Si aún no ha oído hablar de Internet, ya lo hará. Según muchos, es un avance tecnológico de impacto similar al de la televisión, lo que lo convierte en el tema del fin de siglo, aunque quienes no lo han visto poco entienden de qué se trata. Sobre Internet, en todo caso, se ha escrito bastante. Sólo el año pasado se cuentan más de dos mil quinientos artículos aparecidos en distintas publicaciones, que explican el fenómeno, indagan sobre sus usuarios, especulan alrededor de sus implicancias e incluso adelantan su futuro.

Aunque usted no sepa lo que es Internet, sabrá, sin embargo, lo que es una red de computadores. Internet es la red de redes, que convierte la profecía sobre la aldea global de Mac Luhan en una realidad. Y más aún: transforma el paisaje del mundo tal como lo conocemos y lo convierte en un laberinto absolutamente interconectado a través de aproximadamente veinte millones de computadores personales. Un mundo alucinante, que se puede visitar sin alejarse un paso del escritorio.

Esta colección de más de diez mil redes computacionales alrededor de todo el mundo, cada una sostenida y operada por distintas organizaciones, permite comunicarse con personas remotas y acceder a abundante información digitalizada. Los computadores conectados a ella -desde aquéllos pertenecientes a una red académica, de gobierno o institucional, hasta los de personas particulares en distintos puntos del planeta- permiten que, a lo largo y ancho del mundo, millones de usuarios puedan compartir servicios y comunicarse directamente, tal como si fueran parte de una sola máquina computacional global. La instantaneidad con la que un ordenador en Minnesota puede conectar con otro en Pretoria con sólo teclear un código, rompe cualquier sentido de la distancia física, surgiendo una nueva concepción espacial que en la jerga del mundo de la electrónica se conoce como “ciberespacio”.

Los servicios y utilidades que presta Internet son múltiples. y aumenta cada día, al igual que los internautas que la conforman. La población de Internet ha crecido desde una suma estimada en un millón de individuos en 1988, a más de veinte millones en la actualidad, con cientos de miles agregándose cada mes. Y como cada persona que se conecta puede ser un productor de información, a la vez que un consumidor, la red, además, crece constantemente en contenidos.

Entre sus principales servicios está E-mail, el correo electrónico, incomparablemente más veloz y eficiente que la tradicional oficina de correos. Permite el envío de programas, imágenes, sonidos, planillas electrónicas y, por supuesto, documentos, que en cosa de segundos llegan a destino. Sólo es necesario indicar la dirección electrónica correctamente; la red se encarga de la ruta. Hasta Clinton tiene su casilla en E-mail: “president@whitehouse.gov”.

Pero aunque para muchos la utilidad de Internet empieza y termina en el correo electrónico, la verdad es que este nuevo mundo es mucho más que un moderno medio de mensajería. A través de Internet un investigador en Japón puede acceder a los documentos de un computador de la Universidad de Harvard casi tan fácilmente como un estudiante de dicho centro. El concepto es el de la navegación, para el que cada vez existen sistemas más avanzados y de mayor accesibilidad para el público general. La red, así, permite entre otras cosas una especie de turismo electrónico, en el que cualquier individuo conectado puede navegar hasta el Museo del Louvre y abrir la imagen de la Gioconda para desplegarla en su propia pantalla.

Hay más. Existen servicios como Talk o IRC, que posibilitan conversaciones digitales en tiempo real. Otra instancia de encuentro para los internautas son los “newsgroups” de Usenet, una colección de grupos de discusión organizado por materia -incluyendo casi todos los tópicos imaginables, desde biología molecular hasta cerrajería, pasando por todas las variaciones del tema sexual- en los que personas del mundo entero hacen preguntas alusivas, las responden, opinan, anuncian, informan, publican o,simplemente, se dedican a leer lo que otros ponen.

El laberinto digital

Quizás lo más insólito y hermoso de Internet es que ocurrió por accidente. Simplemente creció. Nadie la planificó. No tiene un centro, no hay orden jerárquico, no existe la posibilidad de eliminarla. Es una confusa masa de conexiones expandiéndose por el globo, sin que ninguna organización en particular sea su dueña o la opere.

