En lo alto de Lo Curro, donde las casas se confunden con un paisaje lleno de naturaleza está el lugar donde Pablo Neruda deseaba pasar sus últimos años. En Vía Azul 4651, en medio de un terreno al que se puede acceder sin problemas —porque la reja está destruida— quedan algunas paredes: el segundo nivel, la pieza del cuidador y la habitación principal aún pueden recorrerse. Y desde la altura se aprecia el gran semicírculo de lo que sería la sala de estar, que a su vez alberga un espacio más pequeño donde debería construirse la chimenea. Esta sería La Manquel; cóndor en mapudungun, la casa con la que el poeta soñaba despierto.

Un sueño del que sólo quedan ruinas. De hecho, tras la muerte de Neruda en 1973, fue saqueada. “Volví en marzo de 1974 y no quedaba nada: la bodega desapareció junto con los pilotes de eucalipto. Tampoco estaban las vigas —de pino oregón de tres por 18 pulgadas— del dormitorio. Se robaron las cañerías y las herramientas que habían quedado. Con el tiempo desaparecieron también los fierros. Una fuente del escultor Tótila Albert Schneider que iría en el patio del segundo nivel se esfumó. Lo mismo pasó con una copia de la cara del David de Miguel Angel, tamaño natural, que ya estaba colgada en el muro…”, contó Ramiro Insunza, arquitecto y amigo del poeta, a revista Qué Pasa antes de morir.

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Entonces la viuda, Matilde Urrutia, decidió venderla, comenzó a ver cuánto dinero costaría arreglarla. Fue Raúl Bulnes, cercano a la familia y actual presidente de la Fundación Neruda, quien le sugirió desistir de ello, puesto que serían más caras las reparaciones que la ganancia por la venta. Así pasó una década hasta que al morir Matilde —a inicios de 1985— la Fundación Pablo Neruda quedó como legataria de sus bienes. Tres años después recibiría la casa de Lo Curro por concepto de herencia. Y en 1990 la vendió en 22 millones de pesos a Andrea Pamela Hites Palombo, a pesar de que la institución asegura como una de sus misiones: “proteger, preservar y divulgar el legado poético, artístico y humanista de Pablo Neruda”.

Raúl Bulnes lo justifica: “Teníamos que priorizar, hacer los centros culturales en las otras casas (La Sebastiana, La Chascona e Isla Negra). No hemos utilizado el capital (monetario) que nos dejó Neruda porque desaparecería la fundación, lo que usamos son los excedentes que nos produce. Con la venta de La Manquel pudimos financiar un montón de cosas”.

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La gran defensa que esgrimen es que como el Nobel no alcanzó a vivir en Lo Curro, ésta vivienda no podría considerarse su residencia por completo. “Los directorios se manejan por votación. En ese tiempo hubo una mayoría y, sobre todo, fue un momento difícil de plata, y preferimos tener el dinero”, insiste Bulnes.

Pero, ¿qué pasó con la familia de Neruda? Hermanos y sobrinos cedieron de forma unánime sus derechos a la fundación para que pudiese crecer. Pero, a pesar de ello, el clan Reyes, no concibe estar de acuerdo con el futuro de esta casa.

“Se vendió cuando no tendría que haberse hecho. En ese tiempo éramos muy ingenuos. Sería una lástima que se demoliera. He visto lo que se hace en materia de museos, en España específicamente, pero aquí no se dan cuenta del potencial que tienen”, señala Bernardo Reyes, sobrino nieto y biógrafo del poeta.

“Aunque esté en ruinas esa casa tiene mucho valor. Además, Neruda quería que todos los lugares donde vivió se convirtieran en centro cultural. Lo mismo que el retazo al costado norte de Isla Negra, donde se crearía la ciudad de los poetas. Proyecto que quedó en nada. Por algún motivo comercial, la fundación vendió lo de Lo Curro. Esta institución no ha cumplido con su misión de cuidar el patrimonio, con mi tío y con Chile”, comenta Rodolfo Reyes, sobrino del poeta.

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Hoy, el terreno está en manos de Asesorías e Inversiones Arrayanes Limitada, conformada por el matrimonio de Ezequiel y Evangelina Klas, quienes declinaron hablar para este reportaje. La pareja —que adquirió el lugar en 541 millones de pesos— ya presentó planos en la Municipalidad de Vitacura —bajo el nombre de Casa Klas— y ha solicitado la demolición del tercio que queda en pie.

La historia de esta residencia comenzó en 1954, dos años después del regreso del Premio Nobel al país, tras su exilio por la llamada Ley maldita. Luego de reinsertarse en Chile, decidió aventurarse con una nueva propiedad. Esta vez era un campo vacío, no había una casa de por medio.

Tras pagar 480 mil pesos de la época a Eugenio Gellona Olivera, adquirió cerca de 6.000 metros cuadrados en la falda del cerro Lo Curro. Pero no fue hasta 1972 que tuvo planes concretos para aquel suelo. En esos años —la humedad de Isla Negra y la complicada arquitectura de La Chascona, las hacía residencias poco confortables para un hombre de 68 años aquejado por problemas de salud— decidió comenzar a construir este lugar en Santiago, cuenta Mario Amorós, biógrafo del poeta.

