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—¿Cómo fueron tus primeros amores?

—Me acuerdo que cuando tenía 18 años un embajador italiano —Rafael Boscarelli— de 55 años, se enamoró locamente de mí. Usaba monóculo. Daba las fiestas más espectaculares para darme el gusto. Se quería casar conmigo y yo me negué. Le dije: ‘No me caso contigo porque cuando estemos casados tú presidirás las comidas y yo estaré al otro lado. Entre nosotros va a haber un joven secretario de la embajada, y no me quiero enamorar de él y dejarte fregado a ti’. Ahora, honestamente tampoco me sentía enamorada. Se fue a la Argentina y al poco tiempo murió de cáncer siendo embajador.

—¿Tu vida matrimonial fue lo que pensabas que sería?

—No, porque yo me despisté mucho. Creía estar muy enamorada de Fernando, pero no fue tanto. Era muy atrayente, tenía mucha suerte con las mujeres, muy elegante, bailaba estupendo, pero tenía muy mal carácter y yo creía que podía cambiarlo. Igualmente, tengo puros buenos recuerdos y no me acuerdo de los malos. Con Fernando tuve mucha felicidad, no la de la convivencia, pero sí la de la cultura, los viajes, el conocimiento, todo lo adquirí con él. Yo soy muy agradecida. Por eso lo cuido hasta el día de hoy, aunque estoy separada hace muchos años.

—Pero, ¿quién fue el hombre de tu vida?

—Prefiero no contestar porque Fernando está vivo. Hay que respetar al ex marido. Por ahora no lo digo, lo dejaré en el testamento.

—¿Quién fue Juan Picand para ti?

—Un gran amigo. Regio, encantador y alegre. Recibía su cariño permanentemente, me llamaba todos los días, me invitaba mucho y bailábamos toda la noche. Yo era su par, nos identificamos. No me había pasado nunca. Menos mal que no me enamoré de él.

—¿Fue buena para ti la vida diplomática?

—Nací para eso. Se aprende mucho. En las comidas no conocías a ninguna persona y tenías que introducirte, actuar y eso se adquiere por osmosis. A mí me fascinó, me encantaba ser extranjera, no me sentía apabullada por nada ni nadie. Eramos secretarios, muy queridos por los embajadores que mandaban. Fernando era muy divertido y original. Fuimos una pareja muy poco corriente, eso lo descubrí de vieja.

—No alcanzaste a ser embajadora, ¿hubieras sido buena?

—No tengo idea, creo que hubiera sido igual. A mí lo que más me importa en la vida es el otro. Ni por cargo ni por nada hubiera cambiado. Soy tímida, aunque no parezca. O puede que sea delicadeza. Siempre estoy pensando en el otro, en lo que va a pensar, hacer o decir, jamás me impongo ni he abusado. Estuve en muchos países: Argentina, Bolivia, Ecuador, Estados Unidos, Francia, México, Suiza y Venezuela y de cada uno de ellos me fui llorando.

—¿Cómo es la relación con tus hijos y nietos?

—Siempre he tenido una muy buena relación con mis hijos. Diego escritor y Cristián diplomático. Han sido unos chiquillos maravillosos, siempre presentes y apoyándome en cada etapa. Mis nietos también han sido una alegría. Talentosos y profesionales, buscando sus propias vidas en un mundo cada vez más exigente. Ellos y mis queridos amigos han sido mis verdaderos afectos.    

—¿Y para tu familia qué ha significado que seas un personaje tan conocido?

—Yo creo que no se dan cuenta. Tampoco creo ser un personaje. Mejor preguntémosle a Diego, pásame el teléfono.

En ese momento llama a Diego y él contesta:

‘Es muy apreciado que sea tan querida, es genuino, genera un campo magnético a su alrededor, es un hecho formidable y es bien acogido… no es para nada un trauma, cuando me preguntan si soy Diego Maquieira, les digo no, soy hijo de la Julita’.