Todo comenzó a finales de la década del sesenta. Por esos plazos, el departamento de Defensa norteamericano desarrolló un sistema computacional diseñado para posibilitar el trabajo de investigadores académicos y militares en red. Conectaba universidades, dependencias del gobierno y corporaciones del mundo a través de sus computadores, y todos compartían los costos y el trabajo técnico de mantener el sistema. Eso fue lo que en 1969 comenzó a funcionar como Arpanet.

Dicha combinación entre organizaciones militares e instituciones académicas, restringida en primera instancia, comenzó poco a poco a expandirse. Nuevos centros universitarios fueron conectándose al anillo central de Arpanet y los científicos que tuvieron acceso libre a esta red rápidamente descubrieron otros de sus usos. Comenzaron a enviarse mensajes privados (así surgió el correo electrónico) y a incluir información y noticias de última hora en “bulletin boards” electrónicos. Con el tiempo, la red se fue transformando en el terreno favorito de estudiantes graduados y piratas computacionales, que tomaron como pasión pasar noches enteras examinando las posibilidades de navegar.

Así, en los años ochentas ya había miles de redes usando el protocolo TCP/IP y fue de su interconexión que surgió lo que hoy se conoce como Internet, una red ya descongelada e independizada del anillo de Arpanet. Pero hasta hace tiempo, era difícil para los usuarios comunes acceder a dicha red. No sólo necesitaban un PC, un “modem” y familiaridad con las últimas tecnologías computacionales, sino que además, para entrar, requerían de la cooperación de alguna universidad o institución de gobierno.

Desde hace un año, la mayor parte de estos obstáculos ha desaparecido. Ahora hay varias empresas que venden el acceso a Internet por pequeñas sumas mensuales y las herramientas para utilizarlas se han simplificado. En Chile, RdC -una empresa formada por la Universidad Católica, la Usach y la Universidad Católica de Valparaíso- ofrece el acceso a cambio de una cuota fija mensual. Y, mientras uno se conecta a esa red universitaria vía telefónica (lo que hace que el costo de la llamada sea local), desde ese centro hacia afuera la conexión es satelital. En la actualidad, para navegar en los océanos de Internet sólo hace falta un computador y un “modem” (la pequeña tarjeta electrónica que asegura la conexión entre el ordenador y una línea telefónica).

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La anarquía de la red

La evolución de Internet en los últimos años, que ha aumentado su flujo hasta niveles insospechados, pone sobre la mesa nuevos temas y conflictos, como los relativos a propiedad intelectual, libertad informativa y legislación correspondiente. Parte del problema es técnico, porque para proteger a la red militar de una explosión nuclear, Arpanet fue diseñada sin una autoridad central. Eso significa que Internet no le pertenece a nadie, nadie la sostiene, nadie tiene el poder de echar a nadie. Ni siquiera existe un botón maestro que pueda apagarla en caso de emergencia. “Es lo más cercano a la verdadera anarquía que alguna vez haya existido”, dice Clifford Stoll, un astrónomo de Berkeley famoso en la Internet por haber atrapado a un espía alemán que intentó entrar a los computadores militares norteamericanos.

Como lo ha consignado William Gibson, escritor cuyos trabajos en ciencia ficción ayudaron a conceptualizar la idea de Internet, la red avanza sola, sin que nadie la domine. “Lo mejor es que nadie la diseñó”, anota el “ciberautor”. “Sólo crece alrededor del mundo. El mundo está siendo envuelto por Internet. Hace poco, Bruce Sterling y yo intentábamos explicárselo a unos tipos de una compañía telefónica. Estaban horrorizados. Preguntaron, ¿Qué consiguen ustedes de Internet?. Yo dije, “Bueno, una de las cosas es un servicio ilimitado de telecomunicación gratuito”. Fue como la peor cosa que habían escuchado en la vida”.

Bruce Sterling, amigo de Gibson, autor “ciberpunk” y una celebridad en la línea, ha puesto artículos y libros suyos en la red a disposición pública. “Soy un ciberpunk”, señala. “Pienso que la información quiere ser libre, por lo tanto entrego la mayor parte de mis textos a la Internet, y así se distribuyen a lo largo y ancho del mundo”. La información gratis, abierta y libre parece ser el espíritu de Internet. Desaparece el derecho de autor, la circulación se magnifica y el acceso pasa a ser ilimitado.

