Todos los reinos necesitan un mito. También Estados Unidos, que se levantó sobre la leyenda de los peregrinos del Mayflower y del polvo y las balas del farwest.
Jackie Kennedy lo sabía. “Por un breve y brillante momento fuimos Camelot”, declaró la primera dama de América a la revista Life con el mundo todavía en shock por el asesinato de su marido, el 22 de noviembre de 1963.
La comparación con el origen mítico del reino de Inglaterra y la figura del rey Arturo como el joven presidente, ancló en el imaginario estadounidense una idea romántica de ese periodo. Que el monarca de este cuento de hadas fuera aniquilado por un perturbado mental no estaba a la altura de la leyenda. Debía existir una razón, una trama oculta, un sentido trascendente para tanta desgracia. Lee Harvey Oswald no podía haber actuado solo. El ex marine y desertor de la desaparecida Unión Soviética debía ser parte de un plan. No es anecdótico que en todas las encuestas realizadas en EE.UU., la mayoría de los ciudadanos siempre apuesta por una conspiración detrás de los hechos sangrientos de Dallas. No dan demasiado crédito a la comisión Warren ni a otras investigaciones que decretaron lo contrario.
Esta obsesión por el mito de Camelot explica en gran parte las altas expectativas puestas en la liberación del último legajo de los archivos de la CIA y el FBI por la muerte de John Kennedy.

 

GettyImages-576877682

Sin embargo, se trató de menos del 1% de todos los folios relacionados con el asesinato. La gran mayoría ya habían sido expuestos en su totalidad. Donald Trump autorizó un total de 2.800 expedientes y cedió a la presión de los organismos de inteligencia de mantener la reserva de los más sensibles por otros seis meses. La mayoría de los investigadores entrevistados por The New York Times o The Washington Post, piensan que la principal razón por la que la CIA y el FBI están a la defensiva se debe al temor de dejar expuestas ciertas debilidades o negligencias en el seguimiento de Oswald. OK. Puede que el ex marine haya sido un loco y actuado en la más completa soledad. Un ‘lobo solitario’, tan común en nuestros tiempos. Pero eso no lo hacía menos peligroso, como lo demuestra que meses antes del magnicidio, Oswald hubiese intentado matar a Edwin Walker, un ex general de ejército anticomunista. Y está también la historia de que siete semanas antes del atentado visitó Ciudad de México, donde habría tratado de obtener una visa para ir a Cuba y de allí regresar a la URSS. ¿Habían calibrado los organismos de inteligencia de qué era capaz este sujeto que desvariaba con ideas comunistas cuando la paranoia de la Guerra Fría se respiraba en todo el planeta? Y si fue así, ¿por qué no hizo nada al respecto? ¿Negligencia? ¿Inoperancia? Los analistas se inclinan por estas alternativas en lugar de una confabulación de Oswald con los regímenes comunistas o, al revés, de una conspiración con sectores anticomunistas del ala más conservadora del país que sospechaban de una eventual distensión de las relaciones con Moscú y La Habana.
“Muchos estudiosos se inclinan porque no hay nada relevante. Algo sensible podría ser que desde hace mucho que Oswald estaba en el radar de la CIA y el FBI y no habría hecho nada. Bueno, siempre reciben pistas y resulta que el 99% son falsas. Algo parecido a lo que ocurrió con Orlando Letelier. Estaban al tanto y, al final, no se previnieron”, explica John Dinges, profesor de periodismo de la U. de Columbia, investigador del Archivo Nacional de EE.UU. y autor de Operación Cóndor.
Todo ocurrió en una época donde campaban espías y mafiosos, como el propio gánster Jack Ruby, quien mató a Oswald dos días después de que fuera detenido para evitarle a su mujer Marina el tedio de un juicio interminable.
El grueso de los archivos ahora conocidos tienen que ver más con conspiraciones para matar a Fidel Castro, perseguir comunistas y uno que otro fisgoneo que buscó, sin éxito, encontrar conexiones de JFK con fiestas sexuales. Y la única declaración relacionada con Oswald y sus virtuales redes queda extrañamente interrumpida en los documentos.

GettyImages-2644066

Una de las razones que los psicólogos otorgan a la tendencia a ver conspiraciones, es que los seres humanos se resisten a admitir que sus vidas —y las de quienes ellos consideran relevantes— están sujetas al azar, al sinsentido. Este fenómeno es todavía más necesario cuando lo que está en juego es el mito del nacimiento de una nación llena de ideales democráticos, como fue el caso del Camelot americano. “El mito de Camelot se cierra con el asesinato, pero no es aceptada por quienes tenían una fascinación por JFK porque fue el último Presidente realmente querido en la historia de EE.UU.”, dice Dinges.
Hasta hoy la prensa, el cine, la moda y la propia historia de Estados Unidos se nutre de esta “dorada familia real americana”. No faltan los artículos que invitan a imitar el estilo de su ‘reina’ Jackie con su famoso collar de perlas falsas o conocer a los nuevos herederos de la dinastía, como la joven activista y actriz Kick Kennedy.
Los norteamericanos se aferran al mito de Camelot más que al Kennedy real, el hombre y el político. Quizás esto signifique reconocer que, a diferencia del rey Arturo, que fue un guerrero heroico, su líder dejó un proyecto inconcluso luego que una bala le atravesó la cabeza y derramó sangre por culpa de un sujeto absurdo y de una seguridad torpe.