El pelo entrecano, la melena desordenada, siempre de anteojos y bufanda artesanal, a sus 85 años Humberto Maturana se mantiene casi exacto al paso del tiempo. Nada en él ha variado, ni su aspecto y mucho menos su inteligencia. Sólo sus manos lo delatan: la piel oscura, finamente adherida a los huesos, de las que sobresalen venas azules como los anillos de un tronco viejo. Con ellas se dedica a trabajar su parcela en Lo Cañas, donde ahora vive solo tras la muerte de su mujer, Beatriz Genzsch, hace un año y medio. “Cuando uno pierde a un ser amado, la ausencia duele. Puede establecerse otra relación, porque uno sigue viviendo, pero el dolor es irrevocable”, dice refiriéndose al tema por primera vez.  

Se las arregla bien solo. Desde niño que hace las camas y cocina. Lo aprendió de su madre, enfermera en Valparaíso, donde él se crió junto a su hermano. “A mí no me educaron como los hombres tradicionales, sino como a alguien capaz de valerse perfectamente por sí mismo”, cuenta. El trabajo en laboratorios terminó de forjar en él el hábito del orden y la limpieza. “Todas las noches lavo los platos. Me gusta que todo esté perfecto cuando me despierte, aunque no soy maniático. También tengo una persona que me ayuda con las tareas de la casa y otra con el jardín”.

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No reniega de la soledad. Nunca ha sido de muchos amigos y tampoco echa de menos las visitas familiares porque, asegura, siempre fue un hombre independiente, con la mente tan llena de tareas que tuvo poco tiempo para regalonear a sus nietos. “He tenido que trabajar bastante para ganarme la vida. A mis hijos los gocé; cuando vivimos en Inglaterra mi mujer se iba a estudiar medicina y yo partía con el mayor en un canasto a trabajar conmigo en el laboratorio. Pero con los nietos fue distinto”. De lo único que se arrepiente es de “las cegueras y tonteras” que cometió en su vida,  aunque evita dar detalles, “qué quiere que le diga, no estoy en condiciones de hacer un mea culpa”, afirma.

Todos los días maneja de ida y vuelta desde su casa hasta el sector del Apumanque, donde se encuentran las oficinas de Matriztica, un ‘centro de investigación sobre lo humano’, como define a esta empresa que fundó hace 16 años con la epistemóloga y orientadora familiar Ximena Dávila. “Siempre seguí un camino, que es entender la naturaleza biológica-cultural del ser humano, pero cuando me encontré con Ximena, mi reflexión cambió”, dice sobre los cursos, talleres y seminarios que hoy imparten a particulares y empresas, básicamente orientados a procesos de transformación cultural al interior de comunidades y organizaciones.

Ximena Dávila se ha convertido en una presencia fundamental en su vida. Suelen verse constantemente, ella lo visita en su casa de Lo Cañas, y él reconoce que se trata de una figura trascendente, al punto que la nombra como su continuadora e incluso la declara como su gran compañía en sus tiempos de viudez. “El trabajo que estamos haciendo juntos ha sido ahora lo central de mi vivir”.

—¿Y qué pasa con el amor?

—El amor está, es parte del vivir cotidiano. Ahora, si usted me pregunta si yo amo a Ximena: sí, la amo. Yo amaba a mi esposa, por supuesto, tanto que la pérdida ha sido terrible. Pero la amistad salva, es bien interesante eso.

—¿Pero con Ximena son amigos o pareja?

—Somos amigos. Es que la amistad es amar sin exigencias, de lo contrario hasta ahí nomás llega. La amistad es la mejor expresión del amar, sin exigencias, expectativas o supuestos.

Este año se cumplen dos décadas desde que recibió el Premio Nacional de Ciencias por sus investigaciones en biología y lo que lo ha hecho más célebre: la teoría del conocimiento. “El Premio Nacional fue un regalo. Pero yo no tengo nada de extraordinario; tal vez lo único especial es que me he interesado en una sola cosa a lo largo de mi vida: el entendimiento de la naturaleza y de los seres vivos. Luego mi pensamiento fue transformándose, aunque nunca cambió de dirección”.