“No tengo idea por qué la Julita produce lo que produce, soy la primera en sorprenderme. Sea en la calle, en la micro, a donde vaya recibo agasajos de la gente. Volví a Chile el ’70. desde Nueva York. En los ’80 la Mary Rose Mac Gill me “obligó” a participar como directora de los Amigos del Teatro Municipal para juntar plata y poder apoyar a jóvenes artistas a desarrollar sus carreras. Hacíamos mil cosas. Entre ellas grandes bailes y fiestas a las que a la gente le encantaba ir. Después de eso empezaron a hacerme entrevistas y posiblemente por lo mismo me conocieron muchas personas. El 2007 me asaltaron, salió en todos lados y me parece que la gente empatizó conmigo. Yo no me creo nada, porque no soy nada, solo una vieja que ha sabido sacar partido a su vida, pero también que ha tratado de aportar a su familia, a sus amigos y a todos los que tanto cariño le tienen”, relata Julita al recordar sus comienzos como personaje tan conocido en la vida social

Mary Rose corrobora esa impresión. “Invité a la Julita el ’83 a unirse a ese proyecto. Ella representaba lo que mucha gente quería ser. Refinada, linda, culta, simpática y sonriente. Conocía a todas las embajadas y lograba grandes aportes. Ayudó a dar el puntapié inicial a esa iniciativa y a realizar la gran fiesta que dimos en el Club Hípico, “Sueño de una Noche de Primavera”, y que salió en la primera página de El Mercurio. Hay que entender también que a las señoras de esa época nos educaban para colaborar en obras de beneficencia y causas sociales”.

—¿Quién es Julita según Julita?

—Muchas veces me quedo pensando cómo soy realmente. Creo que uno no se conoce a sí mismo, más te conocen los demás. Siempre me sorprende el cariño y admiración de la gente. Todo el mundo me dice una cosa y otra, pero yo no me reconozco, aunque me gustan los piropos y soy vanidosa. También soy optimista, siempre lo he sido, no me dejo llevar por la tristeza.

—¿Cuando te miras en el espejo, qué ves?

—¡Una vieja de mierda! Me molesta mucho ser vieja, porque en mi interior no tengo la edad que tengo por fuera, entonces cuando me miro al espejo digo: ‘pucha, cómo he llegado hasta aquí’. Es raro, como no soy vieja de alma me choca esa persona que tengo al frente y que no tiene nada que ver conmigo.

—¿Te consideras bonita?

—No, porque siempre me sentí gorda y me pasé la vida bajando de peso. Era muy acomplejada en ese sentido.

—¿Te has operado alguna vez?

—Sí, me operé las pechugas en Suiza, me las reduje. Posiblemente en una época en que pocas personas hacían eso, pero me era incómodo y lo hice. Hoy es muy habitual y me alegro que las mujeres busquen la forma de sentirse y verse bien.

—¿De qué vives?

—Del arriendo de una casa que me regaló mi papá. El departamento en que vivo lo compramos con la venta de un auto cuando llegamos de vuelta a Chile.

—O sea, ¿eres una pituca sin lucas?

—Exacto.

—¿Cuál es tu palabra favorita?

—Ideal

—¿Eres o fuiste una persona ambiciosa?   

—No. ¿Es ambición querer que te quieran? Tampoco es ambición querer ser una bailarina famosa. En general no tengo ambiciones, nunca las he tenido. Cuando era diplomática tampoco pretendía nada. Los embajadores siempre nos adoraban porque nunca competíamos con nadie.

—¿Te importa lo que diga la gente de ti?

—No. Alguien me dijo que en internet había frases cargantes hacia mí. No me interesa saber qué. A estas alturas uno aprende qué es lo importante y qué debe obviarse.

—¿Cuál es la característica humana que más valoras?

—La bondad.

—¿Y la que más detestas?

