“Acabo de ver con mis hermanos de comunidad la película El Bosque de Karadima, del director Matías Lira. Es una buena película, como cine y como reflexión sobre la maldad y la fortaleza humana. Nada hay en ella que ofenda a la Iglesia. No es amargada, ni exagerada, ni panfletera. No falta a la verdad. No caricaturiza a los personajes ni los condena. A la Iglesia en Chile le hace bien reflexionar, una vez más, sobre el gravísimo daño que hombres y mujeres que dedican su vida a la causa del Evangelio han ocasionado a víctimas concretas, vulnerables, muchas veces indefensas”. Así comenzaba lo que el Padre Rosas, profesor de teología perteneciente a la Congregación de los Sagrados Corazones, escribió en su cuenta personal sin jamás imaginarse la recepción que tendría.

Lo que más valoraron sus seguidores fue la opinión firme y clara de un hombre de Iglesia. “Gracias por tu sinceridad y humildad, como esperamos todos de un verdadero cristiano. Así, da gusto seguir creyendo en la verdadera palabra de Jesucristo. ¡Te felicito!”, “Nada más de acuerdo contigo hermano. Gracias por tu reflexión, tus palabras nos alientan en el camino de búsqueda de la verdad y de acercamiento aún más al Evangelio”, “Me alegro de leer estas palabras, que comparto plenamente y considero un signo de esperanza”, son algunos de los comentarios que plagaron su muro durante una semana.

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Una señal inequívoca de que aún después de 5 años, el caso Karadima está lejos del olvido y la película de Matías Lira ha venido a remecer la conciencia y el alma de moros y cristianos por igual.

Esa inolvidable noche del 26 de abril de 2010, cuando Juan Carlos Cruz, James Hamilton y José Andrés Murillo, revelaron los abusos del padre Karadima, Guillermo –al igual que la mayoría– estaba frente al televisor. Al escuchar el crudo relato quedó impactado. Ya había oído algunos rumores sobre lo que pasaba en El Bosque, pero no estaba seguro si era información verdadera o simples habladurías de la gente. Cuando James Hamilton comenzó a hablar, supo que todo era verdad. Desde el primer momento que lo vio en pantalla le creyó.

- ¿Cómo vivió el momento en que estalló el caso?

Habíamos sabido de situaciones de abuso. Lo de Maciel, lo del cura “Tato”, pero la verdad es que aquí se juntaba lo horroroso del abuso y que era algo reiterado, con otra cosa: el aura de santidad que tenía el abusador, no para mí, yo nunca lo consideré santo y tuve nulo contacto con El Bosque, pero sabía que era un grupo en el que se cultivaba un cristianismo realmente muy, muy especial. Estar ahí equivalía a tener pasaporte para el cielo. Entonces, que se diera en ese contexto era impactante, porque uno de los que menos se lo esperaba era de un grupo así. Además era el grupo desde el cual emanaba una crítica permanente, aunque no explícita, a distintos sectores de Iglesia que eran más sociales, más desordenados, más chascones, por así decirlo.

SIN MIRAR HACIA EL LADO

Guillermo llegó al cine con ciertas aprensiones, pensaba que era muy difícil hacer una buena película sobre una historia tan conocida y que podría generar división.

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¿La cinta lo afectó?

Mi impresión fue de una película que realmente logra tomar la distancia artística necesaria para que fuera un buen film. Es un buen cine, en términos estrictamente cinematográficos, está bien hecha, con inteligencia, sutileza, con belleza incluso, podría decir. Me gustó y aplaudo a Matías Lira, realmente creo que hizo una película muy buena. Pero al mismo tiempo, me impactó mucho. Me gustó el respeto con el cual trata los personajes, él no caricaturiza, no hace caricatura ni de Karadima, ni del personaje abusado —que es una especie de síntesis de varios abusados, como se ha dicho— ni de los demás personajes. Encontré que los personajes eran creíbles en ese sentido y tampoco los juzga. Es decir, no demoniza a Karadima, ni tampoco endiosa al abusado, eso me gustó mucho.

¿Cree que los sacerdotes deberían verla?

Absolutamente, no sólo se las recomiendo, es una película que hay que ver. Creo que ningún sacerdote puede mirar hacia el lado con el caso Karadima. Siempre he sido partidario de que el tema no se soslaye, que no le echemos tierra encima, porque justamente la crítica que viene de mucha gente es que la Iglesia tapa los problemas, no se enfrenta a la verdad, no pide perdón y no se condenan a las personas. Aquí, en este caso hay una condena, gracias a Dios, incluso, como sabemos, hecha por la propia Iglesia, porque la justicia civil sobreseyó este caso, así que yo me siento orgulloso de eso. La razón por la que los curas tienen que ver esta película, es porque no es ficción, está basada en hechos reales. Uno puede confiar en que lo que hay ahí es algo que realmente pasó y por lo tanto me puede enseñar algo a mí como cura, me puede decir algo para mi ministerio, para cuidar ciertas actitudes. El sacerdote tiene un poder de hecho, aún en una sociedad tan descreída como la nuestra. Entonces nosotros tenemos una posibilidad de manipular a la gente si lo queremos, enorme y mi impresión es que muchas veces no somos conscientes de eso.