Isabel está vuelta hacia la pared, con la vista fija en el póster de Violetta. Desde los nueve años duerme sola en esa pieza retirada, construida especialmente para apartarla de sus dos hermanos. Ni los ruidos nocturnos respetan los paneles de su supuesta privacidad, ni a su padre pareciera importarle que ella se haya echado a temblar. La niña siente el peso de su aliento sobre la sien desnuda. Sufre un mareo. Hace dos años comenzó a violarla, y desde entonces su madre la trata con desdén. Uno de sus pocos consuelos es cuando va de visita a la casa de su Lala.

Al recibirla ese día, su abuela se sobresalta. A ver, niña, ven para acá. Levántate el jumper. ¿Por qué, Lala? Levántate el jumper. La mujer se encorva y se lleva la mano a la boca. Al poco rato, las dos caminan por una calle de Puerto Montt, pendiente abajo, envueltas por la bruma y acompañadas por los ladridos de los perros.

La sala de espera del consultorio está caldeada. Una estufa a gas permanece encendida a pesar de que una docena de personas ocupa las bancas de ese espacio estrecho y mal iluminado. Las mejillas de Isabel se enrojecen. El sudor le empapa la nuca. Su abuela le asegura que el doctor Canales va a tratarla bien, ha sido siempre cariñoso con ella. Tiene la impresión de que pasa mucho tiempo hasta que oye su nombre completo en boca de un señor de delantal blanco. Al quedarse a solas con él, el gesto amable de Canales no la apacigua. La examina. Le hace preguntas que no quisiera contestar. La niña tiene entre tres y cuatro meses de embarazo, dice el doctor cuando su abuela entra en la consulta. Lala emite un gemido y se pone a llorar. A Isabel se le contagia el llanto. ¿Cómo va a ser posible que tenga un hijo a los 11 años, doctor? Vamos a derivarla de urgencia a un ginecólogo infantil, le responde. Hay riesgos asociados. Y tendrá que denunciar al padre, que es el padre.

La comisaría queda cerca. No le pedirá la opinión a nadie, no quiere amedrentarse. El oficial de guardia llama al capitán. La niña asiente cuando Lala pone en palabras lo que ocurre. Al llegar a la casa de Isabel, abuela y madre se trenzan a gritos. Al padre lo toman detenido cuando está por entrar. Su mujer trata de impedir que se lo lleven. Les grita a los carabineros que su hija tiene la culpa. Isabel está escondida en su pieza. Tiene miedo de que le peguen. Cuando vuelve el silencio, el corazón le retumba en todo el cuerpo. Oye los pasos cortos de su Lala. Con una brusquedad inusual en ella, le pide que prepare su mochila. La niña no es capaz de moverse. La abuela vence la repugnancia que le despierta ese sitio y se sienta en la cama para consolar a su nieta. De un solo golpe imagina cómo será la vida de Isabel, si es que sobrevive. La ve todavía niña, adolescente, joven, mujer. No tiene ninguna duda, hará todo lo posible para que aborte.