—Cada persona tiene facetas positivas y negativas. Trato de fijarme en las que aportan. Si tuviera que decir algo que me incomoda, es la pretensión. Esa necesidad de aparentar lo que no se es.

 —¿Cuál es tu mayor cualidad?

—Ser positiva. Para qué andar contando sobre enfermedades o penurias.

—¿Y tu mayor defecto?

—No puedo pensar en ningún defecto, capaz que ese sea mi mayor defecto, no reconocer ninguno.

—¿Los temas valóricos han cobrado gran relevancia, qué opinas del aborto?

—Quién soy yo para opinar que es bueno o malo en un tema tan delicado y personal. Cada uno tiene sus razones y tendrá que lidiar con las decisiones que tome en la vida. Yo no juzgo a nadie

—Vives en un mundo muy cosmopolita. Un espacio en que existen muchos homosexuales, ¿qué te pasa con ellos?

—No me generan conflicto. Cada uno es dueño de hacer lo que quiera con su vida y con su cuerpo. Tampoco creo que hayan decidido serlo para molestar a alguien. Unos nacen con ojos azules, otros tienen el pelo café y otros son homosexuales. Es solo diversidad.

—¿Te interesa la política? ¿Tienes preferencia por algún partido?

—La política no me gusta. Me produce rechazo. Podrían hacerse cosas maravillosas, pero suceden muchas más espantosas. Igualmente, quiero saberlo todo y leo el diario entero cada mañana para tener opinión. A mí me catalogan de momia, pero de momia no tengo nada. Comparto muchas ideas con todos los partidos, especialmente con el Socialista. Yo me considero intermedia.

“Dentro de todo tengo una vida muy buena sin haber hecho nada. He vivido como rica sin serlo, en un mundo de lujos y de refinamientos. Fui al colegio más elegante de Santiago y no me faltó nada. Tampoco les doy importancia a las cosas materiales, no me llaman la atención. Nací así y no es prepotencia, es solo que no tengo hambres atrasadas”, comenta Julita sobre la etapa que vive hoy.

—¿Cuáles han sido tus mayores alegrías y tus mayores miedos?

—Yo era de una alegría infinita, siempre muerta de la risa, adorando todo, nunca veía nada triste, aunque mi niñez no fue fácil. Mis papás se llevaban muy mal. Muchas veces en la noche me sentaba fuera de su pieza porque creía que tenía que salvar a mi mamá, cosa que obviamente nunca pasó, pero me generaba una gran angustia. Tampoco fue algo que me dañara, no me marcó ni me puse amarga.

Hoy, a pesar de ser una persona alegre, me tortura mucho la idea de la muerte. Eso me impide ser feliz. Entro al salón de mi departamento, veo tantas cosas y me digo, para qué si me voy a morir. Estoy todo el tiempo pensando en ella, mañana, tarde y noche, es casi obsesivo. Después lo borro, me olvido de eso, pero me nace nuevamente. Estoy segura que es la vejez, porque yo no tengo un motivo para ser infeliz. He sido más feliz que desgraciada, no me puedo quejar. Hoy soy autosuficiente y hago todo yo, pero en algún momento me puede pasar algo y la independencia es sagrada para mí. Lo último que se me ocurre es pedir ayuda.

—¿Qué pasó con lo que te dijo el padre Gabriel Guarda, en relación a que comparas al Cielo con París?

—Qué lindo, pero no pienso que sea París.

—¿Qué te gustaría que dijera tu epitafio?

—Ha sido una vida tan intensa, tan maravillosa. Podría ser ¡Que viva el champagne!

—¿A los 96 años, te sientes más sabia?

—No más sabia, pero sí más consciente de todo lo que les sucede a los seres humanos en la vida. Uno siempre aprende, he visto muchas cosas pasar pero he sido siempre de la misma forma, tratando de no hacer daño a nadie y acogiendo a todo el mundo.