Todo comenzó como una tradición: familia que osara hacerse un nombre con sus viñas también debía contar con una enorme casona. El primero fue Luis Cousiño Squella, quien en 1856 se encontraba probando suerte con más de mil hectáreas en un rincón de lo que hoy se conoce como Macul. Lo cierto es que este nuevo negocio solo se sumaba a las múltiples áreas en las que hacía gala de su habilidad, entre las que contaba la minería y un paso por la política como diputado. No tardó en decidir construir una residencia del tamaño de su fama. La tarea quedó a cargo del arquitecto francés Paul Lathoud, quien ya había mostrado de qué era capaz al diseñar el Museo de Historia Natural. El lugar elegido se encontraba a unos pocos minutos de la Alameda de las Delicias y lentamente comenzó a gestar un estilo neoclásico que lo haría un símbolo de la ciudad hasta hoy.

Cousiño---Doña-Isidora-Goyenechea

En el interior del Palacio Cousiño la familia dejó su sello: detalles laminados en oro, cortinas bordadas a mano, cerámicas mayólicas y porcelanas traídas desde el Viejo Continente fueron parte de los adornos que acompañaban en fiestas del té y en el salón de los hombres, así lo explica una guía del palacio. La parte desesperanzadora fue que Luis Cousiño no alcanzó a vivir en el palacio, murió en 1873 y la obra recién fue inaugurada nueve años más tarde. Lo habitó su viuda Isidora Goyenechea y tres generaciones de descendientes hasta que en 1940 la familia decidió donar el inmueble a la municipalidad con una condición única, pero determinante: preservarlo. Aunque la familia Cousiño pudo decir adiós a la casona, no lo logró con las viñas. Hoy los hermanos Carlos, Emilio y Arturo aún son los encargados de monitorear la empresa y velar por más de un siglo de experiencia en el trabajo con la uva.

MONUMENTO NACIONAL

Similar fórmula, pero en distinto orden, fue la que usó Luis Pereira Cotapos. Ya era suyo en 1874 el gigantesco inmueble ubicado en Huérfanos, antes de iniciarse en las viñas. Al igual que Cousiño, también prefirió la mano de un francés para la obra, esta vez fue Lucien Hénault el arquitecto a cargo, el mismo que hacía poco terminaba de construir la Casa Central de la Universidad de Chile y el Teatro Municipal de Santiago. Dos pisos y más de dos mil metros cuadrados fueron la proeza que adornaron con juegos de pilares interiores y exteriores, sumándole un balcón que asoma sobre la puerta principal, donde Luis Pereira junto a su mujer, Carolina Íñiguez, podían ver la noche de una capital oscura, muy distinta a la actual. Fue recién un año después cuando Pereira decidió comenzar su carrera en los viñedos, fundando Viña Santa Carolina, que decidió llamar así en nombre de su mujer. Al igual que los Cousiño, el panorama tampoco fue muy auspicioso para los Pereira y su sueño duró hasta que la casa fue cedida al arzobispado en 1933.

Cousiño---Palacio

Después pasó de mano en mano e, incluso, el Liceo N°3 de niñas ocupó las habitaciones como salas de clases. Además, sus herederos prefirieron dejar la viña familiar en 1967, hoy propiedad de Watt’s. Por suerte no todo está perdido. A pesar de los daños sufridos en su larga historia, el Palacio Pereira hoy se encuentra en proceso de reconstrucción. El gobierno de Chile compró el lugar, donde hoy funciona el ministerio de Obras Públicas. Felipe Infante, Seremi de la entidad, piensa que al fin se están realizando los primeros auxilios. “Si quieres un titular, la casa fue rescatada”, admite inmediatamente. “Estos son monumentos nacionales y hay que cuidarlos. Ya hay deterioro por los terremotos, pero nos estamos acercando a la restauración completa”. Y explica que ya en el primer semestre del próximo año estará disponible para dar espacio a oficinas de la Dibam y del Consejo de Monumentos Nacionales, tras una inversión de 14 mil millones de pesos.

El lado amargo “Parece no haber respeto por el patrimonio”, dice Cristóbal Undurraga.  Mientras, revisa fotos antiguas del palacio que perteneció a su clan y que no alcanzó a conocer, pues la familia dejó la propiedad en 1932 y esta fue demolida en 1976. Su antepasado directo fue Francisco Undurraga Vicuña, empresario y diplomático que introdujo a su familia al mundo vitivinícola en 1885 con la Viña Undurraga. En su oficina, Cristóbal Undurraga relata la historia de sus antepasados rematando varias de sus frases con un “era impresionante” y deteniéndose en una fotografía guardada del siglo XX.

Costado-Música-1880

Cuenta que quien creó la mansión fue el sobrino de Francisco. La maciza construcción gótica de cuatro pisos fue encomendada al arquitecto español José Forteza. Intentando tocar el cielo, cada esquina de sus ventanas, balcones y torres poseían pequeños ornamentos que se alargaban hacia arriba. Y, como un último toque, el fuerte sentimiento católico de la época aparecía reflejado en la figura de la Virgen María en el frontis de una esquina. Pero de todo eso hoy nada queda. En los vinos sí hubo reinvención. En 2006 los Undurraga vendieron su participación en la viña que lleva el nombre de la familia, pero Cristóbal admite que el vino corre por su sangre y no pudieron estar mucho tiempo sin él. Ese mismo año adquirieron una propiedad en Los Lingues, en el afamado valle de Colchagua, un inicio fresco para una generación con siglos de experiencia en el área. Viña Koyle es el nombre con el que quisieron traer nuevos aires a la industria a través de una línea de vinos veganos. “Detalles impensados en el siglo XIX, donde las fiestas en mansiones, junto al vino que tu familia había cultivado, era el elíxir máximo. Un lujo por el que merecías invertir una fortuna”, reflexiona.