Tres años se demoró en escribirlo, los mismos tres años que cubre el período de la Unidad Popular. La obra tiene peso. No sólo por las 850 páginas —que en ningún caso debieran desanimar al lector— sino por la maciza investigación que realizó el profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Católica Joaquín Fermandois, bajo el alero del Centro de Estudios Públicos (CEP).

Bajo el sugerente título La Revolución Inconclusa, y con la primera edición prácticamente agotada, no cabe duda de que este texto se transformará en un clásico para todos aquellos que quieran conocer los mil días del gobierno de la Unidad Popular.
Como investigador, Fermandois ha centrado su estudio en la historia ideológica del siglo XX y desde esa vereda, al cumplirse 40 años del Golpe, repasa aquí los hechos que llevaron a Chile a una crisis que aún lo mantiene dividido.

—El ’73 existía la visión por ambos bandos que el país había llegado a una crisis terminal. En ese escenario ¿era inevitable el Golpe?
—En 1973 sólo un acuerdo en el cual una de las dos partes hubiese cedido algo esencial podría haberlo evitado.

—¿Qué pudo ser eso “esencial”?
—Que la oposición aceptara desalentar u oponerse decididamente al Golpe porque el gobierno hubiese convenido devolver gran parte de las empresas intervenidas a sus dueños. Con eso, la idea de crear una economía socialista se aliviaba mucho. Pero el precio para la paz era muy grande. La Unidad Popular no se imaginaba no llegar a una economía socialista, tal como ellos la entendían, es decir, al estilo de los modelos del marxismo. Nunca dijeron que iba a ser algo distinto. A veces insinuaban que habría libertad, pero decían que había libertad en Alemania y la Unión Soviética.

—Se hablaba de la “Revolución con empanadas y vino tinto”.
—Esa fue una expresión del Presidente Salvador Allende. Luis Corvalán en los ’60 había dicho que permitirían algo de propiedad privada. Que les iban a dejar un poco de tierra a los dueños de fundo para que no se muriesen de hambre, pero después no se repitió más. Básicamente la calificación se refería a la creencia de que el camino hacia el Estado socialista iba a ser por camino constitucional, por la vía legal.
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—¿Esa era la convicción profunda de Allende? Porque en el libro se advierte un coqueteo entre la vía legal y la revolucionaria…
—Sí. Por dos razones. A él le gustaba el procedimiento parlamentario, democrático. Era bueno en eso, pero también tenía una nostalgia por la vía armada porque la influencia de Fidel Castro era muy fuerte. Había además un elemento racional: se daba cuenta de que una confrontación de tipo revolucionaria iba directo al fracaso porque provocaría la unidad de un espectro muy grande de la sociedad.

—¿Qué antecedentes hay de que Allende efectivamente llamaría a un plebiscito para el 11?
—Soy escéptico al respecto. No digo que no haya existido alguna conversación, pero dudo de la versión que dice que iba a ser ese día. Por otra parte, aunque lo hubiera hecho, no sé si hubiese detenido el Golpe. Creo que ya era muy tarde. Lo mismo para un acuerdo con los gremios. Ya se habían activado lo que llamo dos bombas y media de tiempo…

—¿A qué se refiere?
—La primera era un ajuste económico. Chile estaba agotado, paralizado. Había que ponerlo en marcha y la recuperación iba ser muy difícil. Se necesitaba una gran reestructuración; eso implicaba, por ejemplo, despedir a muchos, elevar el desempleo. Además venía la crisis del petróleo… El shock petrolero de octubre del ’73 se sumó a la herencia de la UP. Cualquier gobierno habría tenido que vérselas con eso. El boom de 1971 era irrepetible.

