En un restorán del D.F. en México, la noche se vuelve silenciosa. Suenan los hielos del whisky. Chocan los cubiertos de la mesa y nada más, porque a Héctor Aguilar Camín no le gusta que lo entrevisten con música de fondo. Pide tres veces que la apaguen “No entiendo por qué ponen ese ruido, si la gente acá no viene a bailar”. Las melodías electrónicas del fondo no están preparadas para calzar con la historia que quiere contar. “Señor, si no apaga esa música nos vamos a tener que retirar”. Hasta que todo se corta. 

Aguilar Camín es un hombre de amigos. En Chile tiene varios. Viaja una vez al año o cada vez que puede. Recurrente en seminarios y congresos, asiste a todos los eventos que le inventa la Embajada mexicana. Se junta a almorzar con José Miguel Insulza o Luis Maira y casi siempre pide congrio. Lee El Mercurio y no se cansa de defender el mar para Bolivia. “Chile deberá abandonar su nacionalismo rancio”, dijo en una visita. Para dormir elige Providencia y confiesa que lo que más le gusta de las chilenas, es su acento. 

Hoy la cita es en La Colomba, uno de los restoranes más famosos en la Roma Norte, el lugar cool del D.F. Héctor habla sonriendo y escoge el vino. Está enojado. Siente que el gobierno no ha sido capaz de develar la verdad de lo que ha pasado a México y asegura que los planes presentados por su presidente, Enrique Peña Nieto no son suficientes. Su análisis gusta a algunos y enoja a otros. Lo hace desde diferentes tribunas: televisión, donde es invitado a programas, la revista Nexos donde es director, y en cada uno de los noticiarios donde es parte regular de la parrilla programática.

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“Me parece una tremenda falta de seriedad con que el gobierno y la izquierda han abordado el tema de los 43 estudiantes. La falta de pantalones con que se asume lo que pasó. La parte noble es la emoción y la indignación de los padres que perdieron a sus hijos, de personas que salen a las calles, exigiendo un mejor país”.

Para Aguilar Camín el problema principal que existe en México es que la democracia desde 1997 se transformó en un plan de negocios. La idea era que los partidos tuvieran dinero público para financiar las campañas y nada de privado. En esa oportunidad les entregaron 300 millones a cada partido. Después se dieron cuenta de que era mejor que contaran con su ingreso privado y les entregaron el diez por ciento. “Toda esta situación ha obligado a que los privados deban poner mucho dinero para poder ganar. Hay lugares donde las campañas pueden costar hasta cuarenta millones de dólares”, comenta.  

Explica que en el caso de Iguala fue algo similar. “El jefe criminal que llegó a la municipalidad estaba ahí, porque podía pagar. En estos años hemos convertido la democracia en una subasta. Si quieres jugar ahí tienes que tener dinero y cuando llegas lo tienes que recuperar. Se establece la lógica de la política como inversión que se tiene que recuperar de la forma que sea”, cuenta. 

Héctor Aguilar Camín pide que se nombre siempre a su madre y nunca le ha gustado que le digan el apellido del padre a solas. ¿La razón? El abandono de su padre a una familia de seis hijos, después de una tragedia que casi acaba con la vida de todo el grupo. Nació en Chetumal, en pleno Caribe azteca. A los nueve años fue a vivir al D.F. En ese traslado, desde la vida entre hamacas, playa, la frontera con Belice y de cómo en el camino sufre el abandono de su padre; cómo se trasladó a vivir con su madre y su tía habla su última historia. “La que más me ha costado escribir y terminar”. La comenzó a los 16 años y le tomó más de cincuenta. “Para contar esta historia me tuve que volver escritor”. De ahí no paró y al menos siete premios literarios lo sustentan, entre ellos el Gabriela Mistral, que da la Organización de Estados Americanos.  

“Es el gran vacío que tenía pendiente”, dijo luego de la presentación del texto en la Feria de Guadalajara. Para él es la historia que se debía a sí mismo. “Héctor Aguilar Camín nos había regalado pistas sobre sus orígenes, pero jamás había escrito de una manera tan honesta sobre su familia”, son partes de los comentarios que abundaron en Guadalajara. 

