El italiano Gino Orsini Schiavina cumplirá 96 años el próximo 14 de julio. Y en su departamento de Las Condes, donde vive junto a su mujer de hace 60 y tantos años, se mantiene lúcido y de buen humor gracias al dominó, el bridge, los crucigramas y el fútbol. El primer mundial que vio, cuenta, fue el primero: Uruguay 1930.

Nació en el pueblo italiano de Galliera en 1918, cuatro meses antes de que terminara la Primera Guerra Mundial. Fue el menor de los ocho hijos que tuvieron Roberto y María, una familia de diez integrantes que debió enfrentar la tremenda escasez de aquella época con niños pequeños. Antes de que estallara el conflicto, el padre se dedicaba al comercio: tenía un pequeño negocio de queso parmesano en el mercado de Ferrara. Pero entre 1914 y 1918 tuvo que suspender las labores y cerrar el local: “A mi papá lo trasladaron a Bolonia para encargarse de una bodega de material bélico, aunque por la edad no lo enviaron al campo de batalla”, dice don Gino.

Recuerda que su padre siempre le contó que lo pasaron muy mal por las restricciones. Y que esos cuatro años fueron horribles.

La familia Orsini Schiavina, sin embargo, no dejó de sufrir a causa de los conflictos bélicos. Cuatro de los hermanos tuvieron que combatir en la Segunda Guerra: Marino, que murió en el campo de batalla; Emilio, Bruno —abuelo materno de la periodista Susana Roccatagliata—, que estuvo dos años en un campo de concentración; y Gino, que fue soldado de elite desde 1940. “El más chico tenía que medir 1.82 metro. Y yo medía 1.86. Era oficial y subteniente, aunque no tuve que disparar nunca”, señala él.

¿Y cómo fue que prácticamente todo el clan terminó en Chile? “Es una historia un poco larga”, dice don Gino. Cuenta que su hermano mayor viajó en 1928 de Italia a Buenos Aires, pero que no le gustó. Y que luego fue a Córdoba, donde puso una fuente de soda. Después partió a Sao Paulo, donde lo estafaron, por lo que se fue a Paraguay. Pero sufría con el clima. Hasta que un día, hablando con un amigo, se animó a venirse a Chile. Y así sucedió. En Santiago se ganaba la vida en un almacén de abarrotes en la Vega Central y, luego, un molino de arroz en el sector de Mapocho.

Don Gino dice que al terminar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, la situación era muy triste en Italia. Y su hermano mayor, que extrañaba mucho a la familia, los empezó a entusiasmar. Después de 30 días de viaje en barco, don Gino llegó a Buenos Aires y, luego, en el tren trasandino, cruzó la cordillera hasta Santiago: “Fue en 1947 y viajé, más que nada, por conocer. Tenía un trabajo bueno en Italia, era secretario administrativo, pero pedí dos años de permiso”.

A su señora Gioconda la conoció, dice, el primer sábado en que estuvo en Chile. Y se casaron en 1952. Tuvieron tres hijos, diez nietos y tres bisnietos. Don Gino gran parte de su vida también se dedicó a la industria arrocera. Cuenta que la mayoría de sus hermanos finalmente vino a Chile: “Pero algunos regresaron a morir a Italia. Siempre tira mucho la sangre”.

Se le ve estupendo y todavía conserva la altura imponente de la juventud. También el humor y su pasión por el fútbol. Cuenta que ha visto todos los mundiales, excepto los que se realizaron en la época de la guerra. Aunque lleva 67 años en Chile, su acento italiano es fuerte y marcado, como su propia historia.