—Eso efectivamente se le vino encima al régimen militar. La economía chilena se ajustó con un enorme costo económico y social.
—Sí, por lo mismo habría sido una enorme carga para un gobierno democrático. La segunda bomba de tiempo era la extrema izquierda. Los grupos paramilitares de la UP, el GAP, los Elenos, el MIR… Estos no podían ganar en un enfrentamiento con unas fuerzas armadas unidas, pero eran un aparato formidable para armar una guerrilla urbana. Eso hicieron los tupamaros, los montoneros, el ERP argentino que empezaron como pequeños grupos, pero una vez enquistados, fue muy complejo combatirlos con armas democráticas.
La tercera “media bomba de tiempo” es que en el Ejército, muchos habrían quedado con las ganas. “Nos han llamado a nosotros. Nos dimos cuenta de que éramos importantes y después vuelven los civiles. Se necesita gente que ponga orden, el país quiere orden, quiere trabajo”. Ese discurso ya estaba lanzado. Cuando se habla de la “conspiración”, de la “conjura”, del Golpe, de quién organizó esto, creo que fue una bola de nieve que se comenzó a armar y en las Fuerzas Armadas pasó lo mismo…

—¿Quedarse en el poder estuvo siempre en la mente de los militares?
—El problema empezó con la personalización en el general Pinochet. Al comienzo no era Pinochet… Eran los oficiales de las Fuerzas Armadas, a quienes les costó mucho decidirse, pero una vez que lo hicieron, fue porque iban a hacer las cosas en serio. Eso significaba quedarse un tiempo, rearmar las cosas. Esa idea estaba muy fuerte. Ellos sabían que al salir a la calle con armas, habría muertos. Entonces, requerían justificarse con una gran acción. Hay que considerar, además, que incluso Allende recurre a los uniformados, cuando llama al general Prats al Ministerio del Interior y a otros oficiales al gobierno. Eso los fuerza a deliberar. Además, muchos civiles apoyaban la idea de un régimen militar: “Que vengan los militares y pongan orden”.
Con el clima de violencia que se había creado, estaba claro que era inevitable una transformación drástica del país. Quizá por métodos menos violentos, pero algo iba a pasar. Se habían encendido demasiadas mechas. Las cosas ya estaban desatadas por ambas partes. No es verdad que justo a Pinochet, con su mirada torva, sus anteojos oscuros, se le haya ocurrido de repente dar un golpe que nadie esperaba.

—¿Cuándo se suma Pinochet al Golpe? Porque en eso hay más de una versión.
—Creo que sabía, que habían conversado con él un par de semanas antes, pero efectivamente firmó, sólo el fin de semana previo al 11.

—¿Cómo era la relación entre Allende y Pinochet? Se cuenta en el libro que el día del Golpe, el Presidente preguntó “¿Y qué va a pasar con el pobre Augusto?”, pensando que no estaba involucrado.
—Traté de ubicar esa frase, identificar quién la dijo, pero no la encontré. La pongo ahí entre comillas, aunque no creo mucho en ella. Es raro que se hayan tratado por el nombre… No era la costumbre y menos de los militares entre sí o con el Presidente.
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—¿Allende confiaba en los militares?
—En el Alto Mando, en el general Prats. La izquierda tenía bastante penetración en algunos sectores. Puede que en número no hayan sido muchos. Luis Corvalán habla de que han detenido 400 marineros. No es mucho, pero el tema es que cuando alguien duda de una orden, eso se expande. El núcleo de las Fuerzas Armadas es la disciplina. Si se rompe, se quiebran. El Tancazo del 29 de junio fue una señal. Les demostró a los generales que ya no dominaban por completo al Ejército, que eran los oficiales intermedios los que estaban haciéndose del poder. De ahí, que la cuestión se extendiera a los suboficiales había un paso… La única manera ahí era hacer una demostración de poder, como lo hicieron con los involucrados en ese movimiento.

—Usted en su libro cuenta como Eduardo Frei Montalva estaba devastado el día del triunfo de la UP.
—Lo escuché en la época y lo confirmé años más tarde. En una entrevista a Raúl Troncoso, ex ministro de Frei Montalva, en el Sábado hace tiempo… Esa noche, cuenta, Frei, muy abrumado, anuncia todo lo que vendría después y no se equivoca.