Todo partió el 2005, cuando después de 50 años sin verlo, Héctor Aguilar Camín se reencuentra con su padre y su madre en la misma clínica del D.F. Uno estaba en el piso de arriba y ella, en el de abajo. Ahí Aguilar Camín reconoce que se encontró con un ser indigente, poco reconocible, pero que necesitaba su ayuda. Pasó meses viéndolos y desde esa melancolía se pudo separar del dolor del abandono y de lo que este había producido en su vida. Su padre ni siquiera reconocía dónde estaba. En medio de esa disminución, hizo las paces y se atrevió a retomar una historia que había comenzado a escribir y que reconoce haber tecleado entre llantos y partes inconclusas.

Hoy, a los 68 años, es capaz de reeditarla y construirla como si fuera uno más de los treinta libros que tiene. Entre los más conocidos La guerra de Galio, Las mujeres de Adriano y el Resplandor de la madera, por nombrar algunos. 

—¿Qué tiene esta historia que no tenían las otras?

—Esta es la historia clave de mi familia. La mejor. Cuenta cómo mi abuelo paterno toma el negocio de mi padre y lo destruye hasta quedarse con todo y cómo eso determinó la ruptura. Cómo mi padre se fue e hizo otra vida aparte de la nuestra y mi madre y mi tía cumplieron con que todos tuviéramos una carrera universitaria. Cuenta de cómo se separan las vidas y luego cómo se reconcilian. No es una autobiografía, sino la historia de mis padres como si no fuesen míos. Los padres son seres cercanos y muy enigmáticos. Traté de saltar ese enigma y ponerlos como seres humanos que tuvieron su propia historia. Aunque suene absurdo, la mejor manera de contar tu historia es desapegándote de ella”—, comenta mientras el mesero le trae el tercer vaso de whisky. 

—Recopilar una historia así es un ejercicio que exige algo más que la memoria.

—Es un ejercicio de desapego que te lleva a entender que las cosas que pasan en tu vida no son aisladas. Tu padre no te abandonó porque no te quisiera, porque no le importaras o porque estuviera en contra tuya. Lo hizo por sus propias razones que no tienen nada que ver con la manera en cómo recibes el abandono. Hay dureza, frialdad, que se vaya y que no voltee a verte, pero no es que te lo merezcas, no es que te lo hayas ganado, sino que es así porque así era él, así fue su vida. Tenía la cabeza y el corazón lleno de otras cosas, que eran más importantes que tú, pero no porque no seas importante. Te tocó no ser parte de las cosas que le importaban en la vida, pero no tenía nada contra ti.

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—Suena como a perdón. ¿Alcanza a perdonar el abandono con su libro?

–Perdonar es un acto demasiado grande, pero una vez que entiendes que no fue contra ti el daño se reduce mucho. Vino el ciclón Janet que nos dejó sin casa, que a poco nos ahoga a todos, estábamos en la cocina, que era lo único que no se había caído. Te da una rabia y te parece que su violencia es contra ti. Te maltrata y te lesiona. Hay gente en Chetumal que dice que odia al ciclón Janet como si fuese una persona. Es cierto, te hizo mucho daño, porque iba pasando por ahí y tú lo recibes personalmente, pero ibas pasando por ahí como esa gente que recibió la fuerza del ciclón y también ibas pasando como cuando tus padres reventaron su relación y quedas al medio. Yo no me divorcié de mi primera mujer y me fui de la casa porque quisiera abandonar a mi hija Rosario. Me fui por mis propias razones. Ella lo recibió como el ciclón. No era contra ella, era contra mí, con mis propias ganas de cambiar.

—¿Y cuándo se hace esa mirada interna? ¿Qué le pasa cuando llega esa catarsis?

—Ocurrió mientras escribía. Fue la historia que escuché toda mi vida. Esto sucedió desde el año ’56. Mi madre y mi tía eran muy buenas oradoras. Yo escuchaba esta historia tan buena, tan dura y tan extrema que estaba siempre presente. Tenía el impulso de ser escritor para contarla y me tardé toda una vida en poder hacerlo.

—¿Qué cosas le exigió esta historia? ¿Qué barreras tuvo que vencer durante esa vida?

—Varias cosas. Primero el desapego con el dolor. Me pasó muchas veces que relaté episodios dolorosos. No los puedes escribir con lágrimas. Esas son tuyas. Esperas que las lágrimas pasen y vuelves a escribir todo otra vez. Si al leerlo, nuevamente te dan ganas de llorar, entonces los haces así de nuevo hasta que seas capaz de contarla como es. Sin retóricas, sin imaginaciones que te interrumpan.