Hasta ahora, la información ha estado necesariamente asociada al poder. Ya sean los medios de prensa, las emisoras de televisión o las grandes cadenas informativas, siempre hay un organismo -respaldado, generalmente, por grupos de interés- que decide cuáles, entre los millones de mensajes disponibles, que llegan al gran público. Ahora, en la mayor red de comunicaciones existente, nadie puede arrogarse ese criterio.

Universidades, multinacionales, niños, adolescentes, amas de casa, presidarios, premios Nobel, estudiantes y curiosos, pueden aportar o extraer información libremente, sin que ninguno tenga preeminencia sobre otro o sin que nadie pueda controlarlo. En Internet, la jerarquía queda atrás, para abrirle paso a la descentralización; la rigidez, por su parte, le cede el puesto a la fluidez.

Sin embargo, esta anarquía que hasta ahora se ha mostrado capaz de autorregularse impecablemente, le ha afilado los colmillos a varios, ansiosos de convertir a la red en un espejo de nuestro mundo, incluido sus vicios. Han surgido fuerzas que tironean y pretenden adecuar el sistema de acuerdo a sus propias ambiciones: empresas comerciales ansiosas de enriquecerse con este nuevo potencial comunicativo, usuarios antiguos que quieren protegerla de los nuevos, gobiernos que quieren controlarla, grupos que la romantizan, pornografía que se libera en estos espacios abiertos y que despierta los cacareos de padres y profesores que quieren hacer de Internet un lugar seguro y educativo para sus infantes.

Como una repetición de las comunidades humanas, hay quienes incluso ya quieren comenzar la estratificación: “Llegó la hora de subdividir la red en pequeños vecindarios, creando algunos de clase alta. Debe existir lugares que los padres consideren seguros para sus hijos”, propone la consejera de una fundación educativa. El futuro de la red, sin embargo, se resiste a la planificación y sólo evoluciona por la participación de sus usuarios. Y hasta el minuto, su historia avanza hacia la descentralización, la liberalización de la información, un alto grado de cooperación interna y la fluidez. En un medio que tiende a lo infinito, a lo instantáneo y a la expansión interminable, cualquier barrera en el paisaje digital resulta insoportable. A estas alturas, difícilmente los veinte millones de usuarios actuales y los que vienen retrocederán en la navegación del nuevo mundo.

Sobre grupos no hay nada escrito

El lugar que ha hecho de Internet un cuasi club social es Usenet, una colección de más de siete mil “newsgroup” o grupos de discusión sobre tópicos múltiples. Surgieron del sistema de “bulletin board” y a medida que se fueron sumando nuevos grupos, el sistema inicial, más restringido, derivó en una espesa jungla de debate con los tópicos más bizarros y específicos.

Existen grupos de todos los temas que uno pueda imaginar. Por ello, son una magnífica forma de encontrar a otra gente con intereses similares y un lugar perfecto para hacer investigación informal. Es cosa de encontrar el grupo pertinente al tema relevante y escribir una pregunta. En cosa de días, habrá probablemente más de una respuesta, e incluso algunas pueden llegar directamente al buzón particular del interrogador, además de al grupo mismo.

Los grupos están organizados jerárquicamente a través de categorías centrales y subdivisiones. Algunas de las principales son science (sci), recreation (rec), society (soc), computers (comp) y la categoría miscelánea llamada alternativa (alt).  A partir de esas categorías centrales, surgen las subdivisiones en nuevos grupos, de tal forma que, por ejemplo, en la categoría alternativa, existe una subcategoría dedicada sólo al cine, la que a su vez se divide en otra subcategoría exclusiva de ciencia ficción, la que a su vez tiene un grupo que sólo discute sobre La guerra de las galaxias.

En términos de investigación científica, la productividad de estas instancias es magnífica. Sujetos que investigan sobre un tema específico en un laboratorio remoto, pueden comunicarse con otros científicos dedicados al tema en cualquier punto del mundo conectado. Pero como el mundo Internet no está compuesto sólo por investigadores, los temas varían tanto como la condición humana.

