Como una diva de rojo y arrastrando una enorme bandera comunista de lentejuelas fucsias, apareció digna y galopante. En la Escuela Militar de Chorrillos que también era parte de Art Lima, caminaba con la mano izquierda en alto y con la otra sostenía la estola marxista. Sobre el suelo encañonado del viejo palacio de armas, pareció planchar la tela con la mirada y con actitud obrera se puso de rodillas. Sacó tijeras y en un acto de solemnidad y rebeldía cortó la estrella que corona la hoz y le prendió fuego. “Esta es mi despedida. Adiós Pedro Lemebel: la última estrella del Partido Comunista”, dijo cuando cerró la performance mientras más de trescientas personas miraban cómo una escena de desparpajo travesti se tomaba el edificio castrense más importante de la capital peruana. No faltaron los que levantaron la voz por permitir semejante acto en una casa de soldados y hasta el mismo presidente Ollanta Humala tuvo que salir al ruedo y explicar que se trataba de un acto de arte conceptual que poco tenía que ver con temas de defensa. ¿De cómo un ciudadano con pasaporte chileno llegó a tal atrevimiento?, nada. La oligarquía peruana lo defendió con devoción. Las Aramburú, las Cunliffe y las Pestana: todas las amigas aristocráticas de Pancho Casas corrieron a abrazarlo, a acunarlo y replicaron las fotos por todas las redes. Lo quieren y toman sus clases, los artistas jóvenes le piden curatoría y acaba de lanzar su última novela titulada Partitura que habla de amores clandestinos y besos muertos. Por eso no quiere volver a Chile. “Para qué, si ese país se cae a pedazos”, dice cuando nos juntamos en su casa de Barranco: una azotea con buganvillas, vestidos, libros y una perra que bautizó como Valentina. Cuando nos recibe con polera de algodón y bata de seda sobrepuesta, nos adelanta que de la yegua que siempre andaba mojada arrancando de los pacos, queda poco. Fueron muchas las noches llorando aferradas a la tumba de Víctor Jara en el Cementerio General. “Ahí, muertas de frío hasta que saliera el sol en la mañana. Eso se acabó. Que digan que soy una perra burguesa y forrada no me importa”. 

Su amistad con Lemebel no empezó fácil. “Nos debatíamos entre el ‘yo soy linda, tú eres fea’. Algo muy de travesti, ¿no?”, dice mientras hilvana los últimos momentos con la otra yegua. “Recuerdo momentos gloriosos, como cuando hace tres años llenamos con nuestra obra tres salas del Reina Sofía con la muestra Perder la forma humana y el galerista Pedro Montes logró que la obra Dos Fridas sea de la colección permanente del museo. La misma colección luego viajó a Lima y ahí desembarcamos. Me enamoré de Barranco y de su gente. Le dije a mi amiga ‘Linda, lo siento mucho, pero aquí me quedo’”.

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—¿Qué te contestó?

—La Pedro me tenía miedo. Gritó ‘¡Te volviste loca, Cachita!’, porque así me decía. Lo siento, insistí, pero este lugar es lo que andaba buscando. Al poco tiempo, el otro Pedro (Montes), me avisó que Lemebel estaba muy mal y que le quedaba poca vida.

—Partiste a verlo.

—De inmediato. En ese momento, yo tenía un novio, músico y filósofo. Un hombre precioso, joven, distinguido, de familia inglesa y con ese andar limeño tan masculino, no como esa manera amariconada de caminar de los chilenos. Se llamaba Leslie y partimos juntos, aunque yo estaba preocupado porque él siempre me decía que escuchaba voces. Como yo soy medio sordo, le creía todo. Llegamos finalmente a Santiago y fuimos a la Fundación Arturo López Pérez. Me advirtieron que a veces Pedro no reconocía o se ponía agresivo. Nada, me reconoció de inmediato y me pregunto si Leslie la tenía grande. Se largó a reír y me dijo qué hacía con un huevón con nombre de mujer. Lo pasamos bien, en una pared estaba la bandera del partido y en la otra una foto grande de la Gladys Marín. Pedro me pidió que le acercara una cajita de música. Uno la abría y se escuchaba La Internacional. En el espejito estábamos las dos ahí, reflejadas. Me dijo: ‘Cachita, me voy a morir’. Le respondí que sí, que por eso me venía a despedir. “Suelta Pedro, suelta”, le soplé al oído. En eso, Leslie desapareció. Fueron dos días de búsqueda, Felipe Bianchi hizo un llamado a micrófono abierto en el Estadio Nacional y Pancho presentó un aviso por presunta desgracia. Lo encontraron caminando por las calles como un vagabundo. “Estaba pasando por un cuadro de esquizofrenia afectiva, no se estaba tomando los medicamentos y regresé con él a Lima para que su familia lo internara. Fue muy duro. A los días la Pedro murió, aunque nunca pasó por mi cabeza ir a su funeral. Nuestra despedida había sido esa tarde”.