Serían tres niveles los que conformarían este hogar: en el superior estaría la habitación del cuidador, mientras que en el de abajo el dormitorio principal, la sala de estar, la cocina y el comedor. Luego, en el inferior, se encontraría la biblioteca.

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Para realizar el proyecto eligió a dos amigos cercanos; los arquitectos Ramiro Insunza y Carlos Martner, este último ya había hecho algunos trabajos para la sala de estudio de La Chascona.

“En esa época Pablo estaba muy enfermo. Cuando fuimos al terreno por primera vez no pudo bajar del auto. Me explicó lo que quería sentado en el asiento del copiloto”, recuerda Carlos Martner desde Tepoztlán, México, donde vive hoy.

El valor de esta casa es que es la única que fue concebida desde cero. “Todas las otras fueron orquestadas sobre una base y desde ahí comenzaron las infinitas ampliaciones”, dice Carlos Martner. Y agrega: “En este proyecto lo primordial para él era la vista, porque la casa estaba orientada hacia la cordillera”.

La construcción giraba en torno a una chimenea y emulaba la forma del cóndor en vuelo. Desde un semicírculo dibujado como el centro medular, se desprendían las dos alas de este pájaro de hormigón. El lado izquierdo albergaría la cocina y el derecho tendría como gran protagonista al dormitorio principal. Pero lo importante: todas las habitaciones tenían una vista de casi 180 grados sobre Santiago. “Pablo era un gran amante de la naturaleza y estaba fascinado por este lugar. Su anhelo era vivir ahí, ver la cordillera, el paisaje. Y el proyecto era muy interesante”, finaliza el arquitecto.

Ramiro Insunza en el libro Viaje a la poesía de Neruda. Residencia, calles y ciudades olvidadas, de Bernardo Reyes, sobrino nieto del poeta, confirma esta tesis: “La idea primaria que él me dio, fue que la casa tenía que ser como un pájaro, de manera que al estar dentro de ella se tuviera la sensación de encontrarse mirando hacia el portezuelo de Lo Curro, preparándose para volar”.

Pero nunca despegó. La obra alcanzó a desarrollarse en un tercio de lo planificado: la sala de estar y toda el ala izquierda.

Pasaron 44 años y de La Manquel solo queda una brisa de lo que pudo ser. Las miles de fiestas planificadas en sus salas y las últimas veladas de Neruda contemplando Santiago desde la altura, son recuerdos de su mente creativa.

Aún existe —especialmente entre sus familiares— la esperanza de que Bienes Nacionales adquiera la vivienda, como lo hizo con la casa donde Neruda vivió parte de su infancia y juventud en la región de la Araucanía. Allí Enzo Rivano, egresado de arquitectura de la Universidad Mayor sede Temuco, propuso proyectar un museo sobre el poeta y está dispuesto a trabajar en ideas para la de Vitacura y rescatar un monumento para Chile. No en vano entre las razones que citan los medios internacionales para visitar Chile están las casas del Premio Nobel de Literatura Pablo Neruda.

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CRONOLOGÍA DE LA CASA DE NERUDA EN LO CURRO:

Luego de su regreso a Chile, Pablo Neruda estaba decidido a emprender una nueva aventura arquitectónica. En 1954 encontró el sitio perfecto, estaba en Vía Azul 4651 en Lo Curro. Tras comprarlo a Eugenio Gallona, el terreno quedó en una larga espera, hasta que en 1972 el poeta comenzó a construir La Manquel (cóndor en mapudungun) con el diseño de los arquitectos Ramiro Insunza y Carlos Martner.

Tras la muerte de Neruda —1973—, el proyecto quedó inconcluso. La casa fue heredada por sus familiares y su viuda Matilde Urrutia. Fue Matilde quien decidió dejar esta residencia en manos de la Fundación Neruda nombrándola como heredera en su testamento. La fundación, creada en nombre del poeta, decidió venderla en 1990 a un particular. Desde entonces lo que quedaba de La Manquel fue cambiando de dueño.

A continuación los documentos que acreditan la compra del sitio por parte de Neruda, la herencia recibida por Matilde Urrutia y el posterior traspaso a la Fundación Pablo Neruda. Además, los planos originales de la casa en la que el poeta soñaba vivir.

Descarga aquí documentos EXCLUSIVOS que comprueban el antes y el proyecto posterior de esta aventura arquitectónica: 

—Pablo Neruda compra el sitio en calle Vía Azul 4651 en Lo Curro en 1954. Documento del Conservador de Bienes Raíces de Santiago

—Matilde Urrutia y familiares de Pablo Neruda heredan la propiedad tras la muerte del poeta. (Documento del Conservador de Bienes Raíces de Santiago2).

—La Fundación Pablo Neruda hereda la propiedad de Matilde Urrutia. (Documento del Conservador de Bienes Raíces de Santiago3).

—Planos de La Manquel proyectada por los arquitectos Ramiro Insunza y Carlos Martner. PLANOS-1