Giacomo Rizzolatti (76) es un neurobiólogo italiano que tiene fe en el destino del hombre. Mejor dicho, en el “cerebro” de la humanidad.

Y ojo que no se trata de un giro místico en su larga trayectoria entre monitores y electrodos. Su renovada fe surgió tras el descubrimiento de un grupo de células que, por su capacidad única de adoptar el punto de vista de otra persona, fueron bautizadas como “neuronas espejo”.

“Además de la imitación, estas neuronas juegan un rol muy importante en la empatía, en la capacidad de ponernos en el lugar del otro. ¿Y qué mensaje nos entregan? Que la naturaleza del hombre es esencialmente colaboradora”, explica Rizzolatti a CARAS desde Italia, antes de viajar a Chile para presentar este 12 de abril la conferencia “Neuronas Espejo y Empatía”, que organiza la fundación Puerto de Ideas en Antofagasta.

El hallazgo de Rizzolatti trascendió los laboratorios y los hombres vestidos de batas blancas. También implicó a las humanidades, porque entregó una nueva mirada sobre nuestra naturaleza social en áreas como la Psicología, Sociología y hasta la Filosofía.

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Vilayanur S. Ramachandran, uno de los neurocientíficos que más ha contribuido a divulgar el trabajo del doctor italiano, incluso llegó a afirmar que el descubrimiento de las neuronas espejo equivale a la Psicología lo que en su momento el ADN a la Biología.

Pero ante tanto revuelo Rizzolatti se toma las cosas con la calma que entregan los años. Tiene un aire a Gepetto, compasivo y bonachón, y la alegría propia de los italianos. También la creatividad. Su rigor científico quizá se deba a que nació en Kiev, de madre rusa, y ya sabemos la aplicación de los genes de esa región de Europa Oriental. Cuando su familia retornó a Italia, Giacomo estudió medicina en la Universidad de Padua, aunque sería en las aulas de la Universidad de Parma, donde ocurrió su Eureka.

Todo partió en 1996 cuando el neurobiólogo investigaba el funcionamiento de las neuronas motoras involucradas en el movimiento de una mano. Para ello, junto a sus colegas Leonardo Fogassi y Vittorio Gallese, implantó electrodos en la corteza frontal inferior de un macaco. Si el mono estudiado realizaba una acción, se encendían las neuronas específicas de un área del cerebro. Era algo que estaba dentro de lo esperado.

Sin embargo, como en la mayoría de los grandes descubrimientos, lo que otorgaría al equipo de Rizzolatti fama mundial, ocurrió por casualidad. Una serendipia.

Era un día caluroso y los científicos salieron a almorzar. Uno de ellos regresó al laboratorio sosteniendo un barquillo con helado y, ¡vaya! se encendieron los monitores que estaban conectados al cerebro del macaco. Sin duda era un postre que prometía. Lo mismo ocurrió cuando otro colega tomó un plátano. Otra vez sonaron las alarmas.

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En un comienzo, pensaron que se podía tratar de un error de procedimiento o de las máquinas que registraban la actividad cerebral. Pero aislaron las variables y repitieron el experimento una y otra vez.

¿Y qué vieron? Que el mismo grupo de neuronas que se encendía cuando el macaco realizaba una acción en particular —por ejemplo, agarrar una fruta— también lo hacía cuando miraba a un tercero realizar esa acción. En otras palabras, el cerebro era capaz de adoptar el punto de vista de otro cerebro, especialmente si se trata de un congénere.

No pasó mucho tiempo y comenzaron los experimentos con humanos, eso sí, utilizando técnicas no invasivas. El dato de que el homo sapiens también cuenta con un mecanismo de neuronas especulares mucho más sofisticado que el de nuestros primos monos y simios, servía para explicar las funciones cognitivas superiores, sobre todo las relacionadas con nuestras habilidades sociales, y entender asuntos tan complejos como el nacimiento de la cultura y de la civilización.

Claro que, como toda épica que se precie de tal, los laureles para Rizzolatti no llegaron tan rápido. El neurobiólogo envió un paper a la revista Nature —la Biblia de los científicos— dando cuenta de su descubrimiento. Pero el trabajo fue rechazado.

Rizzolatti no se dio por vencido hasta que Brain y Cognitive Neuroscience publicaron su hallazgo. Particularmente importante fue el espaldarazo de Brain, aunque los más entusiasmados no fueron los fisiólogos como él, sino que los sicólogos, sociólogos y hasta filósofos. Después de todo, las neuronas especulares explicaban dos aspectos de primera importancia para las humanidades: la imitación y la empatía.

