Aparece como si fuera un clown sin disfraz, comentando el partido del día anterior o lanzando pasos de Wachiturro como si fuera bailarín de programa de talentos. Los cientos de niños que atiende el Centro de Transplante y Oncología Integral, Troi, del Hospital Calvo Mackenna lo miran desde sus camas y sillas de ruedas como el tío de la tele que, de alguna manera, llega para cumplir sus sueños, para sacarlos un rato de la rutina de las largas sesiones de radio o quimioterapia. Cada quince días por lo menos, generalmente los sábado, Julián Elfenbein (40) se levanta temprano como si tuviera que ir a TVN para conducir el Buenos Días a Todos. Llega con regalos y, junto a la doctora Julia Palma, recorre la unidad de transplantes o la de tratamientos ambulatorios. “Converso con cada uno de ellos, me río, se ríen, les cuento chistes, hablamos de la vida, de fútbol, de cualquier cosa”.
—¿Es difícil sacar risas frente a cuadros de salud tan adversos?
—Más que difícil, doloroso. Pero generalmente son los propios niños los que te dan la fuerza.
—¿Cómo se inició esta relación, este padrinazgo?
—No recuerdo bien el día exacto. Pero fue hace un año más o menos. Me llamó el director ejecutivo del proyecto, junto a la doctora Julia Palma, una de las expertas en transplante de médula ósea y de tratamientos específicos de cáncer infantil… Me pidieron que fuera embajador de los niños con cáncer que atiende el Calvo Mackenna. Este es un hospital del sistema público, atiende casos de vulnerabilidad social y me interesó, por supuesto. Pero antes les pregunté por qué querían que fuera yo.
—¿No estaba seguro?
—No, al contrario. Pero fue bueno saber que me lo pedían no tanto por ser una figura de televisión, sino por mi historia personal.
En agosto de 2004, después de una caída por accidente en el programa Acoso textual, se le diagnosticó un tumor cerebral de más de tres centímetros que requería intervención quirúrgica urgente. Nervioso, pero confiado, partió a Alemania para someterse a una compleja cirugía. Después de siete horas y media de operación, el tumor fue extirpado en su totalidad sin comprometer nervios ni estructuras vecinas. Pese a que perdió la audición del oído izquierdo, se estableció que no eran necesarios nuevos tratamientos para erradicar la enfermedad. Fue un duro momento para el animador, porque se temía que pudiera quedar con secuelas faciales. Recién casado con Daniela Kirberg, con quien tiene ahora dos hijos, Benjamín y Sarah, los doctores celebraron su capacidad para sobreponerse. No era la primera vez que Elfenbein enfrentaba un episodio traumático: en 1996 sufrió un accidente automovilístico en el que murió su novia Soledad Ariz y en el 2010 su padre, Salo, no pudo contra un paro respiratorio. “Es una historia sabida de cómo pude enfrentar un cáncer. Y en ese contexto, mi experiencia es un ejemplo de cómo dar vuelta la página. Somos personajes públicos, representamos un montón de causas, pero ser embajador de este proyecto puntual me emociona mucho”.
—Imagino que hay casos y situaciones que le mueven el piso, que lo quiebran.
—Siempre. A veces uno está con un niño, conversando, pasándolo bien. Y cuando vuelves a los días después, te dicen que ya no está, que no resistió. Se me viene a la cabeza el Benjita, que estuvo grave y que les pidió a las enfermeras que lo fuera a ver… Estuvimos juntos, pero a los días empeoró…
—Pero también deben haber casos de recuperación y optimismo.
—Claro. Y eso reconforta mucho. Como Millaray, una chica que logró salir adelante y ahora ya está en su casa. Esto no es sólo dar, uno recibe mucho de estos niños, de su historia, de sus padres. La mayoría es gente de provincia que debe quedarse por mucho tiempo en la capital. Además, está el cómo conseguir recursos del mundo privado, pedir ayuda a la prensa, las campañas y los eventos. Este modelo de hospital, que se inspira en un método de recuperación estadounidense, está fundado en la idea de que la risa, el pasarlo bien, es una de las mejores terapias de sanación. Con enfermedades tan delicadas como la leucemia por ejemplo, que requieren de quimioterapia y a veces de transplantes, no sólo basta con lo médico, sino también con las condiciones ambientales.

