La entrada al colegio era con las manos por delante y estiradas para que la inspectora revisara que las uñas no estuvieran pintadas. Esto no fue hace tanto, pero sí a varios años de que llegaran a mi escritorio invitaciones con dress codes incluidos. Instructivo que ya no usa los referentes clásicos: cocktail, formal, traje, black tie, largo, sport. Ahora las convocatorias vienen con indicaciones de vestuario del tipo “fabuloso”, “de impacto”, “cool”, “chic de vanguardia”, “náutico urbano”… Para qué decir aquellos que anuncian gala, sin cumplir con una fiesta que ofrezca tal formato una vez dentro.

Innovaciones terminológicas que producen un ruido tal que obligan al intercambio de llamadas para asegurarse de que se está a tono con la invitación.   

Es triste. No por el foco de preocupación (me encantan las excusas que implican arreglarse de manera distinta para un encuentro), sino que porque tras la superficialidad de lo que puede ser un look se inserta la desconfianza en el otro. Pocos creen en que el invitado tiene criterio.

Y aquello no sólo decepciona. Es muy violento.

Cuando las monjas revisaban la ausencia de maquillaje o los centímetros en el largo del uniforme lo hacían con menores de edad y con permiso de los padres. Pero cuando una gerencia prohíbe accesorios Hello Kitty a adultos y profesionales —con obvia interpelación a las mujeres en su payroll— se cruzan límites.

Y esas indicaciones sexistas y, literalmente, retro no son anécdotas de esta provincia. Se mantienen aquí y en el Primer Mundo. Ejemplo es que varios recordarán Cannes 2015 por el escándalo bautizado como The Flatgate, cuando la productora Valeria Richter —con parte de su pie izquierdo amputada— fue excluida de pasar por la alfombra roja por llevar zapatos planos.

El debate se abrió de manera acalorada en reportes, programas de TV y columnas en medios de todos los continentes. Nuevamente porque la rigidez del dress code aplicaba prácticamente sólo a las mujeres. Hasta se creó el hashtag #showmeyourflats.

Sin altura, un zapato también puede ser elegante y hasta una pieza de arte. La invitada sabía que estaba en Cannes, una de las citas más glamorosas del planeta. ¿Quién querría desentonar? Pero no se confió en su criterio.