Los souvenirs con las figuras de Scarlett O’Hara y Rhett Butler inundan el mercado de Charleston, en Carolina del Sur. También las banderas confederadas —símbolo del pasado esclavista de Estados Unidos— que se venden como chiches a los turistas encantados por el romanticismo que envuelve el casco viejo de Charleston, conocida como la ‘Ciudad Santa’ por la gran cantidad de cúpulas de templos que recortan el horizonte.

Pero desde el pasado 17 de junio es también conocida como el lugar donde nueve negros que asistían a una lectura bíblica en la Iglesia Metodista Episcopal Africana Emmanuel fueron asesinados a tiros. El autor de la masacre, un joven blanco de 21 años, confesó a la policía que su intención era iniciar una “guerra racial” en esa ciudad por su simbolismo histórico. Dylann Roof, el pistolero, se refería a que desde el puerto de Charleston se dispararon las primeras balas de la Guerra de Secesión con la que los estados sureños pretendían continuar con su pujante economía basada en la esclavitud.

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Como vemos, el sur de Estados Unidos no sólo vende a sus visitantes souvenirs de la película Lo que el viento se llevó. También exporta ideas de supremacía racial , las mismas que desde el siglo XIX promueve el siniestro Ku Klux Klan, quienes ya tiene a varios Estados en alerta con los panfletos repartidos en Atlanta en los que instan a “las hermanas y hermanos blancos” a unirse al grupo para “recuperar al país”. 

Como explicó el Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, en una reciente columna para The New York Times, el país más poderoso del mundo aún vive a la sombra de su pecado original. Este es, la esclavitud.

Cuando en 1822 Denmark Vesey —un negro libre— lideró una revuelta de esclavos en Charleston, la elite blanca reaccionó con histeria. La Iglesia Metodista Episcopal Africana (de la que Vesey fue uno de sus fundadores y que casi 200 años después sería escenario de la masacre) fue quemada y las actividades religiosas de los negros restringidas. 

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El puerto de Charleston fue por años el principal centro de comercio de esclavos africanos y la economía de la ciudad se sustentaba en la mano de obra negra. Por eso, después del triunfo de la Unión y de la abolición de la esclavitud, en una buena parte de la población blanca se instaló la idea de que la pobreza y la discriminación eran la moneda con la que debían pagar estos ‘nuevos hombres libres’ por haberse llevado su pasado de esplendor económico.

Por estos días todo parece indicar que este sentimiento no cambió con el movimiento por los derechos civiles en los años ’50 y ’60. La violencia racial, con los escandalosos estallidos ocurridos en Missouri, Baltimore, New York y Cleveland demuestran que se trata de un fenómeno en alza.

En Ferguson, por ejemplo, después que el 2014 un policía blanco mató a Michael Brown (18) se desataron violentas protestas que contagiaron a todo el país. 

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Sin embargo, lo que este año revelaría la investigación del Departamento de Justicia dejaría a todos perplejos: la violencia policial en ese suburbio de Missouri era el resultado de un esquema para recaudar mayores fondos municipales que montaron las autoridades blancas del lugar a través de multas de tránsito y otras infracciones menores (como caminar por el medio de la calle) cursadas a afroamericanos. Esto explicaría datos como que entre 2012 y 2014 los conductores negros fueron detenidos el doble de veces, pero en un 68 por ciento de los casos los jueces suspendieron las audiencias. Sin contar que las 14 víctimas de mordeduras de perros policiales resultaron ser afroamericanos… y ni hablar de los correos racistas enviados desde el municipio a la policía en los que se compara a la población negra con quiltros y a Obama con un chimpancé.

Los expertos identificaron en Ferguson un patrón de conducta racista que aumentó luego de que la crisis económica golpeara a la clase media blanca. Se había vuelto a instalar la idea que cundió tras la abolición: ‘ellos , los descendientes de esclavos, debían pagar de alguna forma por llevarse un pasado mejor’. 

Los conservadores saben cómo usar el símbolo de la ‘welfare queen’.  Según Krugman, los republicanos han explotado a su favor la historia de conflicto racial para poner freno a medidas sociales impulsadas por los demócratas, como Medicaid, poniendo en contra de estas políticas a un amplio espectro de la población blanca más pobre, especialmente del sur del país.

¿Cómo podrían estos sectores oponerse a medidas que los beneficiarían?  Para empezar, explica Krugman, el principal predictor para saber si una persona será o no beneficiada con el sistema de ‘Welfare’ (programa de ayuda alimentario), es su raza. Y hay un sentimiento extendido de un supuesto abuso que harían los afroamericanos (y ahora también los hispanos) de estos beneficios. 

Esta ideología de sospecha y resentimiento comenzó con la estrategia de Nixon para ganar votos en el sur del país, de pasado esclavista, y se consolidó en la era de Ronald Reagan. No es casualidad que durante el gobierno de este último se extendió el concepto de ‘Welfare Queen’ usado peyorativamente para referirse a mujeres negras que harían mal uso de la ayuda estatal y que tuvo su origen en un discurso de Reagan durante su campaña presidencial de 1976, cuando buscaba la presidencia para el partido Republicano.

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Pues bien, si la tendencia de culpar a otros de nuestras frustraciones se alimenta de un discurso político resentido, el resultado no puede ser otro que la violencia. 

Y si a esto le agregamos la alienación que provoca internet y los videojuegos en jóvenes marginados y sin trabajo, el resultado es Dylann Roof y su matanza en Charleston en nombre de una guerra que el viento no se llevó del todo.