En teoría, los grupos de discusión sirven para poner en contacto a gente con inquietudes similares, pero a veces las cosas se vuelven turbulentas. Una polémica conocida es la del grupo “alt.tasteless” (algo así como el grupo de mal gusto) versus el grupo “rec.pets.cats” (grupo de recreación, división mascotas, subgrupo gatos). El grupo de mal gusto es una instancia para discutir sólo sobre asuntos asquerosos y de pésimo gusto, en el que cada miembro aporta con las peores especies, desde textos, historias, experiencias personales, imágenes, fotos, etc.

Aburridos con el simple mal gusto de poner estas cosas para el público miembro del grupo, decidieron tomar la iniciativa -de peor gusto aún- de invadir con cosas horrendas al grupo que les pareciera más antagónico al propio. Tras una votación, los escogidos para la hazaña fueron los miembros de “rec.pets.cats”. Decididos, accedieron al grupo sobre gatos y participaron con sus aportes: opiniones sobre el sabor de los vómitos felinos, instrucciones para destripar mininos, intercurso sexual hombre-gato. etcétera. Un banquete de asquerosidades gatunas. La reacción no se hizo esperar: en poco tiempo el grupo de los gatos contraatacó saturando a sus adversarios con eternas informaciones sanas e inocentes sobre dichas mascotas, sus cuidados, sus tipos de ronroneo, recetas para alimentarlos, listado de posibles nombres felinos, etc. Finalmente, la batalla se detuvo por acuerdo colectivo y decidieron no volver a invadirse.

A pesar de estos episodios que, en general, siempre se resuelven por la vía de la autorregulación, existe un código de conducta al interior de la red, conocido como “netiquette” o netiqueta. Algunas de sus máximas son las siguientes: “Mantenga sus aportes en el tamaño más breve posible y con la precisión correspondiente”; “No ocasione cambios de tópicos al participar en un grupo de discusión (lo que ocurre cuando una discusión comienza siendo sobre Proust y termina versando acerca de las uñas de los pies y la mejor forma de cortarlas)”; “No mande preguntas ni respuestas idiotas o innecesarias”; “Cuando llegue a un nuevo grupo, revise la carpeta de FAQ (cuestiones frecuentemente preguntadas) para ponerse a tono”; “Use abreviaciones conocidas o reconocibles”; “No use demasiadas mayúsculas (ES COMO GRITAR)”.

Tal vez por la naturaleza de la comunicación en línea (un poco conversación, un poco escritura, un poco carta y un poco teléfono), la gente se muestra abiertamente en los grupos, revelando detalles íntimos que muchas veces nunca se confesarían en la vida real. Acaso por esa libertad, los “newsgroup” le dan cabida a las obsesiones más personales y, además, permiten coincidir con otros seres en ese círculo. En ellos, cualquier identidad es posible, no sólo porque se pueden crear personajes ficticios, sino principalmente porque hay espacio para todos, los reales e imaginarios.

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Sexo y censura en la red

La red pareciera ser un lugar seguro para liberar fantasías, expresar deseos y descubrir sino está absolutamente solo al considerar sexy la pasta de dientes Mentadent C o no. Mucha gente llega a los grupos de discusión para entablar diálogos sucios con cualquiera que esté a mano. Hay quienes piensan que el sexo en la red es el más seguro de todos, pero en realidad no está exento de peligros o decepciones. Nadie sabe con quién entabla comunicación realmente, ni cuál es su edad, ni su sexo.

Para los interesados en pornografía, hay la suficiente en Internet. Llega en todas las formas: conversaciones subidas de tono, historias eróticas o fotos explícitas. Los “newsgroup” que las portan son los más populares y tal vez ésa es la razón por la que algunas instituciones académicas retiren esos grupos de sus listados particulares: son tan demandados, que finalmente se saturan los cables. En la red de una universidad chilena, por ejemplo, en el grupo “alt.binaries.pictures”, el subgrupo “erótica” no aparece. Aunque se puede sospechar de la verdadera razón de su desaparición, no es tan importante, porque la verdad es que siempre existe la posibilidad de acceder, desde ahí mismo, a otro servidor que sí tiene a ese grupo en su listado y mirar, finalmente, las imágenes en cuestión.