—¿Cómo lo recuerdas mejor?

—En la resistencia. Cuando todas estábamos exiliadas en el Jaque Mate de la Alameda. Llagaba la Rivadeneira, Vicente Ruiz, Alfredo Castro, Andrés Pérez. Ahí se tejía el underground de oposición. En esa época yo estudiaba literatura en Arcis.

—¿Y cómo se conocieron?

—Un día se me acercó en la universidad para venderme un poster del Che Guevara. ‘Loca, no podís ser tan hippie’, le grité. Fue un cachetazo. Al tiempo fui al funeral del poeta Eduardo Cifuentes. Era un gran amigo, entonces yo lloraba desconsoladamente en la puerta de la iglesia. De repente, apareció Pedro y lanzó: ‘Ubícate linda, para de llorar. No eres la viuda’. Me reventó en el suelo. Obviamente ahí nos hicimos amigas. Esa vez andaba de smoking, con sombrero de copa y un ramo de globos azules en la mano. Era la imagen más linda que había visto en mi vida. De ahí estuvimos tres días de parranda. “Vamos por unas botellitas, Cachita’, me dijo. 

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—¿Qué las fue uniendo?

—Las mismas segregaciones. Las dos éramos homosexuales y pobres. Más que pobres, poblacionales. Al principio no nos tragamos tanto, pero íbamos en el mismo barco, como dos locas envidiosas.

—¿Y cómo se convirtieron en Las yeguas del apocalipsis?

—Sentadas en una cuneta del Parque Forestal, a las tres de mañana y con una botella de Cánepa. Hablábamos del Sida y de cómo los curas decían que la enfermedad era uno de las cuatro jinetes del Apocalipsis. Nosotras no éramos jinetes, pero sí éramos muy yeguas. Así nació, entre palabras borrachas. La Pedro era más hippie, fumaba marihuana y yo la miraba raro. ‘El pasto para las vacas’, le insistía. ‘Cállate Cachita, cállate’, insistía.

—Pero sus performances partieron antes…

—Sí, jugábamos a ser las fantasmas de la Plaza Italia. Salíamos todas las noches, con túnicas blancas como la Ofelia y la cara pintada. Era nuestro reclamo por los detenidos desaparecidos. Otra vez hicimos un pie de cueca sobre un mapa de América, puso vidrios y nosotros teníamos que bailar encima, descalzas. A la Lemebel le gustaba el dolor, yo no quería. Pero lo hice. 

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—Otra vez acorralaron a Ricardo Lagos.

—Claro, fue en la proclamación de Patricio Aylwin a fines de los ’80 como candidato presidencial. Llegamos al teatro Cariola, vestidas como vedettes, con plumas, colaless y un tremendo cartel que decía ‘Movimiento homosexual por el cambio’. Nos querían echar a patadas, pero yo agarré por detrás a Ricardo Lagos. Y la Pedro le dio un beso con lengua y todo. Por eso después se murió de cáncer a la garganta. Ese viejo de mierda le dio el beso envenenado.

Cuando se fue de Chile la primera vez se sentía cansado de la Concertación en los ’90 y se radicó en México con su pareja. Era alguien importante con quien había compartido veinte años. Un día decidieron retornar para vivir en Las Cruces. “Pero él se metió con una mujer, una niña de apellido Astaburuaga. Le dije: ‘Si esto es calentura, anda y yo me hago el loco’. Pero me confesó que estaba enamorado. Le di 20 minutos para que se fuera de la casa. De ahí, todo se fue encadenando, me vine a Lima y me quedo aquí hasta morir… quién sabe.”

—¿Como O’Higgins?

—Claro, como la Bernardo O’Higgins, otra loca que escapó de Chile para quedarse aquí. Ni tonta, aquí todas nos acomodamos.