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Nada se le escapa. Menos se desconecta del crucial momento que vivimos. Opina sobre la reforma tributaria, la batalla educacional, el combate a la desigualdad y la despenalización del aborto. “Estamos atrapados en la adicción más feroz de todas —sentencia ahora como quien pone la vista sobre un enfermo—: el placer de ser servidos; ese es uno de los grandes males culturales que hoy afectan a la sociedad chilena y uno de los factores que ha influido en que todavía exista desigualdad”, dice sobre el tema que hoy inquieta al país. 

Como profesor universitario siempre está cuestionando a su interlocutor o es él mismo quien se interroga: “¿A quién no le gusta ser servido? —dice observando fijo sobre el marco de sus anteojos—. El tema es cuando se transforma en una adicción; ahí aparece el tema del poder, de la autoridad, de la dominación, del sometimiento. Hablamos de gente que no puede vivir sin servidores… ¿Cómo lo logran? A través del dinero, generando obligaciones, miedo, técnicas que han utilizado a lo largo de la historia”.

Ahí estaría la razón —advierte entonces— por la cual algunos grupos de poder se han opuesto a la reforma tributaria, o ven con preocupación el fin del lucro en la educación. Mientras que las demandas sociales han llevado al país a un punto histórico: “Pasamos de una dictadura a una democracia; después de un período sin libertad reflexiva o de acción —porque podías ser arrestado, interrogado, asesinado— se nos habló del arcoíris, que venía la luminosidad, la liberación de la tiranía. Pero sólo entramos a un ámbito que es a medias, ‘en la medida de lo posible’, como dijo Aylwin. Fue una invitación a algo que se suponía iba a ser distinto, y la intención, en lugar de ser democrática, fue liberal-económica, lo que tiene que ver con otra cosa, no con la creación de un proyecto común sino con una serie de iniciativas individuales. Entonces parte del malestar tiene que ver con tratar de romper ese amarre”, dice sobre un período que, según él, se extendió desde el mandato de Patricio Aylwin hasta el primer gobierno de Bachelet. “Pero ahora estamos en una nueva etapa, ante un nuevo intento por salirnos de estas garras de liberalismo”.

—Y todo se topa con quienes estarían adictos a ser servidos, como mencionaba usted antes.

—Me parece que sí. Quieren ser servidos cueste lo que cueste, no importa lo que pase con las otras personas. Hay una enajenación. Pero si queremos ser democráticos, lograr la equidad, tener los mismos derechos, aquí lo importante es la colaboración, entender que hay cosas que no pueden seguir como están.

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Para Maturana, las quejas del resto de la sociedad son legítimas. Y tienen un norte claro: la equidad, “que no es lo mismo que igualdad —aclara—; se trata de la legitimización de la diferencia, donde uno está tranquilo con ellas y las respeta, pero para que eso suceda las diferencias deben ser éticas, no sentir que al otro se le está pasando la mano”.

—Hoy la gente se toma las calles. Cuando la micro no para o disminuye la frecuencia, ponen barricadas. La violencia en la Araucanía es cada vez mayor. ¿Qué está pasando?

—Hay desesperación; las peticiones de la gente no han sido escuchadas y acogidas con respeto a su legitimidad. No se cumplen los compromisos, y eso pasa siempre; cada vez que llueve, por ejemplo, los sectores que se inundan son siempre los mismos, a pesar de las promesas de los alcaldes. ¿Qué es eso? Una promesa incumplida. Entonces la gente se toma la calle; creen que sólo así logran ser oídas, expresarse. El extremo es cuando se transforma en violencia. 

Según este biólogo, “estaríamos al borde de la desesperación social”. “Hay frustraciones, negaciones, traiciones; hay gente que ha sido empujada a la periferia, niños que no son admitidos en los colegios porque no tienen dinero, entonces hay un resentimiento muy grande, que se ha ido acumulando. ¿Por qué no se resuelve? Porque no hay disposición a la equidad. Hay deseo, pero no disposición”, sentencia.

—Y en ese sentido, ¿qué importancia le asigna a Bachelet como conductora de este momento histórico?

—Pienso que ésta es su gran responsabilidad. Su misión es generar una conversación que permita un proyecto común como país. ¿Cómo se hace? Algunos dicen que una nueva Constitución y estoy de acuerdo, pero tenemos que generar un proyecto en el cual podamos salirnos de las adicciones que genera la inequidad. Porque las cosas han llegado al momento en que resultan insoportables.