Que levante el brazo quien alguna vez no haya soñado con lucir unos Manolos y una talla cero por la Quinta Avenida, salir de Tiffany con una de sus cajitas azules, cenar en el Four Seasons y vivir en el ático de la Trump Tower. ¿Y quién no ha sentido compasión por las mujeres que están obligadas a cubrirse con un burka, a comer separadas de sus maridos o a tener el máximo número de hijos posibles para garantizar la supervivencia de su familia?

¿Pero alguien se creería que estos dos grupos son más parecidos de lo que parecen, salvando las diferencias culturales y religiosas? Películas como The Nanny Diaries muestran que las rubias pudientes de Manhattan tratan mal a sus niñeras, se estresan en sus vacaciones en los Hamptons y sus esposos las ignoran. La autora Wednesday Martin lo confirma en su libro Las primates de Park Avenue, el cual, desde un plano antropológico y tras vivir en el terreno, explica el motivo de su modus operandi y muestra más miserias que diamantes.

El texto llegó hace un par de meses a los estantes norteamericanos con mucha polémica. Primero porque algunas de las reflejadas desmienten algunos datos y segundo porque la escritora ha sido acusada de falsear su propia historia. CARAS consiguió una entrevista con Martin pero, a última hora, tras leer el cuestionario previo que nos obligó a mandarle, decidió no atendernos.

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Ante los medios de su país se ha defendido lo justo: ficcionó algunas partes para no desvelar a las mujeres que le abrieron las puertas del Upper East Side (UES), el enclave más exclusivo de la isla. Su experiencia —sí es cierto que vivió allí al menos tres años— ocurrió entre el 11-S y el crack de 2008. Si las cosas han cambiado ahora, es una de las preguntas a las que no ha querido contestar pero, en todo caso, describe el sitio como una “sociedad secreta gobernada por normas y rituales” donde “el dinero, los contactos y la influencia lo son todo”.

Un lugar donde las mujeres no se compran lo que quieren sino los “uniformes” que deben. Por ejemplo, el bolso modelo Birkin de Hermès. “Una esposa con un Birkin es una excelente extensión narcisista de un hombre exitoso”, argumenta. Y un lugar donde el número de hijos marca el estatus: “cinco no es porque estén locos o por sus creencias religiosas, sino porque son ricos. Seis es el equivalente a poder permitirse un Gulfstream (jet privado). Eso sí, tantos partos no pueden dejar rastro en sus genitales, de modo que la cesárea es casi obligada, y si va seguida de una liposucción, mejor”.

Con tantos hijos, por otra parte, las madres no pueden trabajar fuera de casa. Pero lo más curioso es que tampoco lo hacen dentro porque cuentan con niñeras, cocineros, personal para la limpieza y estilistas que les preparan hasta los outfits para llevar a sus vástagos a la escuela. Es más, no hace falta ni que salgan de compras, porque sus dependientes particulares les mandan fotos de las novedades o les envían las prendas a sus casas.

Y aun sí, algunas reciben un bonus anual por parte de sus maridos. Una recompensa económica por el trabajo realizado. La autora encuentra una justificación: el cheque-regalo ayuda a cubrir los 95 mil dólares anuales que calcula que una mujer del UES necesita al año en cuidados estéticos y renovar el armario; y también sirve para comprar una mesa en un evento benéfico (un must si se quiere ser alguien), lo cual puede alcanzar hasta los diez mil dólares.

De hecho, sería el sueldo de la ocupación real de estas mujeres: organizar y asistir a galas así como colaborar de voluntarias en los colegios y causas benéficas. Un modo de compensar el esfuerzo que hacen para que sus maridos luzcan mejor; pues el estatus de la familia depende, por ejemplo, de los invitados que las esposas consigan para sus mesas benéficas.

Todo un trabajo en el que, por otra parte, pierden su identidad. Literalmente pues, para empezar, se dirigen entre ellas, no por sus nombres de pila sino como la madre de. Tampoco son vistas como personas sino como “esposas trofeo”, escribe la autora. “Objetos que suministran sensaciones a los demás, en lugar de disfrutar siendo ellas mismas”, “geishas de Manhattan que vierten sus ambiciones laborales en su perfeccionamiento físico”.

La segregación sexual también existe en la Fifth, Madison, Park y Lexington Avenue. En las cenas de grupos lo normal es que hombres y mujeres se sienten por separado e incluso en salones diferentes. “¿Estás de broma?, nosotros los preferimos así”, le solían contestar los maridos de cuando la autora les preguntaba el motivo. “Es más divertido de este modo”, contestaban ellas. 

En el resto del mundo, cuanto más aisladas viven las mujeres, peor consideradas están, opina la autora, que aporta datos de otras culturas e incluso hace comparaciones con el comportamiento de los primates. Pero en el UES ocurre lo contrario. Actuar por separado les da poder para conseguir el estatus social necesario para sobrevivir en la jungla.

Pero leyendo el libro, se puede llegar a la conclusión de que su realidad no es tan exitosa. Mientras las mujeres se machacan juntas en el gimnasio, crean los obligados contactos y se entretienen entre ellas por las noches y en vacaciones; ellos se desestresan de la oficina en clubes privados sólo aptos para hombres o con sus amantes.

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He aquí el quid de la cuestión. Los hombres del UES tienen la sartén por el mango. Sin ellas con independencia económica y ellos proporcionándoles regalos y una vida de lujo, las esposas quedan a su merced. No hace falta que los machos luchen contra los posibles pretendientes de sus hembras ni se quedan frustrados porque ellas, simplemente, no pueden decir ‘no’. Si a ello unimos las presiones que suelen recibir de sus suegros, que tal vez les han regalado la casa de vacaciones en Long Island, y las lidias con las niñeras —porque estas últimas tienen el poder de que su jefa tenga una vida más fácil— es frecuente que las mujeres del UES terminen con un cuadro de ansiedad que las lleva a tomar medicamentos y recurrir al alcohol. 

Lo peor de todo es que tanta presión las lleva a ser crueles entre ellas. Para empezar, actúan con superioridad respecto al resto. No devuelven el saludo si no estás en su grupo y apártate de su camino si te las cruzas en la calle porque ellas no van a ceder su paso. “No existes para ellas”, justifica la autora. Y siempre está la reina de las abejas reinas, “aquella que les dice a las mujeres, delante de otras, lo feas y estúpidas que son o los problemas que tienen sus hijos”. Martin reconoce haber llorado durante su época de paria. Que ninguna madre quisiera concertar una cita para que sus hijos jugasen juntos “me hizo sentir vulnerable, triste y rechazada”.

Martin cuenta que se mudó al UES porque allí estaban los mejores colegios públicos de Manhattan, el tipo de formación por la que apuestan los matrimonios bohemios y cool de la isla. Y puesto que el nuevo trabajo de su marido les permitía llevar ese estilo de vida, allá que se marcharon. Sí, al principio fue una paria, pero cuando aprendió las reglas del juego. De hecho, movió cielo y tierra para conseguir su Birkin, cuya lista de espera puede llevar años. 

La experiencia terminó, cuenta, porque al final sus hijos fueron aceptados en una escuela pública de la otra parte de Central Park: el Upper West Side, también de clase alta pero más casual y relajado. Y ha guardado el Birkin porque llevarlo colgando del brazo le hacía daño y le impedía escribir. Y entre un bolso y ser una gossip girl, prefiere esto último.