Aquí estamos nuevamente. A las puertas de terminar un año que, en lo personal, me ha parecido un suspiro… ¡y de los cortitos, además! Sin embargo, por Dios que siento que he aprendido una tonelada y más en estos últimos 365 días.

Comencé el año ansiosa por el regreso del vikingo, tras un año en Afganistán ¡qué alegría enorme recibirlo en el aeropuerto de Copenhague! Pero ya sabemos que la vida tiene idas, vueltas, curvas, y sorpresas, y a semanas de su regreso se concretó el plan de mi partida. De mi “regreso”, más bien, a mi tierra natal por un periodo definido. Una vez más la familia al aeropuerto, esta vez para despedirme temporalmente a mí.

Y desembarqué en Santiago para vivir nuevas experiencias en mi país de siempre. Cómo no agradecer al vikingo y a nuestras hijas esa generosidad de apoyar mi decisión sin cuestionar sino deseando que de ella todos saquemos el mayor provecho para nuestras vidas. Cómo no agradecer entonces por mi familia, por la que tengo en Dinamarca, la que tengo en Chile y por la que se ha ido formando gracias a esas amistades que ya son familia de vida, de corazón y de experiencias compartidas.

Este año en Chile me permitió vivir más cerca los sobresaltos que provoca la enfermedad de nuestros padres y los desafíos su edad avanzada. Al estar lejos se vive con el alma en un hilo y una nostalgia enorme por no estar presente cuando la salud flaquea. Al estar cerca, maduras viendo que, a veces, con lo único que puedes aportar es con tu alegría, tu presencia y tu entusiasmo para hacer que su ánimo no decaiga cuando su cuerpo si lo hace. Es difícil, pero te enseña también sobre fragilidad, entrega, humildad y agradecimiento por cada momento disfrutado y compartido; por cada risa que se transforma en recuerdo y por cada lágrima que te recuerda la fugacidad de los momentos y lo importante que es aprovecharlos.

Y así llegamos a diciembre y a las puertas de mi cincuentenario. No soy fan del positivismo a raja tabla de “la vie en rose”, sino que prefiero asumir que hay días marcados por Murphy y por las metidas de patas, de lo que también se aprende. He aprendido que todos los esfuerzos valen la pena y para algo sirven, aunque sea algo distinto de lo que tenía planeado.

Así las cosas, después de la larga celebración navideña danesa (pequeña Nochebuena, Nochebuena, Navidad y segundo día de Navidad… cuatro días y muchas calorías) estoy lista para hacer del 2018 un año inolvidable, tal como ha sido el que pronto despediremos. Ahí está, a punto de nacer y listo para ser deseado, vivido, soñado y celebrado. Ya no soy de hacerme de la lista de propósitos, pero sigo ilusionándome por el cambio de calendario… y aquí estoy, abierta a lo que venga, tengo sueños y proyectos, pero también tengo claro que lo único permanente es el cambio.

¿Uno de los planes de cada año? Visitar un lugar en el que nunca he estado. Veremos a dónde llego o llegamos en la próxima temporada.

Para despedirme, les deseo un año inolvidable. Un año en que se la jueguen, que amen intensamente, en que el ánimo y la alegría no flaqueen y que, si sucede, no desesperen. Les deseo una vida más sencilla, menos complicada, y donde todos aportemos los mejor de cada uno para una vida colectiva más sana y feliz.

De todo corazón ¡bienvenido 2018!

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