El abogado Juan Pablo Hermosilla lleva ocho años dando una de las batallas legales más duras de su vida y una de las más relevantes dentro de la historia chilena: el caso de abuso sexual en contra del sacerdote Fernando Karadima. Lo que en 2010 partió como una acusación en solitario de parte de tres profesionales, como son el médico James Hamilton, el sociólogo José Andrés Murillo y el periodista Juan Carlos Cruz, tomó ribetes insospechados, que incluso lograron derribar en las últimas semanas a altos poderes dentro de la Iglesia Católica chilena, entre ellos al Obispo de Osorno, Juan Barros, ex brazo derecho de Karadima, que se vio obligado a presentar su renuncia a Roma.

A la luz de las evidencias, la Iglesia local se fue desmoronando y perdiendo fieles, lo que quedó en evidencia en enero pasado, tras la histórica visita del Papa Francisco a Chile. Fue precisamente ese viaje el que encendió la chispa para que el Vaticano iniciara una investigación exhaustiva sobre posibles actos de encubrimiento de parte de la alta jerarquía de la Iglesia Católica chilena respecto a los delitos de abuso sexual cometidos por personeros de sus filas, situando el caso al nivel de lo ocurrido en las arquidiócesis de Boston, Irlanda y Australia.

Finalmente, el pasado 11 de abril, el Papa se dirigió a la prensa mundial y reconoció que había cometido “graves equivocaciones de valoración” en el caso del supuesto encubrimiento de abusos sexuales en la Iglesia chilena. En una carta enviada a la Conferencia Episcopal, pidió perdón a todo el que pudiese haber ofendido: “Ahora, tras una lectura pausada de las actas de dicha ‘misión especial’, creo poder afirmar que todos los testimonios recogidos hablan en modo descarnado, sin aditivos ni edulcorantes, de muchas vidas crucificadas y les confieso que ello me causa dolor y vergüenza”.

El lunes 11 de junio de 2018, dos meses después de que el Papa hiciera este reconocimiento público, Santiago amaneció marcando las temperaturas más bajas del año con -4ºC. Esa mañana, nos reunimos en la oficina del abogado Juan Pablo Hermosilla, ubicada en el quinto piso de un moderno edificio de Vitacura. La conversación es pausada, densa.

—Usted no quería dar esta entrevista, me la dilató un buen tiempo…

—Es que dado el momento que se está viviendo en relación a los conflictos por abuso sexual de parte de la Iglesia Católica, el protagonismo debe ser de quienes han tenido la valentía de denunciar. Esas personas son mis clientes. También están sucediendo cosas con quienes eran autoridades dentro de la Iglesia y que hoy son cuestionadas. El rol de los abogados debe ser secundario…

—¿Este es el caso más complejo que le ha tocado? Hablamos de confrontar el poder de la Iglesia Católica en Chile.

—Sí. Hay complejidad en todos los casos de abuso sexual, por el rol que tiene el sistema legal frente a esas personas que vienen muy aporreadas, lo que genera, con toda razón, mucha tensión mediática y una alta dosis de estrés, tanto en los clientes como en los abogados. Además, frente al poder que ha tenido y tiene la Iglesia Católica en Chile, ha sido particularmente difícil.

—La primera medida que tomó el Vaticano fue la salida del Obispo Juan Barros, ¿qué le parece?

—Es lo que se esperaba. El Obispo Barros fue la chispa que desató el incendio, por lo tanto que se haya pedido su renuncia es una cosa concreta y buena. En Roma mis defendidos fueron claros en la conferencia de prensa, dijeron que estaban muy agradecidos con lo que les dijo el Papa, que sentían que eran acciones muy reparadoras; sin embargo, respecto a la Iglesia Católica chilena insistieron que debían existir hechos concretos, sino serían palabras que se las llevaría el viento. A propósito de las denuncias de abuso encubierto en Valparaíso y otras diócesis, esos temas van a superar con creces lo ocurrido con el Obispo Barros.