—Es que en la DC había también grandes contradicciones internas. Hoy, ese partido parece intentar reescribir la historia respecto de su postura de entonces frente al Golpe.
—Efectivamente, se dan cuenta de que tienen que paralizar el experimento de la UP, porque si no, se terminaba la democracia. Pero, al mismo tiempo, les habría gustado participar de algo de esa revolución. Se decía que “hay que estar con los cambios”. Hubo en la DC un ánimo dividido, contradictorio, incluso ya una vez que se ha escindido el Mapu, y la Izquierda Cristiana. Los que firmaron la declaración de los 13, de la que se ha hablado tanto ahora, los que eran parlamentarios, votaron por el acuerdo de la Cámara del 22 de agosto que declaró inconstitucional el gobierno de Allende. No dijeron nada en contra porque lo sentían así. En 1971, antes de que se fuera la Izquierda Cristiana, algunos de ellos propusieron que en el estatuto del partido se prohibiera hacer un acuerdo con la derecha. Leighton objetó que una política como esa les ataría las manos. Les señaló que para salvar la democracia hasta se aliaría con el diablo. Seguramente, como hombre de su generación parafraseaba a Winston Churchill, quien defendió una alianza con la URSS para hacer frente a la Alemania nazi, aludiendo a ese símil.

—¿Es cierto el supuesto acuerdo de Tomic con Allende de apoyarse mutuamente?
—Fue algo entre los dos. No valía como algo de partido, y era a espaldas del electorado. Posiblemente una parte de éste podría haber decidido otro voto si hubiera tenido esa información.

—Uno de los temas que sigue discutiéndose es la intervención norteamericana. ¿Cuán relevante fue en el Golpe?
—En 1985 publiqué un libro sobre eso. Hasta hace algunos años, era el chileno que más había trabajado los documentos desclasificados. Todos los citaban, pero yo era el que los había leído en su totalidad. Nunca creí mucho esa tesis y menos la creo hoy día… No es que no haya habido intervención, pero que tuviera ese papel tan central, no es verdad. Por supuesto, que hubo ayuda económica e incitación al Golpe. Pero igual la hubo del otro lado. De Cuba, de los soviéticos que apoyaban al PC desde la década del 20. Creo aportar en este libro algo que algunos han dicho, pero no con mi interpretación. La influencia de Castro en términos proporcionales era mucho mayor que la de cualquier norteamericano en Chile.

—En la presentación del libro, Enrique Correa dijo que dos hitos sellaron la historia de estos últimos 40 años: el suicidio de Allende y las violaciones a los derechos humanos. ¿Qué tan relevante fue la decisión de quitarse la vida?
—Tiene una importancia mayúscula. En esa época, vivía en Viña del Mar y no había mucha información pues estaban los teléfonos cortados. Al día siguiente, mi padre me lo contó. Por varias horas no lo creí, hasta que hubo una confirmación oficial de la Junta. Esto no había pasado antes y era diferente a lo de Balmaceda. En 1891, la clase política fue la que se dividió y eso arrastró a los jefes militares de un lado y otro. En el caso de Allende, fue un acto político que, obviamente, requería un cierto valor de su parte. Sin embargo, hay algo de histrionismo en todo esto, porque en la vida las cosas están entremezcladas. El lo preparó por mucho tiempo y, además, se comprometió públicamente. Allende en esto operó como lo hace el héroe de carne y hueso. Dice “yo voy a quemar las naves porque si no lo hago me va a venir la tentación de retroceder”. Entonces, las quema. Lo dice muchas veces y lo repite en su último discurso: “Nadie me va a sacar”. Y con eso —es uno de los únicos puntos en que estoy de acuerdo con Joan Garcés— aniquila cualquier posibilidad de restauración democrática inmediata. Los militares ven reforzada su posición inicial: “Nosotros nos quedamos. Punto”. Una cosa refuerza la otra.

“Con Arturo Fontaine hablamos mucho del bombardeo de La Moneda. ¡Cómo no detuvieron a Allende en Tomás Moro! Allende muerto en otra parte, no tiene el mismo significado que en La Moneda. La Moneda se respeta. El cargo de Presidente de la República todavía es el único cargo en el país que queda con una cierta aura de autoridad, con una cierta sublimidad”, comenta.

