Sucedió en Bélgica hace un par de años, en pleno gobierno de Sebastián Piñera. Dos de los chilenos que más lejos han llegado en una multinacional, amigos desde la época del MAPU a comienzos de los ’70, se juntaron a comer en Bruselas. Eran Máximo Pacheco, vicepresidente senior de International Paper, y Juan Rada, vicepresidente de Oracle. Acostumbraban a verse en cualquier ciudad del mundo —a comer, a tomar un trago y fundamentalmente a hablar de Chile—, pero ese encuentro fue diferente, de definiciones.

“Se dio una conversación realmente importante”, relata Rada desde Redwood City, California. “Había finalizado el período de la Concertación y juntos decidimos que debíamos regresar a Chile antes de estar en una silla de ruedas. Y que no debíamos preocuparnos tanto de nuestras propias billeteras. Hay muchas cosas todavía por hacer”.

Pacheco regresó a fines de 2013. Se compró la casona de la familia Chadwick en calle Presidente Errázuriz de Las Condes y el 11 de marzo pasado, en un gesto definitivo en cuanto a echar raíces, asumió como ministro de Energía de Michelle Bachelet.

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Rada retornará a mediados de junio, poco a poco, y se instalará en la casa de su amigo Iván Mimica. Recién jubilado de Oracle, donde trabajó durante 15 años en cargos de primer nivel, llegará a formar parte del Consejo Nacional de Innovación para la Competitividad. Y a liderar un proyecto académico en el área de la modernización del Estado y las políticas públicas. Su objetivo es trabajar, desde varios frentes, para que Chile siga avanzando: “La inequidad es una expresión de un problema que es más complejo y profundo. Tiene que ver con los desafíos de un país en vías de desarrollo que quiere ser desarrollado. Y, en ese tránsito, la gran mayoría se queda estancado”.

Antes de afincarse en Santiago, sin embargo, este hombre de 63 años cumplirá con uno de los rituales que ejecuta sagradamente dos veces por año: una ruta de trekking. El 1 de junio aterrizará en Lima para viajar al norte de ese país y escalar la cordillera blanca de Perú durante unas dos semanas, en un viaje organizado por una empresa especializada de Berkeley. No es una ruta fácil, pero Rada es un experto: ha escalado a cimas tan complejas como la del Kilimanjaro en Tanzania.

Magallánico nacido un 1 de mayo de 1951 —le encanta regresar a su lugar de origen—, creció mirando el mar y con la conciencia de los mitos y realidades de los océanos que tan bien se aprecian en la literatura. De esa infancia en Punta Arenas, quizá, proviene una obsesión que lo acompaña hace cuatro décadas: coleccionar mapas antiguos del sur del mundo que, más allá de su función de guías geográficas, son verdaderas novelas de aventuras de otra época.

Tiene más de 600 y grafican los orígenes de Chile, la Patagonia y América Latina. Los ha conseguido, de a poco, escarbando en librerías de viejos y anticuarios de distintas ciudades del globo, entre una y otra reunión. En 2003 mostró parte de su tesoro en una alabada exposición en el Museo de Bellas Artes que inauguró el entonces presidente Ricardo Lagos Escobar, un buen amigo suyo.

—¿Cuál fue su última compra?

—Uno muy importante: el primer mapa de América Latina publicado en Inglaterra.

Egresó del colegio y entró a la Católica, donde estudió sociología y economía a fines de los ’60. Y fue parte de esa generación de jóvenes de izquierda que conformaron el MAPU. En los años de la reforma universitaria y su implementación, Rada fue representante de los estudiantes ante el Consejo Superior, un dirigente conocido y destacado. Y justamente por ese reconocimiento político fue que después de 1973, con el Golpe, tuvo que asilarse sin terminar sus estudios. Primero se refugió en la Embajada de Venezuela en Santiago, pero finalmente partió a Europa. Y después de 10 días en Francia, llegó a Inglaterra. Sus postgrados en la Universidad de Londres fueron un paso clave para desarrollar una carrera que lo llevó a ser, muchos años más tarde, decano fundador de la escuela de negocios IMD de Lausana, una ciudad suiza ubicada a orillas del lago Lemán.

