Durante casi 20 años, los japoneses que dirigían el centro de investigación de Wamba no habían recibido a ningún científico occidental. Robin Dunbar, su tutor de tesis y director del Social & Evolutionary Neuroscience Research Group, intentó disuadirla de hacer la excursión: era probable que estallara una guerra civil, que hubiera un asalto terrorista o que, simplemente, la mordiera una serpiente venenosa. Desde el campamento había que viajar horas, por tierra y aire, para llegar a cualquier centro de atención médica. Sus compañeros estaban asombrados del material que trajo, pero sobre todo sintieron alivio de verla con vida. Al partir, su plan era observar las relaciones sociales de los bonobos, los primates genéticamente más cercanos al ser humano, junto con los chimpancés.

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Le pido a Isabel que describa un día típico en Wamba. “Eso es muy fácil, todos eran iguales”, me dice. Durante seis meses, acostarse a la medianoche y levantarse a las 3:30 AM. Caminar más de 2 horas, ida y vuelta, por un bosque donde apenas pasa la luz. Seguir por casi 6 horas la rutina de los bonobos. Por la tarde y noche, dar atención médica a los aldeanos, acosados por la malaria y las úlceras tropicales. En todo la acompañó su hermano Ragnar Behncke, encargado de las cámaras y la comunicación satelital. “Ella no descansaba nunca, atendía a cualquier hora a quien tocara su puerta. Cuando la recibieron la segunda vez, hacían filas a lo largo del camino para vitorearla. Querían que fuera como una alcaldesa”, cuenta.
Los Behncke no son cualquier famila.

El papá de Isabel —Rolf— tuvo águilas en rehabilitación y una avestruz en el patio. Y la mamá, la socióloga Isabel Izquierdo, estudiaba día y noche. Eso veía Isabel. “Con la cantidad de libros que me incentivó a leer, me inculcó una curiosidad intelectual que ha sido clave durante todo el camino”. Su generación fue una de las últimas en tener una infancia sin internet. Le resultó natural investigar, criar animales, montar a caballo. Ahora termina su tesis doctoral y la investigación ya le bastó para ser, junto con Isabel Allende, la única chilena conferenciante de TED, la ONG mundialmente conocida por organizar conferencias en torno a ideas innovadoras en la ciencia, la tecnología, el diseño, etc. Por esto Dunbar, su tutor, bromea y dice que su grupo de investigación disfruta del rayito de sol que les llega desde la reflectante gloria de Isabel Behncke.

“Acabo de volver de un lugar donde las mujeres llevan la batuta, practican sexo para decir hola, y donde el juego es la orden del día. Y no. No es el festival Burning Man o San Francisco”. Así comienza su conferencia en TED, y se puede escuchar al público reír. Pero la recepción en la web fue más reticente. “Me sorprendió que alguna gente en YouTube cuestionara la validez de algo científico por el hecho de explicarlo con humor”, me comenta Behncke, “esperaban a un hombre de edad respetable y con barba”.

Su vida parece reincidir en estos desacomodos a la expectativa. “En el colegio tenía que ir a veces a dar la cara por temas de conducta”, cuenta su madre. Desertó de la carrera de Biología de la Universidad Católica, y aunque luego ingresó al University College of London, no se enclaustró en una vida puramente académica. Por las noches, bajaba a los pubs donde tocaran a The Clash, o aprovechaba algún concierto de The Cure o The Rolling Stones. Recordando la admiración de Isabel por Virginia Woolf y el grupo de Bloomsbury, su hermano Ragnar comenta la exquisita fauna de personajes que conoció en las fiestas cuando vivía con ella en Oxford. Wp-Isabel Behncke 290

Continua Ragnar: “Es como si personificara su propia teoría: el juego es la carta comodín para adaptarnos, una llave para generar vínculos que permitan una cooperación efectiva; la evolución no se juega sólo en la competencia regida por la ley del más fuerte”.

“Las grandes transiciones en la evolución humana —señala Isabel— han sido gracias a poder hacer descubrimientos que permiten mantener relaciones en grupos más grandes; tienen que ver con nuestra capacidad de cooperación”.
Descubrir la organización pacífica de los primates significa acercarse a la función primordial del juego en nuestra propia sociedad. “Observar a los bonobos jugando es acercarnos a las raíces evolutivas de actividades humanas como la risa, el baile y las celebraciones rituales. El juego es el pegamento que nos une”.

Le pregunto si extraña Chile. “La familia y la naturaleza. La naturaleza de Chile es increíble. Quizá por eso tenemos como una autoestima crónicamente baja, siempre creemos que todo lo bueno está afuera”.

La naturaleza de Chile es increíble. Quizá por eso tenemos como una autoestima crónicamente baja, siempre creemos que todo lo bueno está afuera.

En nuestro país Isabel se ha dedicado a la protección de esa naturaleza. En 2002 organizó junto a Juan Armesto la primera Conferencia de Conservación de Tierras, promoviendo la coordinación entre agentes privados, dueños de las áreas con mayor biodiversidad en el país, “pero el asunto se convirtió demasiado rápido en un tema de gestión y política; era muy pronto para meterme en eso”, comenta. Aun así, tiene intenciones de volver pronto y aportar en materias similares: “Los que hacen la planificación de zonificación de tierra y conservación tienen que hablar más con los científicos. Yo podría ser un puente entre esos sectores”. Armesto es rotundo al afirmar el aporte que daría Isabel, “alguien con audacia de pensamiento, con talento para comunicar y gran capacidad analítica”.

Por ahora, debe terminar su doctorado y esperar la Navidad para visitar a su familia. Fiel a sus ideas, no tiene reserva en reconocer a los que la han ayudado: “Todo esto no ha sido gracias a mí, sino a toda la gente que en Chile me permitió hacer esto y uno quiere devolverle la mano al país. Y esto es algo que quiero seguir haciendo, además lo encuentro, objetivamente, muy necesario”.