Casi 20 años han pasado del día en que dejé “temporalmente” Chile para hacer una maestría en Corea. Desde ese día en adelante he vuelto sólo por vacaciones y me he perdido nacimientos, bautizos y otras celebraciones familiares y de amigos. Muchos cambios se han sucedido en estos años, también en nuestro castellano que a veces me deja perpleja.

Con orgullo reconozco que mi acento al hablar no se ha “agringado” y todavía sueno como la chilena nacida y criada que soy. Pero siento que me he perdido una parte de la evolución y el cambio que ha tenido el castellano por allá por mis tierras, entre el mar y la cordillera. Mis amistades suelen decir que mi acento se ha neutralizado muchísimo y que la chilena de alma, con todos sus dichos y expresiones, sale solo en el segundo en que me cruzo con un compatriota: Ahí salen a relucir los “cachai”, “al tiro”, “fomes” y “bacanes”, también algún glorioso “poh”.Bien.

El problema comienza cuando en las calles del mundo, primero, y luego en las redes sociales, empecé a desconocer la cantidad impresionante de palabrotas en cadena, en una frase cualquiera; de pronto me es más fácil seguir y entender un diálogo entre dos españoles, costarricenses, argentinos o ecuatorianos que de mis connacionales. El idioma en las redes sociales, especialmente en Twitter, es una historia en sí misma. Alguna vez leí que el papel lo aguanta todo, como escribiera Carlos V hace cinco siglos, pero creo que el anonimato que dan las redes ha sacado el lado más oscuro y violento de los escritores, comentaristas y opinólogos en potencia, llevando la frase del monarca a un nivel antes desconocido.

Cuando niña, mis padres y hermanos mayores fueron mi primer filtro y las groserías o garabatos eran sencillamente “inadmisibles”… Todavía lo son. Hablar con corrección era una muestra de respeto y de educación; recuerdo que en casa me decían que había una palabra para cada cosa, por lo que usar, por ejemplo, “la huevá” para referirse a todo, era solo una muestra de falta de vocabulario. Pareciera que eso ya no se enseña, cuando veo que hasta hay abreviaturas para insultos y palabrotas y encontrarse con un “CTM” es pan de cada día. Siento que nuestro idioma se ha vuelto agresivo y cotidianamente insultante.

No tengo nada contra la “creatividad” y creo que en Chile somos excelentes para inventar palabras y conceptos que rápidamente se popularizan y pasan de manera transversal por regiones, clases sociales y niveles académicos. Usamos cantidad de anglicismos sin haber puesto un pie en un país de habla inglesa; los eufemismos son pan de cada día y los diminutivos otro tanto. Nunca habíamos criticado de frente sino con una “buena talla” o la “chispa criolla”, pero de pronto veo que pasamos de esa ambigüedad al insulto directo y sin anestesia.

Se imaginarán que si a mí el castellano de mi país me causa sorpresa y a veces confusión, a las mini vikingas, a quienes he intentado enseñarles el idioma desde que estaban en mi vientre, las deja perplejas. Lo peor es que, después de hablar con sus primos cuando estamos de vacaciones, me miran con cara de “mamá, cómo no cachas nada?!” Cara de impacto es también la que veo en el vikingo o alguno de sus amigos que aterrizan en Santiago después de haber aprendido español con aplicación y admiten no entender casi nada. Y la aventura viajera se transforma para ellos en un desafío a veces divertido, a veces desesperante.

En fin, por principio y por formación me niego a usar el 40% o más de mi vocabulario en groserías ni para conversar, ni para escribir. Tampoco uso las nuevas abreviaturas de los insultos más abominables, pero admito que como eterna admiradora de Condorito, cada vez que el dedo meñique de mi pie se encuentra con la pata de la cama o de un sillón lo que sale de mi boca lo puedo traducir a aquel conocido “%#&͌ϑ҉҂‼≈λ∞#¤*” ;o) ¡Hasta la próxima!

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