En los ’70 siguió ligado al MAPU desde el exterior y también fue parte de su extinción estructural a fines de esa década. Recién en 1983 tuvo autorización del gobierno de Pinochet para regresar a Chile —su nombre salió en esos listados largos que se leían en la radio— y lo hizo en 1984. Pero llegó solamente de visita: “Ya trabajaba en el área de la tecnología y, en esos años, había muy pocas posibilidades de volver a Chile a desempeñarme en ese sector”, explica Rada. “Si no, probablemente habría retornado mucho antes”.

En esa época el chileno se había vinculado al Club de Roma, ONG fundada por científicos y políticos dedicados a pensar el futuro del mundo a largo plazo y de manera interdisciplinaria. El diario El País de España publicaba en junio de 1982 un artículo anunciando el estudio Microelectrónica y sociedad.  En esos años en que en Chile se hablaba poco de computación y tecnología, Rada era uno de los coautores de ese informe que se presentó en ciudades de toda Europa.

Fue de la Concertación y ahora se siente parte de la Nueva Mayoría, aunque dicen que sus redes son transversales y llegan a diferentes sectores, también de la derecha profunda. No le ha tocado trabajar con Bachelet, aunque la conoce, y vino a Chile especialmente para votar por ella en segunda vuelta “para que sacara la mayor cantidad posible de votos y pudiera mantener ordenada a la coalición”. Observa con interés los nuevos liderazgos del sector y entre ellos destaca al ex ministro de Hacienda Andrés Velasco, a la alcaldesa de Santiago, Carolina Tohá, y al senador PPD Ricardo Lagos Weber. A todos los conoce de cerca, aunque prefiere no definirse todavía por alguno de ellos para la presidencial 2017.

Maneja en detalle lo que sucede en Chile y está informado a fondo de la coyuntura. A lo largo de la conversación muestra tener claro el diagnóstico y los caminos que cree deben seguirse para continuar avanzando: “El problema prioritario es el cambio de la matriz productiva. Chile no puede seguir siendo básicamente monoproductor minero, dependiente del cobre como lo fuimos del salitre. Y esto no es un problema exclusivamente de la derecha o la izquierda”.

Agrega Rada: “Necesitamos una reforma tributaria para financiar la educacional, pero también saber cómo vamos a cambiar nuestra matriz. Si creamos una universidad para tener mejores recursos humanos debemos procurar brindarles trabajos de mayor calidad. No se trata de un asunto simplemente de calificación. Corremos el riesgo del llamado Síndrome de Buenos Aires, donde hasta el taxista es graduado en Física”.

Le parece que la reforma tributaria era necesaria, aunque señala puedan discutirse ciertas aristas, como la eliminación gradual del FUT: “Y no se trata de un problema de más mercado o más Estado, de cambio de modelo, sino de hacer lo que los países desarrollados hicieron hace muchos años y que modernizaron sus economías. En esos casos no se atentó contra la propiedad privada, como algunos sugieren”. Rada reitera, sin embargo, que no es un dilema de unas leyes más o unas leyes menos, que el desafío es todavía más profundo y tiene que ver con sentar las bases del nuevo ciclo: “Las discusiones políticas son relevantes, sin duda, pero en nuestra historia van a ser anecdóticas, si no resolvemos los problemas de fondo”.

Casado con una norteamericana, Peggy Rada, se le nota entusiasmado con su retorno a Chile y lleno de proyectos. Cuenta que han sido jornadas emotivas: el martes 13 de mayo pasado, en las oficinas centrales de Oracle de California, se le ofreció una recepción de despedida, donde estaban presentes los principales ejecutivos de la compañía. Fue un hecho decisivo en este camino de regreso que comenzó hace años en esa cena de Bruselas junto a su amigo Máximo Pacheco.