Releo el poema de Neruda y no puedo dejar de sentir cierto prurito. Cito el primer verso: “Sucede que me canso de ser hombre./ Sucede que entro en las sastrerías y en los cines/ marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro/ navegando en un agua de origen y ceniza”. Si esto lo escribía el poeta allá por la década del treinta- cuando comenzaba a construir su fama de bon vivant, enamoradizo y sibarita-, me pregunto qué pudo haber escrito ahora, cuando los hombres nos sentimos de verdad como ese cisne de fieltro que navega en un agua de origen y ceniza. Neruda- como nuestros abuelos y nuestros padres- vivió en un paraíso para los machos. Qué fácil la tenían. La máquina publicitaria de la mujer aún no echaba a andar y la masculinidad campeaba. Hasta el más fulero, como diría el tango, tenía una geisha en casa. Y ni asomo había de que esa realidad pudiera cambiar. ¿Quién iba a reprocharte entonces que tenías una panza cervecera?, ¿quién iba a recriminarte porque no cultivabas tu inteligencia emocional?, ¿quién iba a exigirte ir al sicólogo para mejorar tu relación de pareja?.

Pero vinieron los sesenta y, sin darnos cuenta, entre la píldora, los porros, el LSD y el amor libre, los hombres fuimos perdiendo prebendas y regalías. Todos queríamos ser Mick Jagger o Jim Morrison y no nos dábamos cuenta de cómo nos estábamos yendo al carajo. La maquinaria del marketing femenino comenzó a operar entontes. Ingenuamente celebramos la victoria de la pastilla anticonceptiva. Y de a poco nos fuimos convenciendo de que los peores males, desde el nazismo, hasta la bomba atómica-pasando por las dictaduras, los McDonald´s y hasta las canciones de Ricardo Arjona-, eran responsabilidad de los hombres. Y así quedamos, casi medio siglo después, más perdidos que un Chicago Boy en la Venezuela de Maduro.

Claro, las mujeres demostraron que son tan buenas o mejores que los hombres en la mayoría de las cosas; salvo como bestias de carga. Tomaron la iniciativa en el amor, en el sexo, en el trabajo. Nos relevaron en la ciencia, en la polítca, en la literatura. Y nos humillaron con su inteligencia emocional.

Lo peor de todo es que en ese trance los hombres nos fuimos convenciendo de que nuestras arcaicas costumbres dejaban mucho que desear. Y fuimos perdiendo interés en el asado después de la pichanga dominical. Incluso más grave: la pichanga dominical dejó de ser prioridad. Y como contrapartida, le empezamos a tomar cariño a la feria del domingo. Y se diría que nos comenzó a parecer más entretenido acertar en la elección del tomate no harinoso o del melón dulce, que hacerle un gol de tiro libre al arquero rival.

El extravío total llegó cuando decidimos tomar el toro por las astas y hacer lo que el entrenador de fútbol que nunca tuvimos nos hubiera ordenado: contraataque. Y pasamos a jugar al campo enemigo: la cocina. Mi último intento fue dramático, un desastre con ribetes de tragedia griega. No se me quemó el arroz, pero las escalopas me quedaron crudas y sin sal. Los niños se quejaron- por poco me hacen una marcha-, mi mujer me quitó el saludo y a mí me vino una jaqueca que todavía no me la saco de encima.

Antes de la extinción, abogo por una medida extrema: un ministerio para la salvación del hombre, a ver si por ahí retomamos el rumbo.