—Entonces confirma que esto sería el comienzo de algo más profundo a lo que debemos estar alerta.

—Está apareciendo mucha información que antes estaba retenida. Hay que estar atentos y esperar que el Estado, como le corresponde, haga las investigaciones en profundidad y no se quede en la apariencia de las cosas, sino que investigue no solo la ocurrencia de hechos aislados, más bien que vea si hay relaciones entre unos y otros. Hubo personeros dentro de la Iglesia que supieron estas cosas antes, entonces es importante entender por qué estos hechos no se denunciaron. Hay un rol del Estado chileno que está en deuda y debe ponerse al día con las investigaciones contenidas en la demanda civil.

—A la luz de los hechos que se han destapado en las últimas semanas, en las diócesis de Rancagua y Valparaíso, el Caso Karadima es la punta del iceberg de una Iglesia colapsada de casos de abusos sexuales y de poder. ¿Se hará parte de estas nuevas causas?

—Son situaciones en que a veces se actúa de forma coetánea, pero creo que hay procesos sociales complejos que están en marcha que permiten que todo esto se sepa y se investigue. Es simplificar la situación sostener que nosotros somos los que precipitamos las cosas, hemos actuado en sincronía con ciertos cambios culturales que han ocurrido. En relación al tema de si nos vamos a hacer parte, eso más bien corresponde a la labor de la Fundación Para La Confianza que ha estado apoyando muchos de estos casos, especialmente respecto del derecho que tienen las víctimas de abuso de saber la verdad de por qué realmente ocurrieron las cosas de determinada forma. Y desde ese punto de vista la Fundación va a estar presente en esas investigaciones.

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LA TRAMA DEL OCULTAMIENTO

Desde que se inició la denuncia contra Karadima, el abogado Juan Pablo Hermosilla ha luchado por imponer la tesis, con la que dio desde muy temprano, que se relaciona con una política sistemática de encubrimiento por parte de la jerarquía de la Iglesia Católica chilena frente a los delitos de abuso sexual. Una práctica que se habría instalado hace varias décadas en nuestro país. Hermosilla también logró ser escuchado por el Papa en Roma. Viajó junto a las tres víctimas que representa a Santa Marta, residencia oficial y el lugar más íntimo y reservado que ostenta la máxima autoridad eclesiástica. El Sumo Pontífice mostró hacia las víctimas la empatía que faltó todos estos años de parte de las máximas autoridades de la Iglesia en Chile. Mantuvo reuniones individuales, así como conversaciones grupales. Bastó solo un par de días en Roma para dar vuelta la historia de la Iglesia Católica chilena en 360 grados. “Una cosa que me impresionó mucho de los días que estuve en Santa Marta es que nunca había escuchado a un Papa pidiendo perdón, no solo por los daños causados por la Iglesia, sino por los daños que produjeron sus palabras y declaraciones. Eso lo encontré notable”.

Hay un antes y un después de Santa Marta. Luego el Sumo Pontífice convocó a todos los obispos chilenos para comunicarles sus conclusiones sobre la indagatoria realizada al Obispo Juan Barros, investigación sobre el encubrimiento de los abusos sexuales cometidos por los representantes de la Iglesia Católica en Chile, que fue encabezada desde febrero por el enviado especial, el Arzobispo de Malta, Charles Scicluna, considerado el mayor experto en delitos sexuales dentro de la Iglesia Católica mundial (fue quien dirigió la investigación que condujo a Benedicto XVI a sancionar al fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, por sus crímenes de pederastia), que está recogida en un informe de 2.300 páginas –con 64 testimonios— realizada junto al notario eclesiástico, el sacerdote español Jordi Bertomeu, y que caló profundo esa mañana del 11 de junio, cuando vieron caer al Obispo de Osorno, Juan Barros, tras verse obligado a presentar su renuncia al Vaticano.

