¿Qué pasará por la mente de Jorge Bergoglio a dos meses de cumplir cinco años como jefe espiritual de mil doscientos millones de católicos? ¿Qué temas quedaron en el debe y en el haber? ¿Qué avances realizó y qué urgencias se perdieron en los caminos negros, qué resistencias internas no logró vencer, qué alegrías, decepciones o tristezas dejaron huellas en su alma? Dicen que está solo, pero que se siente en paz.

Que muchas veces se frustra cuando la barca de Pedro que conduce no avanza por las oscuras maniobras de sus enemigos de a bordo. Que a sus 82 años sabe que no le queda mucho tiempo y que no podrá concretar lo que imaginó para transformar una estructura oxidada y ultraconservadora, pero a sus más cercanos les confiesa que al final del día, siente tranquilidad porque “abrió puertas, sacudió mentes y rompió convenciones”. Denunció en público a los “mafiosos vestidos de sotana”, a los miembros de la curia más apegados a las intrigas y a la dolce vita, que al Evangelio. Que en la Iglesia hay una obra en marcha y que los dogmas son discutibles. Que no se podía realizar todo en un pontificado, pero que deja el camino despejado para que “otros cosechen su siembra”.

A sus amigos argentinos que lo visitan en Santa Marta, les recalca que seguirá bregando hasta que “el cuerpo y la mente aguanten”. Que no va a renunciar, como sugirió al principio. Es más, dicen que hasta eligió su tumba, la que ocupaba Juan Pablo II, hasta que lo hicieron santo. Aunque cinco años es poco tiempo para dar cuenta del alcance de la revolución en la que se embarcó apenas asumió, entre la soledad de los intramuros del reino y el amor que le expresan las multitudes en cada visita, conoce su finitud y trabaja sin descanso para que quien lo suceda, continúe por el mismo camino. En la Argentina, las cosas son distintas. No pocos se preguntan si estamos frente al mismo Jorge Bergoglio, aquel cardenal al borde de la jubilación que llegó al sillón de Pedro, desde el fin del continente, una tierra a la que no regresó porque “no se siente valorado”.

Después de un lustro en el Vaticano, queda el recuerdo de aquel austero arzobispo de Buenos Aires de reticente sonrisa, el de las homilías que irritaban al poder político, el que viajaba a las villas en colectivo y tomaba mate con los vecinos, el que batallaba con fiereza contra el aborto, los gays y el matrimonio igualitario, el que en su juventud militó en Guardia de Hierro, la agrupación de la ultraderecha peronista, el prelado que conspiraba puertas adentro del Arzobispado, con legisladores, sindicalistas y empresarios, con los que negociaba leyes o el que transformó el púlpito de la Catedral de Buenos Aires en una literal tribuna opositora.

¿El cargo influyó en su personalidad? ¿Es la Argentina una piedra en sus zapatos? Sin dudas, es el único lugar donde su figura aparece quebrada por una fisura de amores y odios encarnizados e irreconciliables. El país donde continúa siendo Bergoglio a secas y donde en la balanza, pesan más sus acciones políticas y las sombras de su pasado, que sus logros como líder mundial. Después de desembarcar en casi todos los países de Latinoamérica, su visita a Chile se define en la intimidad del poder político macrista, como un acto de desprecio, mientras en la vereda opuesta, celebran. Un obispo emérito que lo conoce, comenta en off de record que Francisco no viene por una “cuestión de ego, quiere ver a miles de personas en las calles vitoreándolo y eso no va a suceder nunca. Sigue siendo el mismo, pero ser Papa y codearse con los líderes del mundo, levanta la autoestima y él es un ser humano. Dice que se siente incomprendido, no tiene empatía con el presidente Macri y está en desacuerdo con las políticas de su gobierno”.

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Fortunato Mallimaci, reconocido sociólogo y especialista en Sociedad y Religión, dice: “Por un lado esta Francisco y por otro, Bergoglio. La postura de Francisco a nivel internacional y sus implicancias locales son contradictorias. En el mundo lo aman y entendió que en un mundo mediático él debía ser mediático. Ahora, cuando quiere actuar en la política argentina, es Bergoglio y deja de ser Francisco. Afecta su amor propio cuando lo insultan y es lógico. Juan Pablo II y Benedicto XVI viajaron primero a sus países de origen y él sabe que venir a la Argentina significará encontrarse que los medios, parte del gobierno y la sociedad, van a decir: ‘a este señor lo queremos, pero no tanto’”.

