“Es el nuevo cura Berríos”, comentan en los pasillos algunas funcionarias de Un Techo para Chile sobre el actual capellán de la institución Juan Cristóbal Beytía (41), mientras éste posa para las fotos. Muchos coinciden en ello, no sólo porque Beytía ha seguido —en parte— los pasos de su gran amigo y fundador del ‘Techo’ Felipe Berríos; ambos son, además, carismáticos, de estilo informal, opinantes y, en ocasiones, cuestionadores de la doctrina de la Iglesia, lo que a Berríos le valió incluso una denuncia ante el Vaticano por parte del cardenal Ezzati.

Es el mayor de seis hermanos, ex alumno del San Ignacio e ingeniero civil UC. No fue sino hasta el cuarto año de universidad que sintió la vocación del sacerdocio. “Siempre tuve contacto con los jesuitas, pero jamás se me pasó por la cabeza ser cura. Tenía polola, una comunidad CVX de amigos muy chora, con los que hacíamos trabajo social en La Pintana, que me hizo encontrarme con la pobreza y darme cuenta de que podía transformar vidas… Empecé a sentir cierta insatisfacción, y me di cuenta de que los momentos de más alegría y despliegue personal, eran aquellos de entrega: trabajos de verano, de invierno, las misiones… Al final te planteas por qué no hacer de esto toda la vida”. Así se decidió; entró al seminario en marzo de 1994, a los 22 años.

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Hace un año y medio asumió como el nuevo capellán de Techo —que desde su creación (2007) ha entregado más de cinco mil viviendas sociales— donde se planteó los objetivos de dejar una huella en quienes trabajan allí y, como buen ingeniero, hacer un ordenamiento interno de los procesos para transformar la institución en una de ‘clase mundial’.

Su debut en el cargo no fue fácil. A poco andar debió enfrentar el terremoto de Iquique, luego el incendio de Valparaíso y ahora la catástrofe en el norte. “Desplegamos equipos en terreno apoyando en el catastro de los daños, para así ir tomando decisiones con información fidedigna… La situación era muchísimo más grave de lo que nos habían informado en un comienzo. Lo que significa un aluvión que arrasa con todo y, por otro lado, las desapariciones; es muy terrible no poder enterrar a tus muertos, no saber en qué condiciones desaparecieron, si sufrieron o no. Creo que ha sido de lo más grave que hemos tenido”.

—Sin embargo, dio la sensación de que las autoridades intentaron minimizar la gravedad al decir que no tenía comparación con el 27-F.

—Aún no dimensionamos la magnitud. El temor es que comunicacionalmente termine desinflándose, como ocurrió con el incendio de Valparaíso que dejó a Iquique sepultado en el olvido; ¡nadie sabe cómo quedó Tocopilla, por ejemplo!

—¿Cuánta responsabilidad le cabe a la Onemi por no anticiparse?

—Una Onemi pendiente de la sequía en el sur, del volcán Villarrica, no sé cuánta capacidad tenga de reacción y de previsión, de anticipar escenarios; ahí nos falta astucia y también más gente. Sin embargo, como país hemos ido aprendiendo, estableciendo mejores normativas… Hoy tenemos la capacidad de prever, pero aún no alcanzamos a definir los escenarios que se pueden provocar. Así como fuimos mejorando en materia de construcción a partir de los terremotos, ahora sabemos que se deben hacer obras de prevención en las grandes quebradas, en los valles transversales del Norte Chico…

—Esta tragedia mostró la cara profunda de la pobreza. ¿Qué tan lejos estamos de esa sociedad a la que aspira el Techo?

—Uno de mis miedos es que al existir mayores ingresos y más clase media, nos olvidemos de que hay una población rezagada. Uno de cada cinco chilenos es pobre; eso debería avergonzarnos porque somos un país que tenemos un ingreso per cápita cercano a los 23 mil dólares, que si se repartiera de manera equitativa, no generaría esta desigualdad tan grande.  

—¿Por dónde pasa el emparejamiento de la cancha?

 —Las soluciones ya las sabemos y tienen que ver con la educación, con que las capacidades de la gente les permitan mejores empleos y con que las empresas puedan innovar y generar nuevos emprendimientos que aporten. Pero hay una cosa que se nos olvida y que tiene que ver con la pobreza: la desconfianza social, una cierta ruptura al interior de la sociedad.

—Con los abusos que se han conocido, ¿no hay acaso razón para desconfiar?