Los 34 obispos activos del clero chileno “ofrecieron” su renuncia y pusieron su destino en manos del Pontífice. Según consignó The
New
York
Times, “esta es la primera vez en la historia que una Conferencia Episcopal presenta por completo su dimisión por un escándalo, con lo que pone de manifiesto el daño que el caso ha provocado no solo en la Iglesia Católica en Chile, sino al conjunto de la institución”. El diario estadounidense asegura que el Papa habría acusado a la jerarquía eclesiástica chilena de destruir evidencias de delitos sexuales; de presionar a los abogados de la Iglesia para reducir las acusaciones; y de “grave negligencia” en la protección de los menores ante los sacerdotes pedófilos. En un demoledor documento de diez páginas entregado durante su reunión con los obispos chilenos, Francisco apuntó que ellos eran colectivamente responsables de los “graves defectos” en el manejo de los casos de abusos y de la consiguiente pérdida de credibilidad de la Iglesia Católica en Chile. El Pontífice les dijo: “Nadie puede eximirse a sí mismo y colocar el problema sobre los hombros de los demás”.

—Desde marzo de 2010, cuando realiza la denuncia contra Karadima, se producen represalias en contra de sus clientes y aparece una red de protección entorno al sacerdote. A la luz de los años, ¿cuáles fueron esas amenazas y la red de protección que lo defendió?

—Una persona que abusó durante años de menores de edad lo pudo hacer solo por ciertas razones. En la investigación oficial de la Ministra Jessica González, aparecen testigos describiendo abusos desde los años ’60, esto significa que se podría armar un continuo desde esa época hasta el 2010. Si ocurrió de esa forma es porque había un grupo que lo apoyaba de manera muy evidente. Un círculo que tenía poder político, económico y mediático, y que usó todas esas herramientas en contra de quienes aparecieron denunciando. Desde ese punto de vista en este caso se sigue un ciclo. En la primera etapa se trata de defender la imagen de Karadima, poniendo las manos al fuego por el acusado. No olvidemos las declaraciones hace años del Senador Manuel José Ossandón, del empresario José Said y de la familia Matte… Mucha gente que en un comienzo salió a apoyar a Karadima. Y al mismo tiempo hay otro grupo que atacó y denostó a las víctimas para desacreditarlas. La primera etapa fue un verdadero acto de matonaje público contra mis clientes. Mis defendidos estaban solos. No tenían ninguna red de protección, salvo estar contando la verdad.

—Pero hay sacerdotes que jugaron roles vitales para esclarecer el actuar de Karadima, entre ellos Hans Kast.

—Kast fue el primer sacerdote del círculo histórico de Fernando Karadima que prestó declaración. El dijo que el párroco era un abusador y describió conductas que eran constitutivas de delito. Además declaró que había que separarlo del contacto con niños y adolescentes. Fue la primera voz interna en la Iglesia que reconoce la veracidad del caso. Esa declaración crea un antes y un después.

—Pero sí hubo sacerdotes que denunciaron estos hechos, el propio Eliseo Escudero hace un informe exhaustivo del caso Karadima, sin embargo, la Iglesia siguió encubriéndolo…
—En mi opinión, los superiores jerárquicos encubrieron los hechos. El rol del sacerdote Eliseo Escudero fue muy importante. Años atrás cuando se le pide investigar la verosimilitud del testimonio de las víctimas, él toma contacto con ellos y emite un informe señalando que las denuncias eran creíbles y graves. Pero frente a ese informe el Cardenal Errázuriz decide no hacer nada. Esa situación para nosotros es muy relevante y es la que ha permitido dar contenido a la afirmación de encubrimiento de parte de la jerarquía de la Iglesia Católica frente a los hechos que ocurrieron. Actos que eran realizados continuamente por Karadima y otros sacerdotes, donde ellos sabían que si eran denunciados no les iba a pasar nada. El propio Karadima relata en su declaración que después de estas denuncias contenidas en el informe de Eliseo Escudero, se junta con Errázuriz quien le dice que no se preocupe que hay denuncias en su contra pero que no van a llegar a ningún lado, que puede estar tranquilo. Esto no es lo único que hace Errázuriz, también da instrucciones a testigos, a través de correos electrónicos, de cómo declarar para que los hechos no parezcan abusos. Toda la preocupación del entonces Arzobispo de Santiago está centrada en que Karadima salga incólume. Es relevante saber por qué Errázuriz quiere que Karadima quede incólume.