Renacimiento en Roma

El aspecto físico de Bergoglio, apenas inició su papado, reveló a un hombre que disfruta del cargo que ocupa. Ser Papa lo hizo renacer, recuperó una salud quebrantada y se volvió mediático y abierto. Su estilo directo e irreverente, sus discursos sencillos y comprensibles, sus críticas al capitalismo financiero, la defensa del medio ambiente, la predilección por los pobres y desvalidos, el reclamo por los migrantes, el desprecio por los ornamentos pontificios y la opulencia del Palacio vaticano, que lo llevó a instalarse en un sencillo departamento de 50 metros, fueron los gestos primigenios que indicaron que sería un patriarca distinto y encendieron la adhesión de millones de fieles, que hastiados, le habían dado la espalda a una Iglesia inmersa en una severa crisis de fe y de vocaciones; ensombrecida por corrupciones, pedofilias y escándalos sexuales de altos dignatarios eclesiásticos. Pasaron cinco años y aparecen las críticas, pero el crédito hacia su figura continúa siendo inmenso y por ahora, inquebrantable.

Aunque después del entusiasmo inicial —según varios expertos vaticanos—, cierto desgaste comienza a vislumbrarse, por los cambios que no se concretan o quedan a medias y las resistencias internas de la Curia, para transformarse en pastores con olor a oveja. La integración de las mujeres a las decisiones de poder en la Iglesia, una promesa inicial incumplida y la ambigüedad en el manejo de los miles de casos de pedofilia eclesiástica, siguen en el debe de Francisco, aunque el último por su sensibilidad, puede dañar severamente su credibilidad.

Lobos al acecho

Apenas fue elegido dijo cuál era su visión de la Iglesia con una imagen didáctica, lejos del vocabulario académico de su antecesor alemán: “Es como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto”.

Y arrancó sin medias tintas, con gestos y palabras que deslumbraron a millones, pero molestaron a los añejos caudillos de la Curia, que hoy lo atacan con ferocidad a través a blogs, portales y operaciones políticas. Una de las primeras medidas fue tomar distancia de cardenales y obispos, jefes y subordinados de dicasterios, apegados a los placeres mundanos y reacios a los nuevos paradigmas de transparencia, militancia pastoral en las periferias y servicio al evangelio. Consciente de que no podía prescindir de la Curia —la misma logia que devoró a Ratzinger— decidió gobernar en paralelo y en solitario, y denunció los privilegios y despilfarros de sus miembros. “En la Curia hay gente santa, de verdad, hay gente santa. Pero también hay una corriente de corrupción”, dijo en uno de sus primeros viajes internacionales. Un mensaje en el que transmitió que aunque vivía en la casa de los obispos, no era ingenuo ni manipulable.

“Francisco continúa en soledad la vía de una reforma que apunta a una remodelación de las estructuras del catolicismo, el estilo de sus instituciones y la aproximación de la Iglesia al mundo contemporáneo. Es consciente de haber puesto en marcha una empresa que supera su pontificado, algo que no lo inquieta. Reformar la iglesia no es fácil y los enemigos son tenaces y entre bambalinas su agresividad se traduce en una campaña de desautorización, con la esperanza de que su pontificado termine pronto”, dice Marco Politi, veterano periodista experto en temas vaticanos, autor del ensayo Francisco entre los lobos-El secreto de una revolución. El nombre del libro de Politi es una referencia a la situación que vive Bergoglio y al nombre que eligió al convertirse en Papa, porque alude al relato del santo de Asís cuando se encuentra frente al lobo de Gubbio, un animal que devoraba humanos y animales, hasta que Francisco trazó una línea y le habló en nombre de Cristo. Le pidió que no hiciera más daño y la bestia se postró sumisa y lamió su mano. Si los lobos de la Curia se darán por vencidos, nadie cree que suceda y el mismo Politi lo confirma: “Jamás besarán su mano y jamás dejarán de conspirar en su contra”.