Aunque se ha atribuido a diferentes personajes de la historia —desde el ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, hasta el golpista y sangriento militar español contrario a la República, Emilio Mola—, la frase ha sorteado el paso del tiempo sin caer en el olvido, convertida en el epítome de la intolerancia: “Cuando escucho la palabra cultura, saco mi revólver”. 

Haya sido Goebbels o Mola su autor —lo mismo da, ninguno de los dos acabó muy bien—, la sobrevida de la frase obliga a pensar en una máxima nada descabellada: la intolerancia luce siempre joven y seductora, por más que tenga mala prensa. Sólo hay que esperar la circunstancia propicia para que los intolerantes salgan del clóset y hagan romería, bestiales, vociferantes y ciegos. 

Mi abuela no toleraba a los chinos —vaya uno a saber por qué— y una tía odiaba a los fumadores —quizás era una adelantada—; ante ellos se crispaban, se enrabiaban, se descomponían. Cuando estaba en la universidad, algunos artesas no soportaban a los cuicos, peor aún si el cuico de turno hablaba con la papa en la boca; y del otro lado, tomaban distancia de todo lo que oliera a artesa: el morral altiplánico, el chaleco chilote, el charango, el pachulí. ¡Intolerable!

Pero el tiempo suele ser sabio y templa los espíritus. Hoy, la tolerancia es la bandera. Y en ese plan sería impropio que alguien no la reivindique. Sobre todo si pensamos que el chileno es open mind, very nice, muy polite, un ciudadano de la OCDE con todas sus letras… 

¡Las huinchas!

El chileno es pura fachada. Está presto para partir en romería con el credo de la intolerancia y vociferar a sus anchas contra zutano y mengano. Pero por otro lado, cómo ha cambiado frente a las minorías étnicas, religiosas o sexuales. 

¡Las huinchas!, de nuevo.

El homus chilensis es tolerante con los homosexuales, mientras no pidan matrimonio igualitario; es tolerante con los mapuches, mientras no vengan a exigirle que les devuelvan las tierras; es tolerante con los pobres, mientras no le instalen una población de casas Chubi al lado de su condominio. 

La tolerancia en el connacional es más una pose que una convicción granítica. Si hay alguna micro que le sirva para vomitar su intolerancia la tomará. Por algo el conflicto palestino-israelí le ha caído de perillas. Ahí están los que empapelan en las redes sociales a cualquiera que ose poner un punto en favor de la posición de Israel; y ni hablar de los que cierran filas en la trinchera vecina…

¿Por qué?, ¿por qué esta intolerancia que aflora con tanta facilidad en esta angosta faja de tierra? Porque nunca nadie se ocupó de ponerse en el pellejo del otro; porque en vez de acercarnos, de revolvernos, optamos por los muros y la segregación; porque tenemos un miedo profundo a la diferencia; porque no sabríamos qué hacer al descubrir que el otro tiene razón —y que hemos vivido equivocados—; porque, en definitiva, nos da pereza construir un país mejor… Y esto sí que es ¡intolerable!