—No sorprende en Chile —que ha propugnado ideas individualistas durante los últimos 40 años— donde se intenta sacar provecho personal, en que ser pillo, ‘avivarse’ es un valor, se desconfía del vecino y lo que pasa con el otro no importa. Hemos roto nuestras relaciones sociales, y un país que no confía, que no reconoce valor en lo diferente, se atomiza y deja de crecer. Está comprobado que nadie surge sin la colaboración de otros. Esta ruptura se nota en cómo hemos ido segregando la ciudad, poniendo a los pobres a un lado y a los ricos en otro. Entonces cuando físicamente no tienes posibilidad de conocer a uno distinto, terminas teniéndole miedo.

—¿Ve alguna salida?

—La apuesta del gobierno es que la gente se encuentre en el colegio, pero la resistencia ya la vimos en las protestas y en la misma reforma educacional. No se puede hacer país así; tampoco transmitir esos temores a las próximas generaciones; sería embarrarles la vida e hipotecar el futuro de Chile. Tenemos que encontrarnos.

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Para Beytía ha sido un drama constatar la caída del ser humano, que no logre vencer las pasiones del aprovechamiento simbolizado hoy en los casos Penta, Caval, Soquimich, La Polar, entre otros. Sin embargo, considera interesante que se sepa, que la gente opine y se manifieste. “La ciudadanía tiene razones para reclamar y hacer valer sus derechos; por ese lado nos hemos ido… Pero el paso siguiente debiera ser hacerse cargo de sus deberes. Frente al drama de Atacama costó que reaccionaran y ayudaran; el aporte de la gente no fue el que se habría esperado frente a una catástrofe de esta magnitud”.

—Pero los chilenos suelen ser solidarios.

—Puede que los medios hayan ido lentos con la información al tratarse de una noticia en desarrollo, pero también tiene que ver con una suerte de individualismo generado por el Estado que con presupuesto grande, dice: “nosotros nos hacemos cargo”. Esa postura permite que la gente prescinda de colaborar porque ya pagó sus impuestos; al final se genera una relación clientelista. Ese discurso nos daña. Creo en un Estado que garantiza derechos, pero si eso no va de la mano con espacios de participación ciudadana, se transforma en un mero proveedor de servicios.

—Quizá la ciudadanía está tan molesta e incrédula de las instituciones, que ya ni siquiera empatiza con el drama ajeno.

—Hay una crisis de autoridad muy profunda. Antes recaía en las personas mayores, después en los que estudiaban. Hoy la autoridad se funda en la coherencia; en ser consecuente entre lo que se dice y hace. Es lo que se pierde cuando el político defiende intereses particulares o cuando un sacerdote rompe la confianza de sus fieles ya sea abusando de menores o ejerciendo abuso de poder, porque traiciona aquello propio del sacerdote, que es ser pastor.

—Al parecer la gente no está creyendo en nada, sólo en su capacidad de organizarse para ejercer los cambios.

—Estamos necesitados de liderazgos que escuchen, entiendan, que nos digan hacia dónde sería bueno caminar. Aquí no hay que generalizar, no se puede meter a todos en un mismo saco. Necesitamos que aquellos políticos, padres de familia, empresarios coherentes empiecen a aparecer y nos muestren un camino, independiente de las lucas que tengamos. Porque lo curioso, es que soñábamos con tener plata, y ahora que la tenemos, ¡no sabemos qué hacer con ella!; ninguna idea hacia dónde queremos construir, cómo relacionarnos, qué valores debieran primar en esta patria. La concepción del ser humano se redujo solo a sus dimensiones económicas y necesidades básicas; nos tragamos una imagen absolutamente reductiva, y ahora no sabemos qué hacer ni siquiera con nuestro tiempo libre. Vivimos el drama de un país sin propuestas, y no sé si hay alguien que esté haciendo esa pega.

—¿Qué esperanza queda entonces?

—Hay dos posibilidades con esta crisis: nos hundimos o empezamos a darle sentido a este país, más profundo, humano, sin dejar a nadie afuera. Espero que aquellos que pueden hacer de reserva moral se manifiesten. Hay líderes políticos, religiosos, gremiales, estudiantiles. Es hora de compartir ideas sobre el Chile que queremos.

—La Iglesia tampoco hace mucho para recuperar la confianza al nombrar como obispo de Osorno a Juan Barros, cuestionado por su cercanía con Karadima.

—La jerarquía de la Iglesia no ha captado que el laicado, los ciudadanos de hoy, no son los mismos de hace 50 años. Hoy tienen más educación, información. En el caso del obispo Barros, quienes se oponían señalaron razones, sus objeciones estaban fundamentadas, y lo que recibieron de respuesta fue que será el obispo y punto. La jerarquía tiene que ejercer un liderazgo que escuche, que comprenda qué pasa con la comunidad que nos pidieron acompañar, y a partir de eso conducir. Con la nominación del obispo Barros perdimos todos: los que estaban a favor, en contra, el propio obispo, ¡todos! Hoy en Osorno hay una comunidad fraccionada, y los culpables hemos sido nosotros.

