Resulta que la ciencia confirmó que tenemos dos cerebros: uno en la cabeza y otro en el estómago. Sí, en la guata hay unas 100 millones de células; más o menos la misma cantidad que posee el cerebro de un gato. Eso de ‘sentir mariposas en el estómago’ si estamos enamorados, o tener un ‘nudo’ frente incertidumbre, ahora tiene una explicación de laboratorio.

Sin exagerar podemos decir que en nuestras entrañas hay un felino listo para dar un zarpazo a nuestra voluntad, tanto si queremos iniciar una dieta y bajar de peso o –al revés– ganar un par de kilos.

La primera vez que leí sobre estos ‘dos cerebros’ fue hace varios años atrás, creo que en The New York TimesEntonces, como buena neurótica, sentí algo parecido al miedo. ¿Una criatura, un alien, que habita mi interior? ¿Un animal exótico, tópico, gótico que pretende mandarse solo?

Con razón –pensé– durante tanto tiempo estuve luchando sin éxito contra esos kilos de más. Por fin tenía a quien responsabilizar de mi pasado obsesivo con la comida. Claro, la culpa la tenía ese cerebro primitivo instalado en mi guata que boicoteaba las órdenes del cerebro más civilizado ubicado en mi cabeza y que luchaba por ser ‘flaca y feliz‘, como dice un libro éxito de ventas.

Nunca fui lo que se dice gorda, pero por unos años mi cara era de manzanita y, mi cuerpo, la fantasía erótica de los maestros de la construcción. ‘Entradita en carnes’, para ser más exacta. ‘Washita carnua’, para la barra pop. Comenzaba la época de las supermodelos y yo, adolescente, me obsesioné con una figura de sílfide, de cisne, de dríada que no era la mía. Estamos hablando de la era pre-ravotril –algo así como la prehistoria de los ansiolíticos– y yo ya estaba empastillada con un antidepresivo.

El asunto era que entre más quería bajar de peso, más comía porque mi cerebro inferior se encargaba de llevarme la contra. Del mismo modo que las personas que somatizan son hipersensibles a las señales de su cuerpo y –en un círculo vicioso– esto le provoca más enfermedades, yo vivía pendiente de los mensajes que me enviaba ese cerebro gatuno, traicionero.

Con los años, los científicos descubrieron que estos dos grupos de neuronas (cerebros) están interconectadas a través del nervio vago que cumple un papel en la regulación de nuestro estado emocional. Por ejemplo, ahora se sabe que el estómago produce una hormona que estimula el apetito, la grelina; mientras que más abajo, en un sector del intestino delgado llamado íleon, se segrega otra sustancia encargada de enviar la sensación de saciedad. Claro que este último aviso de parar el atracón, sólo ocurre veinte minutos después que comenzamos a llevarnos la comida a la boca.

Pero como por esos años mi guata la habitaba una alimaña a la que nada le parecía suficiente, antes de que pasaran esos minutos clave para soltar el tenedor, ya no quedaban rastros del banquete. Y, lo peor, ni siquiera me había percatado de los olores y sabores del plato.

La ansiedad es así: quiere tragarse el mundo y de tanto buscar controlarlo todo –el peso, por ejemplo– lo único que consigue es pisarse la cola, como un gato ciego atrapado en nuestros intestinos.

Esta historia continuará.

@Empastillada_C

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