—¿Y por qué cree usted que el Cardenal Errázuriz quería que Karadima quedara incólume?

—No sabemos, uno puede suponer cosas. Pero evidentemente es muy importante saber si ya tenía informes de sacerdotes que le decían que investigara, por qué en vez de hacer eso, el Cardenal Errázuriz sencillamente cerró la investigación y no siguió adelante en ese momento con los antecedentes.

—Karadima ya tenía denuncias en los años ‘60 y nunca fue supervisado. ¿La Iglesia lo protegió por ser éste responsable de muchas vocaciones sacerdotales o piensa que él sabe cosas de Errázuriz y Ezzati que ellos temen que denuncie?

—Lo primero lo descarto. El que él haya creado tantas vocaciones sacerdotales con esta conducta delictual de por medio, es motivo de preocupación y no de protección. La razón que intuyo, pero no lo sé, puede ir por la segunda línea, que Karadima supiera cosas. Es incomprensible que Errázuriz y Ezzati no actuaran como correspondía. O ¿por qué en vez de abrir la verdad y proteger a los menores se preocuparon de proteger a los culpables? Un ejemplo muy decidor de por qué decimos que hay encubrimiento es el caso de Cristián Precht, condenado por abuso reiterado de menores y la recomendación de parte del Vaticano fue la suspensión de por vida. Pero Ezzati la reduce a cinco años. Más que especular, se debe tener en consideración que aquí puede haber una especie de red de pedofilia y una comunicación entrecruzada, y que por lo tanto ellos no se atreven a golpear a nadie porque eso puede salpicar al resto. Por eso la Iglesia tiene que investigar. Una cosa es que el Papa diga que hubo encubrimiento. Y lo otro es encubrir. De cara a la historia, la Iglesia Católica chilena tiene que dar una explicación.

—Usted dice que ni Errázuriz ni Ezzati se atraven a golpear a nadie porque esto podría salpicar al resto…

—Nunca hemos sabido por qué se produjo este encubrimiento. Por qué en vez de tomar las acciones drásticas que se merecen tomar para proteger a los niños en contra de abusadores, había esta tendencia a ocultar los antecedentes, a no investigar, a trasladar a los responsables de un lugar a otro sin que tuvieran consecuencias mayores. En ese sentido, hay algunas acciones actualmente en marcha a propósito de otros casos en los cuales se está investigando si es posible que exista una red de protección entre distintas personas que cometían estos delitos y posibilidades de que haya una asociación ilícita. Eso está en manos también de la Fiscalía.

—¿Cree que esta supuesta red de encubrimiento que usted comenta quedará al descubierto en algún momento?

- Sí, deberá quedar en evidencia. Hay una serie de cosas de las cuales no hay precedentes. Cuando fue el caso de Irlanda el Papa se reunió con algunos cardenales, pero esto de llamar a los obispos y hacer una especie de reprimenda pública muestra que está actuando conforme a lo que dijo que haría. El afirmó que fue engañado y eso es grave. Además, reconocer que esos engaños lo llevaron a equivocarse no sólo a él sino que a la Iglesia, es muy relevante. También que el Papa admita que el problema no son solo los abusos sino la cultura del encubrimiento en Chile, sin duda va a tener implicancias en la historia de la Iglesia, así como repercusiones canónicas, y también desde el punto de vista del derecho y la responsabilidad de otras personas que creen que por ser cardenales o ser obispos están por sobre la Ley Civil.