RISOTERAPIA, MUSICOTERAPIA, LECTURAs GUIADAS, salas equipadas para que los niños sigan con sus estudios. Las nuevas dependencias del Troi, que serán inauguradas el próximo 27 de noviembre, son versátiles y alegres. Están diseñadas por arquitectos que le dan prioridad a la luz y el color, de acuerdo al trabajo realizado por Fundación Vivir + Feliz junto a los hospitales Luis Calvo Mackenna y St. Jude Children’s Research en Memphis. Para lograrlo, han recibido el trabajo voluntario y el aporte de Badia & Soffia Arquitectos, la constructora Boetsch, y el diseño de Orlando Gatica, entre otros. “El optimismo, la alegría de vivir, es fundamental en la recuperación. Yo he pasado por muchas cosas en mi vida, pero me quedo con la sensación de que las experiencias duras son una lección”.
—¿Aparte de la fortaleza personal, qué fue lo más importante en su recuperación?
—Mi familia, mis amigos, mi entorno, la gente. Recibí mucho cariño del público. Fue súper importante, pero ahora miro para atrás y me doy cuenta de que fue una experiencia más en la vida… Lo miro sin mayor dramatismo.
—Muchas veces la televisión agrega cierta idea equivocada de que todo es felicidad entre la gente de la tele…
—Puede ser.  Pero mi vida no es sólo lo que hago en cámara. Tengo una familia, una productora, hago mil cosas más. La verdad es que no ando de galán por la vida. Prefiero jugar con la ingenuidad, autoflagelarme, reírme de mí mismo. Ese es el humor que me gusta, medio perno.
—En un momento se dijo que José Miguel Viñuela llegaba a TVN para ser el siguiente animador del matinal. ¿Le molestó?
—Para nada. Entiendo que es parte del medio televisivo. De hecho, cuando me cambié de Chilevisión también empezaron a molestar a Felipe. Cuando llegó José Miguel fue muy bueno, porque en el canal había una necesidad en el staff de animadores. Con la Karen estábamos haciendo tres programas cada uno al mismo tiempo.
—¿Qué fue lo más difícil de tomar el lugar de Camiroaga?
—No lo sé. Justo había reemplazado a Felipe un par de semanas antes del accidente, él estaba de vacaciones en Chillán y después vino lo peor. Mucha gente me decía: Compadre, no te vayas a poner ahí. Di que no’. El equipo estaba destruido emocionalmente. Imagínate, murieron cinco personas. Obviamente, imposible decirle ‘no’ a eso. Yo sabía el costo que significaba, que seguramente al día siguiente vendrían las comparaciones. Cuando alguien se va de la manera de Felipe, aparece una idealización  muy fuerte.
—¿Qué cosas le gustaría tener de Felipe?
—No te podría contestar qué cosas tengo yo y qué tenía el otro. Lo que puedo decir, con toda humildad, es que me puse en su lugar con mucho amor. Y ahora agradezco el cariño del público. Aun así, creo que hay elementos que compartíamos con Felipe: el humor, el ser payaso, eso de andar disfrazado por la vida, esa era una escuela un poquito de él. Partimos juntos en el Pase lo que pase, hicimos muchas cosas y varias de ellas se mantienen. Pero en Felipe había algo que era sólo suyo: era un galán, un soltero. En ese sentido, éramos distintos: yo en cambio tengo un matrimonio de diez años…
—Y en términos de equipo, ¿qué ha sido lo más duro?
—Obviamente, hay cosas que no se superan. Pero lo que más cuesta es el hecho de mantener una actitud constante. Si recuerdas mucho a las víctimas, el público piensa: Cómo tan pegados, cómo no salen adelante. Y si te ríes, se preguntan: ¿tan rápido los olvidaron?

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