Pocas personas pasan por tantos momentos difíciles como Tomás González. Menos aún los que logran salir adelante. Quizá por eso no es de hablar con la prensa. Quizá por eso vive en Cachipay, un pueblo a tres horas de Bogotá, en una finca en medio de las montañas, con su mujer, tres gatos, una perra y una lora…
Nació en Medellín en 1950. De niño lo describían como tímido, monosilábico e insaciable lector. No iba a los bailes, prefería quedarse en casa leyendo. Su pasión por los libros se gestó ahí. Sus papás tenían una buena biblioteca para él y sus siete hermanos. La mamá les compraba libros para niños y jóvenes y en las reuniones familiares se comentaba sobre las publicaciones recientes. No leían para aprender, sino para divertirse.

Pero fue Fernando González, su tío, escritor y filósofo, quien gatilló definitivamente su amor por los libros. Al ser ambos vecinos, el ambiente resultó propicio para explotar las vocaciones literarias. De esta manera, González pudo presenciar el asunto de la literatura en carne y hueso. Cuando Fernando se juntaba con sus amigos, un pequeño Tomás se sentaba a escuchar, cautivado. Pero cuando tenía 13 años, su tío murió de un infarto. Fue la primera gran pena del escritor. No sería la única.
A los 19 se marchó a Bogotá para estudiar filosofía y letras. A los dos años se aburrió. Luego, por petición de su padre, entró a ingeniería química. Duró un semestre. El tiempo libre lo ocupaba en leer y escribir poesías. Pero la tragedia parecía marcar su vida.

Dos de sus hermanos fueron asesinados. En 1975, cuando el escritor tenía 25 años, vivió la muerte de Daniel, el mayor. Pensaron que había dejado embarazada a una mujer. El hermano de ella, un cabo del Ejército, lo mató dentro de un auto. Tiempo después vendría el homicidio de Juan Emiliano, con quien tenía una relación muy estrecha. En un confuso incidente, su mayordomo le disparó con una carabina. Y fue precisamente ese caso el que lo inspiró para escribir Primero estaba el mar (1983), su primera novela. Por ese entonces, González comenzaba a trabajar como barman en una discotheque. Al no contar con dinero para distribuir su libro a través de una editorial, fue Dora, su mujer, junto a un amigo quienes imprimieron mil ejemplares que repartían a través de la barra de El goce pagano. El reconocimiento no llegaba.

Ese mismo año —por motivos económicos— tuvo que buscar suerte fuera de Colombia. Con Dora y Lucas, su único hijo, viajaron a Miami. Ahí escribió su segunda novela Para antes del olvido (1987), con la que ganó el Premio Nacional de Novela Plaza y Janés. Mientras, de vuelta en Colombia, su primer libro se distribuía con buena acogida y mostraba incipiente éxito.
Tres años más tarde, Tomás y su familia se embarcaron nuevamente. Esta vez, hacia Nueva York. Allí escribió poemas, tradujo libros y publicó una nueva novela, un compendio de cuentos y un poemario. Pero en 1995, otra mala noticia: a Dora le diagnosticaron esclerosis múltiple. Vivieron 16 años en esa ciudad, hasta que, en 2002, tomaron un vuelo de regreso a Colombia. Lucas se quedó.

Su talento finalmente comenzó a ser reconocido y se le dedicaron páginas y páginas de críticas. La editorial Norma reeditó toda su obra y su público crecía día a día, así como también lo hacía la enfermedad de Dora. En 2009, cuando la esclerosis ya hizo insostenible la relación, ambos decidieron separarse. “Ya no fui capaz de cuidarla”, asegura. En 2011 lanzó La luz difícil, obra que despejó cualquier duda respecto de su talento y que lo consagró en los lugares más altos de la literatura de lengua española. Hoy vive recluido junto a Amparo, su pareja. Prefiere dar entrevistas a través de mails, pues de esa manera tiene más tiempo para pensar en sus respuestas.
—Ha pasado por momentos difíciles, como los episodios de sus dos hermanos y su mujer, Dora. En retrospectiva, ¿qué enseñanzas recogió y cómo eso ayudó a moldear sus obras?
—Me ha tocado vivir el dolor y la muerte, sí, y he tratado de mirarlos de forma tan desapegada como me ha sido posible, y estudiarlos. Padecí el dolor como persona, pero también lo viví y lo ‘aproveché’ como escritor. Lograr la profundidad y los matices de los tonos oscuros es importante para que la novela o el cuento alcancen toda su dimensión.
—¿Qué corre por la cabeza de un autor cuando pasa de repartir sus obras en bares a ser traducido en varios idiomas?
—El milagro que se produce es el mismo, sean siete lectores o siete mil: al leer la novela, cada uno de ellos vuelve a darle vida en su intimidad. La calidad no va a mejorar porque la lean más personas. Yo prefiero que sean siete mil claro, porque me llega un poco más de plata, con la cual compro tiempo de escritura, y porque me defiendo mejor del otro peligro mortal que es la sensación de fracaso.
—Vivió casi 20 años en Estados Unidos, ¿cómo evalúa esa experiencia y cómo le enseñó como escritor?
—Por motivos económicos me tocó salir; eso influyó en mi obra y en mis temas. Yo pensaría que esa experiencia le dio un piso más amplio a mis escritos, un rango temático o vivencial más extendido. No quiero decir que los escritores tengan que vivir en el exterior para crear. El único requisito es estar vivo y prestar atención a las experiencias propias. Nueva York, donde viví 16 años, es mi ciudad, tanto como Medellín o Bogotá; cuando voy, así sea para quedarme pocos días, no llego de visita, sino de regreso.
—Imagino que no le gustan las comparaciones. Aun así, se dice que es el sucesor de García Márquez. ¿Qué siente con eso?
—Mi admiración por García Márquez es enorme y que me vinculen a él me parece halagador, por supuesto. Pero sé lo que valgo y lo que no como escritor. Aunque soy todo lo ambicioso que se puede ser, conozco mis puntos fuertes y mis limitaciones. El peligro está quedarse a medio camino y terminar conformándose con muy poco, en medio de alabanzas generales. Yo me curo en salud leyendo a Mann, Rulfo, Henry James y a otros de ese nivel de calidad. Así los humos se mantienen bajitos y puedo trabajar en paz.