—¿Por qué no oír al pueblo que es el que conforma la Iglesia?

—Fue un procedimiento mal conducido, por un diagnóstico equivocado hecho por laicos de otra diócesis. Cuando las decisiones respecto de Osorno se toman tan lejos de Osorno, es muy probable que la información sea mala; al final hubo falta de sensibilidad al laicado. Pero te digo algo, teológicamente todos los bautizados tenemos el don del Espíritu Santo y eso significa que al igual que el Santo Padre, obispos y sacerdotes, cuando el pueblo de Dios se manifiesta, puede que el Espíritu Santo esté hablando, por lo tanto, hay que escuchar.

—Usted tiene bastante de Felipe Berríos, hoy investigado por el Vaticano por abrirse al matrimonio homosexual, ¿qué tanto se identifica con él?

—Me considero su amigo, vivimos juntos, dimos retiro en varias oportunidades. Felipe tiene una gracia que a veces no se comprende, y es que él empatiza con muchas posturas de la Iglesia entendiéndola como pueblo de Dios, y las dice. Sobre la homosexualidad, de momento que la aceptamos como una condición, debemos ayudar a que esa persona sea lo más plena posible, que pueda desplegar su capacidad de amar, de trabajar, de reír como todo el mundo…

 —¿Se abre entonces a reconocer el matrimonio homosexual?

—Hablar de matrimonio es otra cosa, depende de lo que uno entienda por matrimonio. Para mí son aquellos que están abiertos a la vida, y en la condición homosexual hay una imposibilidad. ¿Qué significa armar una familia entre homosexuales?, ahí tengo menos claro el impacto tanto para la pareja como para sus hijos. Se me nubla el panorama, pero no me cierro a que puedan armar familia con todos los derechos sociales. Estos temas hay que abordarlos, y la Iglesia para profundizar en su fe, necesita gente como el padre Berríos, capaz de poner preguntas, instalar temas, de cuestionar supuestos. Nos hace bien porque nos obliga a dar razón de nuestra fe.

—Sin embargo, al padre Jorge Costadoat le acaban de quitar la misión canónica para impartir clases en la Universidad Católica por hacer cuestionamientos.

—El avance de la fe a lo largo de la historia ha sido porque nos hemos planteado preguntas, sin éstas, no hay progreso. Nos hace bien que nos cuestionen, que nos planteen interrogantes, que se generen diálogos adultos entre las personas, teólogos, pastores. Lo peor es sentirse atacado; esto provocó un daño porque quedó la imagen de que se dio un golpe de autoridad, y no están los tiempos para eso.

—¿Hacia dónde apuntaban los cuestionamientos del padre Costadoat?

 —Uno de los problemas es que no sabemos por qué le quitaron la misión canónica. En un momento se dijo que había un conflicto entre su libertad de hacer preguntas y enseñar, y la libertad del arzobispo para definir a sus profesores de confianza. Pero después se supo que había objeciones doctrinales, ¡pero no sabemos cuáles! Entre adultos lo que correspondía era decirle al profesor Costadoat aquellas objeciones que no se ajustaban al ministerio, para que tuviera la posibilidad de defenderse o corregirse. Insisto, en la Iglesia necesitamos siempre a personas que planteen preguntas. 

—¿Ve algún costo para la U. Católica en la salida arbitraria de Costadoat?

—Si la universidad no es un lugar para pensar, no es universidad. Si se convierte en un centro de transmisión de conocimientos, no puede llamarse como tal. Para eso mejor buscar en YouTube a algún tipo que te diga qué pensar. Teilhard de Chardin fue un jesuita que tuvo la gracia de vincular la teología con sus estudios de antropología. Dejemos que a ésta le entre la astronomía, la sicología. A la fe tienen que llegarle inquietudes, cuestionamientos, aportes de otros lados.

—¿Cuál es el miedo?

—Hay inseguridad a que la gente se confunda, se aleje, porque parten del supuesto que no entienden o no entenderán. Trabajando con adolescentes he visto que frente a buenas respuestas e incluso a no respuestas, son capaces de aceptar. Hoy la sociedad no espera que el sacerdote sepa todo; imposible. Lo que buscan es que sea coherente con su fe, que sea un pastor, que los entienda y acoja; que sea humano y tenga dudas. Yo tengo muchas.