Esta semana tuve la oportunidad asistir al XIV Encuentro de RSE y Desarrollo Sostenible: Soy Chile, Soy Diverso, una actividad consolidada hace tiempo y que reúne a parte importante del ecosistema que se desenvuelve en el ámbito de las relaciones entre las corporaciones y la comunidad, eso que se denomina Responsabilidad Social Empresarial (RSE) y que desafortunadamente en la mayoría de los casos se limita a actividades comunicacionales destinadas a proyectar una imagen, más que actuar efectivamente como agentes de cambios reales en un mundo que los requiere con urgencia. Atrapados como estamos en el paradigma mecanicista, amparados en esa ley de la selva del libre mercado –que en Chile tiene un laboratorio de experimentación privilegiado- donde la máxima de “gastar dinero solo en aquello que produce más dinero” impera por sobre cualquier cosa y donde a las personas se las llama “usuarios”, “consumidores” y “votantes”, la RSE aún se considera un gasto superfluo, un lujo que solo acaso las grandes marcas pueden darse.

Mucho y muy interesante podría decirse sobre este tema. Sin embargo, solo comentaré que, si bien siempre es bueno intercambiar ideas y tarjetas en el coffee break, un evento de tal magnitud merecía un panel más novedoso, propositivo, vinculante, en vez de tanto lugar común, nombres repetidos y buenas intenciones que por lo general no sobreviven al día siguiente. Lo que más llamó mi atención fue el documental “Soy Chile, soy diverso”, dirigido por David Albala, que presentó las historias de Pablo Tapia, un abogado discapacitado que se enfrenta día a día al prejuicio; Ximena Wiuckstern, una artista plástica lesbiana que lucha doblemente para sobrevivir con su oficio y su opción; y Fernando Echeverría, un inmigrante ecuatoriano que, era que no, fue engañado a penas piso la copia feliz del Edén y a partir de eso ha liderado una organización ciudadana. Para ser sincero (asumo que el realizador valorará la crítica constructiva) el documental no ofrece nada que no hayamos visto antes en décadas de Teletón o programas de pseudoinvestigación periodística. Lo interesante fue comprobar cómo ciertos conceptos como “inclusión” y “diversidad” se han institucionalizado al punto en que amenazan con que su significado se deprecie y terminen por sumarse a “democracia”, “justicia”, “educación” y otros tantos que ya nadie sabe qué significan realmente.

Tuve la suerte de no encontrar a nadie conocido a la hora del almuerzo y tener que sentarme donde hubiera puestos vacíos. Providencialmente, a mi lado estaba Ximena Wiuckstern, que dicho sea de paso tiene una obra preciosa. Conocí detalles de su vida que no quedaron en el documental, como el hecho de que comenzó a ser considerada por sus compañeros de colegio como lesbiana a partir de una carta amistosa que le escribió a su compinche de entonces, a los 8 años o por ahí, donde expresaba su alegría por tenerla como amiga y terminaba firmándola con un inocente, generoso y sincero “te amo”. A partir de eso –con el inestimable protagonismo de una escandalizada madre que al leer ese “te amo” proyectó sus propias fantasías eróticas y, por de pronto, una falta de cultura monumental– a sus espaldas se la definió rotundamente como homosexual, sin que la propia Ximena se planteara la posibilidad hasta mucho después, y asumiéndola en su aislamiento con mucho de resignación, tipo “si ellos lo dicen, por algo será”.

Si esta experiencia le permitió a Ximena encontrar la paz, asumiendo su naturaleza y sacando de aquel y otros posteriores reveses la fuerza para sentirse orgullosa de ser ella misma, es otro tema. Lo interesante es comprobar que, por mucho que se cacareé sobre los derechos, la inclusión, el respeto, la diversidad, por muchas leyes, cuotas y convenciones políticamente correctas que se adopten, por mucho comercial “de vanguardia” o slogan de candidato que prolifere, por mucho que se ponga de moda tomarse una foto saliendo –literalmente– de un armario, si no se profundiza en lo que realmente es el desarrollo humano, terminaremos con una institucionalidad de derechos civiles para aplaudir y mucha basura bajo la alfombra. Mientras en los pasillos de los colegios el bullying siga siendo considerado un problema de disciplina y no un síntoma grave de una enfermedad cultural que se contagia en las casas, mientras en instituciones “valóricas” como las Fuerzas Armadas siga siendo tema lo que hace el otro en su cama o su corazón; mientras sigamos enfocando la mirada en otros lugares que no sean los ojos del interlocutor, no habrá inclusión verdadera y pasará a sumarse a la lista de saludos a la bandera. Tal como la famosa RSE, con la diferencia de que en ese ámbito, al menos, iniciativas independientes sí pueden marcar esa diferencia.

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