“Las ciencias cognitivas son capaces de establecer un puente entre el mundo científico y las humanidades”, comenta entusiasmado y bromea cómo este “link” lo trae ahora hasta Antofagasta. Hace un par de años este puente ya lo había trasladado a Santiago y Valparaíso, pero no para participar en un evento científico, sino que para conocer los lugares donde se gestó la poesía de Neruda.

—¿Por qué es tan importante la imitación, lo primero que probaron las neuronas espejo?

—La imitación es la base de la cultura, de la civilización, aunque en Occidente muchas veces se la subestima y hasta menosprecia. Sin embargo, es a través de este mecanismo que hemos acumulado el conocimiento”, explica.

En efecto, entre 100 mil y 75 mil años atrás, el destino del hombre tomó un camino diferente al resto de las criaturas que habitaban la Tierra. En ese momento ínfimo de la evolución, ocurrió una explosión de habilidades y destrezas como el uso de herramientas, el descubrimiento del fuego, la aparición del lenguaje y muchas más que se propagaron a toda velocidad tanto de forma horizontal, a través de la población, como vertical, de generación en generación. Nacía así la civilización.

El doctor Ramachandran lo explica así en una conferencia TED: “Yo defiendo la idea de que lo que ocurrió entonces fue la aparición repentina de un sistema sofisticado de neuronas espejo que permitió emular e imitar las acciones de otras personas”.

Por ejemplo, si un individuo descubría que podía encender un fuego usando un par de guijarros, otro miembro de la tribu era capaz de aprender y repetir la acción en pocos minutos. Esto no hubiese sido posible si no contáramos con un mecanismo de neuronas espejo muy sofisticado que —a diferencia de otros simios— nos permite incluso comprender y emular acciones abstractas. Este circuito se ubica en el área más evolucionada de nuestro cerebro y abarca tanto las regiones motoras como las relacionadas con la visión y la memoria.

Lo segundo que probaron las neuronas espejo es la empatía. Nuestro cerebro procesa información somatosensorial de tal modo que si vemos que alguien sufre un pellizco en el brazo, somos capaces de comprender su dolor. No lo sentimos literalmente, claro, porque nuestra piel también tiene células que nos advierten que esto ocurre a otros, pero si nos amputamos un brazo o simplemente lo anestesiamos, nuestro cerebro procesa el dolor como real. Es lo que ocurre con quienes han perdido extremidades y se conoce como el síndrome del “miembro fantasma”. En otras palabras, nuestro cuerpo funciona como una especie de barrera con “los otros” porque estamos “conectados” a través de nuestras mentes por culpa y gracia de las neuronas espejo.

Es por eso que el doctor Ramachandran las llama “neuronas Gandhi” o neuronas de la compasión. Y ojo que lo dice el director del Center of Brain and Cognition de la Universidad de California, San Diego, y no un santón ni un místico, aunque muchos de estos principios tienen que ver con la filosofía oriental.

—¿Cómo es posible entonces que la humanidad no sea capaz de lograr mayor armonía? ¿Es acaso necesaria una nueva droga o una mutación genética?

—Nuestra naturaleza es colaboradora, pero desafortunadamente nuestra sociedad no fomenta la empatía, sino el individualismo. No necesitamos ni drogas ni una mutación genética. Lo que necesitamos es construir una mejor sociedad”, responde Rizzolatti.

Y en la necesidad de fomentar una comunidad más empática, el neurobiólogo cree que las nuevas tecnologías no están siendo usadas del modo más conveniente. Si bien reconoce su utilidad, alerta que nada puede reemplazar el efecto enriquecedor de la comunicación personal, y si un individuo se siente triste y no sabe por qué, probablemente se deba a que no cuenta con una red social de carne y hueso.

“Estoy muy preocupado por el aumento de los casos de autismo en Estados Unidos. Es tremendo, tremendo. Nada es capaz de sustituir el contacto cara a cara. (Dejando de lado los casos severos de autismo con una carga genética y biológica importante), hay una edad crítica en los niños que requiere de un input constante de sus padres. ¿Y qué veo? Una madre paseando un coche que en lugar de hablar a su hijo, lo hace a su teléfono”, se lamenta Rizzolatti.

Pero como ya dijimos, el ganador del University of Louisville Grawemeyer Award of Psychology y del premio Príncipe de Asturias para la Investigación Tecnológica y Científica, es un optimista de la condición humana, al menos, de su condición neuronal. Y, por ahora, lo que más le intriga es el fenómeno de la conciencia. Cómo ocurre la capacidad de cuestionar, desde nuestro modesto cuerpo físico, la inmensidad del universo y de nuestra propia existencia.