La censura no es posible en Internet, en primer lugar, por un asunto técnico. Está diseñada para trabajar más allá de la censura y el bloqueo. Pero, además, porque no es el terreno privilegiado de nadie. Ni de un país, ni de una religión, ni de un partido. Nace de la suma de ordenadores que se conectan. Sin embargo, aunque no hay censura, a la vez es un sistema expuesto a los intrusos. Todos los sistemas de comunicación son vulnerables, y éste pareciera serlo menos, pero siempre existe la posibilidad del simple fisgoneo o del temido espionaje.

La batalla actualmente en el tapete es el proyecto Clipper, un sistema criptográfico propuesto por el gobierno norteamericano que permitiría codificar y decodificar llamadas y correo de tal forma que queden protegidos de la incursión de extraños. Sólo podría acceder al documento el emisor, el real destinatario y alguien más: el gobierno.

Los internautas luchadores por la libertad total de la información han estado fuertemente en contra del proyecto Clipper desde un comienzo, no porque estuvieran en contra de la criptografía, sino porque quieren un sistema de clave más fuerte, en el cual ni siquiera el gobierno tenga una llave de acceso. El gobierno, por su parte, alega que necesitan de Clipper para poder interceptar mensajes de mafiosos, traficantes o terroristas. El tema aún está en debate y su resolución probablemente entregue algunas señales de cuánto control podrá existir al interior de la red.

Como banco de datos, la información que contiene Internet es inconmensurable. Pero aunque probablemente la información que se busca esté, por la misma vastedad de la red no es tan fácil encontrarla. Ya existen numerosas herramientas de ayuda para la búsqueda, de las cuales el programa Mosaico y los servidores World Wide Web se han convertido en los más populares.

El sistema es una colección de más de siete mil computadores que funcionan como un solo servicio de Internet. Estas máquinas, llamadas servidores Web, están dispersas por el mundo y contienen todo tipo de datos. El programa Mosaico -gráfico y fácil- permite saltar de un servidor Web a otro sin mayor esfuerzo y con la sensación de estar usando sólo un gran computador que, además, está en el propio escritorio.

A través de Mosaico, por ejemplo, se puede llegar fácilmente desde un computador, santiaguino a un servidor Web en Singapur. Ahí, entre el menú ofrecido y mediante un simple “click”, se puede escoger la opción de acceder al Museo de Arte e Historia de Singapur, donde -nuevamente a través de un simple menú- se ofrece una vitrina con las colecciones actuales. Si se escoge la exposición de postales históricas, y dentro de ella, el subgrupo de postales sobre inmigrantes, se puede llegar a mirar en la propia pantalla una foto de fumadores de opio de 1900. Ese es sólo un ejemplo, una opción entre millones ofrecidas por y para el mundo entero.

La bola de nieve

Todo eso crea un nuevo concepto de integración transnacional, más allá de fronteras y tratados. El sitio de Internet en el que esto ocurre de forma más real es IRC (“Internet relay chat”), donde las personas pueden entablar diálogos -digitalizados, obviamente- en tiempo real. Aunque podría llegar a ser muy útil, la verdad es que todavía es un mundo lleno de “ruido” que termina pareciéndose más a la torre de Babel que a una cadena del amor, y en donde finalmente resulta tan difícil comunicarse que no queda muy claro si vale la pena el esfuerzo.

Pero esto recién comienza. Es el nuevo mundo, un reino inmaterial sin autoridad y un océano de información a disposición pública. Las preguntas culturales y antropológicas que despierta Internet son múltiples, y aunque obviamente ya existen “newsgroup” que discuten al respecto, son cuestiones que sólo verán mayor luz con el tiempo. Temas como factibilidad de la anarquía, la democratización de las relaciones, la sustitución de la comunicación real por la digital, el poder de las personas, el resurgimiento de la palabra escrita y otras muchas cuestiones como ésas ya son carne de tratados sociológicos y especulaciones varias.

Internet comenzó como una bola de nieve y ahora alcanzó proporciones desconocidas. Nadie conoce su destino, ni sus efectos. Un sólo asunto está meridianamente claro por el minuto: las cosas ya han llegado demasiado lejos como para detenerlas. Para desconectar la red, tendrían que cortar todos los computadores y el sistema telefónico. Sólo queda la opción de sumarse o mantenerse fuera. O uno es engullido por la bola de nieve y se suma a ella haciéndola crecer, o la deja pasar, para que siga creciendo igual. No queda otra: ser internauta o no ser. Usted decide.