—En ese sentido, ¿qué sanción se podría esperar para el Cardenal Errázuriz y el Arzobispo Ezzati?

—Ellos son los verdaderos responsables de la crisis de la Iglesia Católica chilena, pero no son los únicos. No quiero con esto liberar al resto de los integrantes de la Conferencia Episcopal, porque hubiera bastado con que uno de los obispos levantara la voz el 2010 para denunciar estas acusaciones de abuso, pero nadie dijo nada. Por otro lado, las declaraciones que hizo Errázuriz hace un mes diciendo que no ha hecho nada malo, muestran soberbia y una incapacidad de empatía básica.

“(…) Hay un grupo de personas, entre ellos Errázuriz y Ezzati, que han hecho una verdadera campaña en contra de mis defendidos. Una actitud matonesca. Es cosa de leer la carta que mandó el Cardenal Errázuriz a las Conferencias Episcopales de América Latina, donde dice que nosotros hemos orquestado cosas en contra del Papa, producto del juicio civil, lo que es falso. Tiene la incapacidad de percibir errores propios. Una persona así ejerciendo autoridad es un peligro público, sobre todo si hay menores de edad bajo su influencia”.

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—Finalmente, ¿habrá sanciones legales?

—Va a depender de los hechos. Será interesante averiguar qué documentos, a los cuales hace referencia el Papa, fueron destruidos. Ojalá existan sanciones. Y paralelamente al tema de la Iglesia está el Estado. De acuerdo a la Convención de los Derechos del Niño suscrita por Chile, el Estado tiene obligaciones concretas de resguardo y protección de los niños. No todo el mundo tiene acceso a abogados. Hay que investigar posibles redes, porque aparecen abusos sexuales por parte de los Hermanos Maristas y de otras congregaciones, es evidente que hay una red de encubrimiento y de pedofilia. Una cosa es que el Papa esté actuando de buena fe y con rectitud en términos de enderezar las cosas a futuro, pero eso no significa que pueda superar la justicia eclesiástica y más importante aún, la justicia civil. Aquí no hay ninguna personalidad religiosa con inmunidad, por eso, quien haya realizado actos delictivos tendrá que responder.

—Si la Fiscalía considera que hubo encubrimiento, ¿ustedes tomarán otras acciones legales?

—Hoy lo relevante es determinar primero si hubo encubrimiento, que eso se determine desde el punto de vista civil, y posterior a eso evaluaremos los pasos siguientes.

—¿En qué está el juicio civil y la indemnización que piden sus defendidos al Arzobispado chileno de $450 millones?

—El juicio civil sigue su curso, será revisado por la Corte de Apelaciones próximamente, y estamos a la espera de saber cómo va a reaccionar el Estado chileno frente a eso, vamos a ver si al final acepta nuestra demanda por encubrimiento en contra de la Iglesia. El monto sigue tal cual porque la demanda ya está presentada.

—En la visita a Roma, ¿trataron detalles del juicio civil?

—Sí, pero no se tocó desde el punto de vista operativo. Sin embargo, el Papa no solo pide perdón por sus errores y los de la Iglesia, sino que valida la tesis de mis defendidos sobre la gravedad de los abusos y valida el tema de la cultura del encubrimiento. Siempre hemos sostenido que aquí hubo actos de encubrimiento y hoy día el Papa lo reconoce no solo en este caso, sino como una cultura de encubrimiento generalizada respecto de los actos de abuso sexual perpetrados por miembros de la Iglesia en Chile. Entonces, compare usted esa actitud con la del juicio civil, donde el Cardenal Errázuriz no reconoce ningún error. Ese contraste se verá pronto en la Corte de Apelaciones, porque su superior jerárquico, es decir el Papa, es quien nos da la razón completa y por lo tanto desmiente toda la defensa legal del Arzobispado.