Mi primer encuentro con la cultura de las armas en Estados Unidos ocurrió en el mercado de las pulgas de Hillsville, Virginia, justo en la frontera donde comienza la ‘América profunda’. Mientras cachureaba entre banjos y monedas antiguas, me encontré con un arsenal de rifles semiautomáticos y balas que, literalmente, se vendían a granel. Pero lo más impactante fue observar como padres animaban a sus hijos de 10 años o menos a manipular el armamento. “¡Este es un país libre!”, me increpó un vendedor cuando pregunté sobre el control de este tipo de mercancía.
Hace una semana, casi diez años después del incidente de Hillsville, me correspondió pasar por Connecticut. La Navidad en este estado vestía luto y muchos árboles cambiaron las luces por ositos de peluche con los nombres de los 20 niños y seis adultos asesinados en la escuela de Sandy Hook a mediados de diciembre.

El miedo abunda y otra vez el país está dividido. Por un lado, están quienes piden con urgencia una mayor regulación. Por otro, los partidarios de asumir la seguridad de sus familias como un asunto particular. ¿Cómo? Comprando más armas o adquiriendo mochilas o fundas de computador a prueba de balas para que sus hijos enfrenten lo que la industria del armamento publicita como una ‘active shooter´s situation’. Un eufemismo para referirse a un tipo loco y armado como Adam Lanza, el asesino de la escuela de Connecticut.
“No más víctimas por tiroteos en las escuelas”, se lee en la nueva publicidad del lucrativo negocio de las armas que explota el temor que siente el ciudadano medio de los Estados Unidos. “Se trata de una emoción que remite al origen de la nación como una nueva frontera. Pero más recientemente el patriotismo norteamericano ha llegado a ser sinónimo de usar armas de fuego y la fuerza militar en el extranjero. En consecuencia, y por desgracia, la cultura de las armas ha llegado a estar entrelazada con el ser norteamericano”, explica Bob Cesca, columnista de  The Huffington Post.
Veamos.

EN ESTAS FIESTAS DE FIN DE AÑO EL MARKETING APROVECHÓ LA TRAGEDIA DE CONNECTICUT para apelar al temor más atávico de los seres humanos: perder un hijo. Y, como siempre, lo hizo de una manera poco elegante, pero efectiva.
Si para quienes no estamos familiarizados con la cultura de las armas ya resulta chocante que lleguen por correo catálogos de pistolas para regalar en Navidad, la publicidad en páginas web donde aparecen escolares con mochilas antibalas resulta más que perturbadora.
“La seguridad de tu hijo y la paz de tu mente es nuestro negocio”, se lee en un aviso del producto My Child´s Pack, de la firma Bullet Blocker, donde una niñita de unos seis años se despide de su madre en la puerta de una escuela. “Seguridad al alcance de tus hijos”, dice otra frase de comercial.
Este año, junto con las bicicletas y los iPad, más familias de las que uno estaría dispuesto a imaginar decidieron regalar en privado mochilas antibalas con diseños de princesas Disney para niñitas o con los personajes de Los Vengadores para niños. La compañía Amendment II (Segunda Enmienda) es la  más conocida y ofrece estos productos por 300 dólares, mientras que los chalecos a prueba de balas de la línea Centurion diseñados especialmente para escolares alcanzan los 500 dólares. El lenguaje de este tipo de marketing es propio del mundo militar y abundan palabras como ‘enemigo’ o  ‘táctica’.
Con este antecedente, no debería llamar demasiado la atención que la poderosa Asociación Nacional del Rifle (RNA, su sigla en inglés), rompiera su silencio de una semana tras la masacre de Connecticut con un llamado inusual, por decir lo menos: que todas las escuelas de Estados Unidos armen a sus profesores para proteger a sus niños. “La única manera de parar a un tipo malo con un arma es un tipo bueno con otra arma”, explicó sin arrugarse el vicepresidente de la RNA, Wayne LaPierre, como si todavía la sociedad norteamericana estuviera anclada en el espíritu del Viejo Oeste.

La RNA sabe que una parte importante de la población, sobre todo en el sur de Estados Unidos, sigue pensando que la seguridad de sus familias es un asunto privado, como lo fue en los tiempos de indios y vaqueros.
Detrás de este fenómeno se esconde una profunda desconfianza al Estado y un gran temor a todo lo que parezca una amenaza al estilo de vida del americano blanco y religioso. Ya sea un negro, un gay o un inmigrante, todo lo diferente provoca rechazo. Eso explicaría, por ejemplo, la furibunda reacción del vendedor de armas de Hillsville cuando le pregunté sobre el tipo de control al que estaban sujetos los rifles de asalto. ¿Acaso usted viene de Francia?, me gruñó (la ‘América profunda’ tiene una particular fijación con este país europeo), antes de que unos amigos me explicaran que la guerra de Irak tenía a muchos norteamericanos especialmente paranoicos.
Otra vez el temor. Pero ¿por qué este sentimiento se arraigó de forma tan potente en la sociedad norteamericana?
Según Bob Cesca, se trata de una emoción que domina prácticamente cada aspecto del estilo de vida americano.
“Quienes son relativamente prósperos temen que los impuestos les quiten lo suyo y quienes son sensibles con el tema de la seguridad no ocultan su pavor a que el Estado les limite el acceso a conseguir municiones”.

No es casualidad que la firma que ofrece mochilas antibalas para niños se llame Segunda Enmienda (Amendment II), ya que es justamente este párrafo de la Constitución el que garantiza a los ciudadanos norteamericanos la libertad de conseguir y portar armas con mínimas restricciones. “El miedo domina casi todos los aspectos de la vida americana”, explica Cesca y agrega que en Estados Unidos hay empresas que incluso venden equipos completos de supervivencia para enfrentar el apocalipsis que incluyen refugio, alimento y, por supuesto, muchas balas.
Los partidarios del control advierten que la segunda Enmienda se trata de un pacto redactado en el siglo XVIII que ya no se ajusta a la realidad. Sin embargo, los publicistas de la RNA han convertido este párrafo en un fetiche y han sido en extremo efectivos en lograr que tarde o temprano todos quienes vivimos en el país terminemos por sentirnos vulnerables. Este año, por ejemplo, luego de la matanza en el estreno de Batman en Colorado (julio de 2012), otro tipo armado con pistolas y navajas entró a un cine en Cleveland, Ohio, (quería repeler un posible ataque como el de Colorado) y aunque la policía lo detuvo y no se produjeron víctimas, una buena parte de quienes vivimos en esta ciudad decidimos que era más seguro ver películas en casa. Al menos por un tiempo.
No es fácil dimensionar de buenas a primeras lo arraigada que está la cultura de las armas en Estados Unidos. En mi caso fueron casi diez años: desde el incidente en la feria de Hillsville hasta la tristeza infinita de los árboles decorados con los nombres de los niños de Sandy Hook.

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