—En la conmemoración de estos 40 años se han hecho muchos programas de televisión que muestran la historia de esa época y del Golpe. ¿Qué tan apegado a la realidad es ese relato que se ha ido construyendo?
—Tras el retorno a la democracia se produce como un gran sentimiento de progreso, que ahora pareciera haberse transformado en un gran malestar. Efectivamente, hoy hay triunfo político-cultural del discurso de la izquierda en este sentido. Esto sucede porque entre otras cosas, a la derecha le cuesta tener un discurso. Está pagando pecados del pasado, pero no sabe cómo defenderse porque tendría algunos elementos como para hacerlo…

Tras el retorno a la democracia se produce como un gran sentimiento de progreso, que ahora pareciera haberse transformado en un gran malestar. Efectivamente, hoy hay triunfo político-cultural del discurso de la izquierda en este sentido.

—¿Como cuáles? Da la impresión de que sólo es válido pedir perdón…
—No creo en eso de los perdones. El perdón es un tema mediático y, además, no hay tal perdón, sino que se le conmina al suplicante a destruirse a sí mismo.

Continúa:
—La gran culpa de la derecha es haberse quedado callada después del ’73; no haber tenido voluntad política para plantearse frente al tema de los derechos humanos. Sin embargo, lo que dijo en los ’60 y los ’70 es lo que el país hizo después. Eso es un gran argumento. En 1970, Jorge Alessandri no era el hombre, aunque dijo varias verdades. Creo, y eso lo he conversado con algunos democratacristianos, que la única alternativa habría sido un triunfo democratacristiano, pero no con Tomic. Pero volviendo a la derecha, sus ideas han sido principalmente las que han sacado a Chile adelante en el orden económico y de gobernabilidad. Se construye parcialmente un orden político con la Constitución de 1980. Una parte de ella colabora a partir del Acuerdo Nacional con la instalación de la nueva realidad y a eso le doy mucha importancia porque el país quería esa paz. Se sentía en la calle, “ya hasta cuándo, queremos la paz, queremos esta transacción porque nos parece razonable”, lo que era un elemento muy importante. La derecha no tuvo necesidad de armar un discurso político. Entonces, ésa es una de las razones por la que ahora está muy inerme frente a lo que sucede.

—Pese a que sus ideas fueron las que se aplicaron, la derecha pareciera estar como a la deriva y en una posición muy inconfortable.
—Es que en el mundo de la televisión, los periodistas transmiten el lenguaje, que en su mayor parte repite la interpretación de la izquierda cultural, a veces en su versión más radical. La farándula, la repite en 90 por ciento. No sé cuánto saben y no parece importarles, pero su palabra tiene un efecto incalculable. A eso se suma la campaña de Evelyn Matthei. No he visto una campaña tan desvaída desde la del ’70 con Jorge Alessandri, pero no por culpa de ella. Sales a la calle y ves sólo letreros de Michelle Bachelet. Nadie sabe que existe Matthei.

“Existe un dominio del relato histórico-político de la izquierda, que incluso el gobierno asume. El Presidente de la República lo asume porque piensa que con eso va a ser más popular, pero no gana ningún apoyo. Algunos ministros, también. Entonces lo que le ha sucedido es que el gobierno no sabe qué interpretación política asumir y expresa lo que le ofrecen. Ha tenido el lenguaje de la eficiencia y si bien lo ha mostrado en la reconstrucción después del terremoto, el crecimiento económico no es tan impresionante. Han sido años razonablemente buenos, pero no como en la etapa del ’87 al ’98, que fue la época de oro. Es verdad que no le tocó fácil con la crisis mundial y el terremoto. Ha estado bien, pero no ha sido algo radicalmente diferente de lo que venía con la Concertación, que asumió finalmente todo el gran esquema de economía política —como me gusta llamarlo a mí, que se estructuró durante el régimen militar—, con las modificaciones que se produjeron en el ’80. Hemos vivido esas paradojas y como historiador no me extraña que el mundo funcione de esa manera”, agrega.

—Desde su mirada de historiador, ¿cómo ve el futuro para la derecha?
—En los últimos 70 años experimenta momentos de euforia, seguidos de momentos de depresión. Por la salud del país, y porque tiene bastante que mostrar en el último cuarto de siglo que sigue a la restauración de la democracia, vale recordar que Chile ha funcionado mejor cuando existe un razonable consenso entre una derecha y una izquierda democráticas. En este sentido, el desafío de Chile es establecer algun consenso básico alimentado por un debate que lo dinamice.